lunes, 14 de mayo de 2012

¿Donar o no donar?


Cuando mi socio en el blog me propuso tratar el tema de la donación y trasplante de órganos, sentí cierta resistencia a hacerlo, que luego actuó como motivador porque me apasiona bucear en el autoconocimiento, incluyendo aquellas aguas que no me atraen de primeras. El trasplante de órganos simpatiza más a enfermos que a sanos. En parte es así porque los medios de comunicación masiva evitan divulgar -y menos aún promocionar- temas impopulares o poco conocidos, si no hay ganancia de imagen o dinero de por medio. Pero su poca acogida también se debe a que el tema requiere desmontar una serie de resistencias internas, más fuertes en aquellas personas que identifican la esencia de su ser con su cuerpo. Porque ese narcisismo inconsciente, junto con el miedo a la muerte (miedo a dejar de ser) y con el infaltable egoísmo humano, forman la tríada que obstaculiza la donación de órganos, junto con otras variables: supersticiones y tabúes religiosos; información desconocida, insuficiente o errónea sobre el tema; donante potencial o familiares con inestabilidad emocional o escasa capacidad intelectual; desconfianza en los servicios médicos; trabas legales; comercialización indebida. Si bien el trasplante abarca desde órganos claves para la vida (corazón, páncreas, riñón, hígado, pulmón) hasta tejidos no vitales (hueso, córnea, cartílago, piel, ligamento), muchos opinan que la integridad corporal debe preservarse más allá de la vida, para desmentir a la muerte como fin absoluto, creencia heredada de antiguas civilizaciones. Algunos, en cambio, consideran que seguirán viviendo en el beneficiado con el trasplante, o por haber dejado una huella altruista en la memoria humana.

El miedo instintivo a la castración, desmembramiento o mutilación, muchas veces anula la intención de ayudar a otro cediéndole una parte física que de nada servirá a su dueño original después de muerto. La negativa a donar órganos también puede venir del temor a perpetuarse: se teme prolongar la vida personal a través de la del receptor, para no confundir su destino con el propio, o entremezclar vivencias, memorias y sensaciones a través de la parte donada. Increíblemente, este miedo también se da en algunos receptores. Estar reacio a donar una parte útil del cuerpo inútil casi siempre se debe a una mezcla de resentimiento e individualismo: se rechaza dar vida a otro cuando uno ha perdido la suya y por tanto, no importa la necesidad ajena (generalmente la persona egoísta llega hasta su final con la misma visión y actitud mezquina hacia los demás que mantuvo mientras vivió). Así como se pretende ser el dueño absoluto de la propia vida, se procura extender ese dominio ilusorio controlando la totalidad del cuerpo y el destino de otros bienes materiales después de la muerte.

La mayoría humana, si bien reconoce y acepta racionalmente la muerte en los demás, la aparta inconscientemente del propio horizonte. Además, muy pocos aceptan que su individualismo en realidad no los hace distintos ni los separa de la gran masa humana. Y cuando alguien tiene creencias religiosas que producen temor al más allá, pues con razón se aferra al más acá, evitando pensar en su inevitable final. El aprendizaje infantil de ver a la muerte como una pérdida dolorosa, origina el rechazo adulto a ceder sus órganos o los del ser querido: donarlos aumenta la sensación de pérdida y el miedo a morir, o supone abandonar toda esperanza respecto al familiar que está en sus últimas. Algunos razonamientos típicos son: Si estoy muriendo en un centro médico, seguro me aceleran la partida si se enteran que soy donante y necesitan mis órganos; siendo la donación voluntaria, gratuita y anónima ¿qué provecho procuro a los míos, donando una parte de mí a un desconocido?; tengo bastante con mi dolor para preocuparme por el dolor ajeno; quiero que esta agonía insufrible termine ya, sin prolongarla más para favorecer a un extraño; no quiero correr el riesgo de retardar el sepelio con lo de la donación; es un irrespeto eso de mutilar al ser querido; si soy gitano o si creo que transferir sangre va contra la voluntad de Jehová, ni me lo pienso, no dono y ya. Comparando con las situaciones en las que, pudiendo darse, no hay donación de órganos por parte de la persona o de sus deudos, cuantitativamente suman mucho menos los casos en los que el moribundo o sus familiares autorizan la cesión de órganos por cuestión de fe, por imagen social, por simple indiferencia o por auténtica bondad y empatía hacia ese otro que sufre y a quien generalmente no se conoce. Los casos de donantes vivos y sanos son todavía menos frecuentes, y casi siempre buscan ayudar a un familiar o persona muy cercana. Estadísticamente, la pionera España con su legislación a favor de la donación de órganos desde principios de los 80, supera con mucho los casos de trasplante de órganos donados registrados en Paraguay o Venezuela, por citar algunos países de habla hispana.


Una racionalización objetiva sería la siguiente: Si necesitaras un trasplante ¿te negarías a recibirlo? Entonces, ¿por qué no donar? O esta otra: ¿de qué me sirve tener ese órgano vivo un poco de tiempo más, después de mi muerte cerebral? E incluso ésta: ¿Cuál es la urgencia del trasplante o qué consecuencias tendría para otros el fallecimiento del paciente que espera por mi decisión? Invito a considerarlas, y también a pasearse por varios escenarios:

1- Tal vez si todas las personas fuesen inscritas como donantes al nacer, pudiendo hacer luego un trámite público sencillo para desistir de serlo, la decisión de donar los propios órganos o los de un ser querido sería más fácil y frecuente.

2- La falta de cultura social o de legislación respecto a la donación de órganos sigue haciendo un tabú del tema, encarece los costos de los trasplantes y fundamenta el comercio delincuente de órganos, incluyendo el tráfico de seres humanos asesinados para venderlos por partes, lo que sí supone un irrespeto a la vida.

3- Tampoco hay que ver al trasplante como la panacea para prolongar la existencia humana o darle más calidad, en tanto la ciencia procura otras alternativas para disponer de órganos compatibles, como la clonación o los cultivos de células madres y ADN. Sólo un bajísimo porcentaje de cadáveres resultan aptos para la donación de sus órganos: están de por medio el tiempo desde el deceso, la causa de la muerte y el estado del órgano antes del trasplante, la incompatibilidad genética, el rechazo inmunológico o post-operatorio, las complicaciones surgidas durante el proceso quirúrgico o después de éste, y otras variables contrarias. Sin embargo, la cantidad de fallecidos siempre multiplica la de pacientes en espera de un trasplante.

4- La realidad es que todos y cada uno de nosotros puede verse algún día ante la encrucijada de ser invitado a donar sus órganos o de necesitar uno ajeno, y es conveniente pensar ahora sobre el tema, para no estar tan a oscuras llegado el momento.

No quisiera terminar este artículo aconsejando donar o no donar, pues cada persona ha de poder reflexionar y decidir libremente sobre el asunto. Lo que sí veo procedente es invitarte a considerarlo a tiempo -y el tiempo es ahora- respondiendo para ti estas preguntas: ¿Estás dispuesto(a) a donar tus órganos? ¿En qué caso lo harías sin dudar? ¿Has hablado sobre el tema con tu familia? ¿Si tuvieses más información, te lo pensarías? La realidad es que todos y cada uno podemos vernos algún día ante la posibilidad de donar un órgano o de necesitar uno ajeno, y es conveniente haber reflexionado sobre el asunto para no estar a oscuras o tener que actuar bajo la presión del miedo y la proximidad de la muerte. Yo estoy claro en cuanto a lo que haré llegado el caso, y sé que es lo correcto porque lo he decidido de manera preventiva, objetiva y sincera, y siento paz interior. Tal vez te sirva este indicador personal, en ésta y cualquier otra toma de decisión que debas hacer y que afecte tu vida y la de otros.
Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 27 de abril de 2012

¿Y Quién creó al Creador?

Como seres humanos conscientes nos hemos preguntado alguna vez quién, qué o cómo se creó toda esta maravilla que nos rodea: el universo, nuestro planeta, la naturaleza, el cuerpo humano, etc. Pero más allá de sentir esta fascinación tenemos un deber como seres inteligentes, capaces de cuestionarnos a nosotros mismos, y es confrontar esas creencias que desde niños nos han inculcado sobre un posible creador. Nuestros patrones de conducta y nuestro carácter han sido moldeados por todas las enseñanzas que recibimos desde nuestro nacimiento, y son el producto de las creencias transmitidas de generación en generación. Pero nuestra verdadera esencia, aquella que subyace en nuestro interior, a veces se revela y pide explicaciones. Acatar a ese llamado es el deber al que hago referencia para así honrar nuestro intelecto. Es en ese momento, cuando llegan a nuestra mente las grandes incógnitas sobre nuestro origen, que debemos preguntarnos: ¿Soy capaz de dar una explicación propia y razonada sin el condicionamiento de la religión con la que crecí?

Pues bien, ¿Quién creó al creador? Esta es una pregunta que dependiendo de la perspectiva como se enfoque admite dos respuestas diferentes, la primera es conocida y la segunda es incognoscible. Desde el punto de vista deísta es fácil conseguir una solución que concentre en una sola palabra la explicación para los hechos desconocidos. Cuando se plantean interrogantes como: ¿quién fue el creador del cielo y de la tierra? ¿a quién se le atribuye el origen del hombre? o ¿quién creó la inteligencia humana? la respuesta llega de súbito y sin el mayor análisis racional: Dios. Esa forma de inteligencia suprema es la explicación básica para la mayoría de los seres humanos y su escudo para darle un sentido divino al origen de la vida. A su vez, los agnósticos mantenemos que su existencia no se puede conocer, mientras que los ateos la niegan. 

Desde los inicios de la humanidad se le han atribuido poderes sobrenaturales a: El Sol, la Luna, el Fuego, pasando luego a los seres mitológicos de las civilizaciones politeístas (mesopotámica, persa, egipcia, grecorromana, hindú, china, entre las más conocidas) hasta llegar a las creencias monoteístas con voceros de la Palabra Divina, como Mahoma (Profeta de Alá para los musulmanes) y Jesús (autoproclamado Hijo de Dios y del Hombre), los cuales fueron precedidos por Aton o el Dios-Sol en el Antiguo Egipto, deidad monoteísta que abrió el camino a las religiones musulmana y cristiana. Absolutamente todas esas deidades han sido inventadas por el mismo hombre para darle una explicación a los misterios de los cuales no tenía respuesta, así como para satisfacer su necesidad de creer en algo superior apoyándose en ello con la fe, y así consolarse con la idea de que seguiría existiendo después de la muerte física (ver el artículo "La Existencia de Dios" de este blog).

Lamentablemente las diversas religiones del mundo han utilizado esa necesidad humana para alienar e ideologizar haciendo uso de esa supuesta “Verdad” que cada una de ellas dice poseer, lo cual a mi juicio es una evidente manipulación al condicionar la fe de las personas sugiriendo que la “Palabra de Dios” y su “Voluntad” están intrínsecas en cada uno de sus dogmas, y quienes no compartan su ‘Verdad’ vivirán en la oscuridad o serán condenados por falta de espiritualidad ¿Acaso es necesario profesar alguna religión para el desarrollo espiritual? Todas estas intolerantes posiciones y juicios de valor provenientes de los creyentes más fanáticos sólo pueden desencadenar odio y miedo, lo cual conlleva a enfrentamientos entre humanos solamente por pensar diferente. Lo cierto es que, independientemente a la religión o credo que se practique, ese creador (o dios) ha sido creado filosóficamente por el hombre, ya que sólo está en su imaginación y manera de pensar. Por su parte, las religiones no son más que congregaciones de individuos con iguales creencias sobre un creador creado por ellos mismos puesto que ninguno tiene evidencia racional ni científica del mismo.

Ahora bien, suponiendo que ese dios realmente existiera y sea el creador del mundo tal cual lo conocemos, cabe la pregunta: ¿y quién creó a ese creador? o en otras palabras ¿quién o qué le dio origen a esa luz creadora? No se debería tomar tan a la ligera que un ser dotado con esas facultades tan extremas, capaz de intervenir en el destino de las personas y con una inteligencia inimaginable pueda haberse formado de la nada o por generación espontánea, de ser así podrían existir otros seres similares a esa entidad superior ya que las condiciones en el universo estuvieron dadas para más de una formación de esa especie. Sin embargo, los creyentes sostienen que es el único creador, el principio y el fin, que antes de él nada existía, el alfa y el omega, el infinito, etc. Pero esa posición es demasiado inocente y simplista dadas las dimensiones del poder que se le confiere. 

Entonces, no es descabellado pensar que el dios creador pudo originarse de otro creador, y éste a su vez de otro, y así sucesivamente hasta divagar en el infinito de la ascendencia. De hecho este es un basamento ateísta y que Christopher Hitchens hizo popular en sus famosos debates. Tiene lógica pensar que el “Dios Todopoderoso creador del cielo y de la tierra” pudo ser concebido por una inteligencia inmensamente superior a la de él o por otra similar, pero esa es una ligereza que los creyentes no se atreven a considerar ya que echaría por tierra toda la teoría creacionista y ocasionaría una gran incongruencia con los preceptos bíblicos del catolicismo. 

Es importante recordar que nadie, absolutamente nadie, es poseedor de “La Verdad” sobre la creación humana o sobre la existencia de un creador, o de un creador de éste. Lo que sí es cierto es que todos somos libres de formarnos una idea propia, la cual sería más auténtica si no se limita sólo a creencias inculcadas. 


Finalmente les comparto mi última reflexión sobre este tema, concluyendo que mientras más nos adentramos en los rincones de lo desconocido más nos acercamos a descubrir que el misterio esta lleno de infinitas posibilidades. 

Aparta tus creencias, busca información de distintas fuentes, analiza todas las posibilidades y haz una profunda reflexión. Si haciéndolo decides seguir creyendo, o no, en la existencia de un dios, pues bien! Al menos habrás realizado tu parte como ser pensante, consciente, dotado de inteligencia y con libertad para inquirir. Pero si concluyes con toda honestidad que su existencia no se puede conocer habrás demostrado que nuestra capacidad de entendimiento humano no es suficiente para resolver el misterio de la creación más allá de las evidencias físicas y los hechos inexplicables, lo cual enaltece el mayor de los valores: la humildad.

Escrito por: Rafael Baralt

martes, 10 de abril de 2012

La Sexualidad es más que Genitalidad

La OMS define la sexualidad humana como "un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida, que abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la orientación sexual y la reproducción, que se manifiesta a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, roles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, aunque no todas se vivencien o se expresen, y está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.


Tema complejo este de la SEXUALIDAD y, por asociación, el de resultar sexy ante el espejo o ante los demás. Pobre de quien sigue creyendo que los genitales, o la sociedad, o Dios, determinan la preferencia sexual en un animal o en un humano. Nuestra sexualidad es un complejo multifactorial que une características físicas, psicológicas y emocionales con aprendizajes, aportes y presiones del entorno, deviniendo en una conducta personal asociada fundamentalmente con el placer y con la seguridad. Como toda conducta, la sexual puede variar en orientación o en intensidad. Hasta hace poco la sexualidad se definió como instintiva, lo que fue base de las teorías y normas sociales que establecieron la forma natural y no natural de la sexualidad, según estuviese dirigida o no hacia la procreación. Este aprendizaje tradicional del colectivo sigue ignorando que los mamíferos más desarrollados presentan un comportamiento sexual diferenciado, que incluye la homosexualidad (registrada en más de 1500 especies animales) y muchas variantes de la masturbación y de la violación. Tal realidad en la Naturaleza fundamenta el reenfoque que está haciendo la Psicología moderna, al plantear que la sexualidad puede aprenderse, porque no está sujeta únicamente al instinto orientado a preservar la especie. Desde un punto de vista inteligente con base científica, cada persona tiene su propio modo de situarse en un punto de la dualidad hombre-mujer que genéticamente origina la existencia humana, y el derecho de expresarse sexualmente a través de roles adaptativos definidos por su búsqueda personal de la felicidad, incluyendo el asexual.

La sexualidad es un sistema apoyado sobre otros cuatro sistemas también complejos: El físico (que abarca el genotipo o sexo genético y el fenotipo o sexo visible); el erotismo (capacidad de sentir y hacer sentir deseo, excitación, placer y orgasmo); la vinculación afectiva (capacidad de amar y de enamorarse, estableciendo interacciones personales significativas) y el instinto reproductor (capacidad de tener hijos y criarlos, más los sentimientos y conductas propios de la maternidad y paternidad). El género sexual comprende el grado en que se vivencia la pertenencia a lo masculino o femenino, con todas las construcciones mentales y conductuales asociadas. Más que el instinto, la interacción entre género, vinculación afectiva y erotismo es lo que define la orientación sexual del individuo, primariamente dividida en homosexualidad, heterosexualidad y bisexualidad.

El menor de edad que es orientado desde temprano para que acepte su sexualidad y la de otros, crece siendo más capaz de aceptarse integralmente y de cuidar lo que representan sus genitales y sus inclinaciones naturales y aprendidas, y tiene mayores posibilidades de vivir feliz. El adulto satisfecho de su sexualidad, por otra parte, será más libre al sentir placer y al buscarlo, generando un ambiente de cercanía afectiva y sexual con la pareja y un clima social más funcional, que a su vez repercutirá en el mejoramiento de las actividades personales, familiares, laborales y cívicas. Sobre esta base es que frecuentemente se asocian sexo y amor, se crean y mantienen vínculos sociales y afectivos, surgen patrones de identificación con grupos y subculturas, se sostiene la conciencia de la propia personalidad y el hecho de vivir cobra sentido. Muchas creencias confieren dimensión religiosa o espiritual al acto sexual (por ejemplo, Osho lo enaltece y la iglesia cristiana lo asocia en la mayoría de los casos con pecado), mientras otros ven en él una vía para mejorar o perder la salud mental, física y emocional, todo lo cual reconoce tácitamente la multiplicidad de factores que conforman la sexualidad. Obviamente, el sexo también se vincula con problemas, tales como homofobia, pedofilia, violencia contra la mujer, desigualdad sexual, prostitución, prejuicios, ataques religiosos, discriminación, etc. En la vinculación afectiva disfuncional se encuentran las relaciones de amor/odio, la violencia en la pareja, los miedos y la inseguridad, los celos y el control del otro. El erotismo da lugar a problemas tales como las disfunciones sexuales o las enfermedades de transmisión sexual. En cuanto a la problemática asociada con el instinto reproductor, destacan el descontrol de la natalidad, el machismo, la violencia, la pobreza creciente, el abuso y maltrato infantil o el abandono de los hijos. Estos problemas, entre otros, aumentan con el tiempo y con la sobrepoblación e inciden en áreas aparentemente ajenas al tema del sexo, como la seguridad, la justicia, el estrés colectivo, la publicidad, la religión, la legislación o el deterioro del planeta.

Los Derechos Sexuales Humanos incluyen el derecho a la libertad sexual, el derecho a la autonomía, integridad y seguridad sexuales del cuerpo, el derecho a la privacidad y equidad sexual, el derecho al placer sexual y a la expresión sexual emocional, el derecho a la libre asociación sexual con otra persona, a disponer del conocimiento científico pertinente, a tomar decisiones reproductivas libres y responsables, a la educación sexual integral y a la salud sexual, todo lo cual traza letra a letra la palabra RESPETO, la cual va mucho más allá que el hecho de ser tolerante con alguien de sexualidad distinta. En la medida que estos Derechos sean reconocidos, ejercidos y respetados, tendremos sociedades menos hipócritas y más sanas a nivel civil, moral, económico, físico, mental y sexual. Cuando la sexualidad requiere de la práctica frecuente de cierta conducta, se originan las parafilias. Muchas se dan de mutuo acuerdo entre adultos sin producir daño personal o social, por lo que no procede estigmatizar a quien vive y actúa de acuerdo a su preferencia sin perjudicar a otros, como sucede en la mayoría de los casos con la masturbación, la homosexualidad o la gerontofilia. ¿O es que no cuenta el daño humano ocasionado por quienes no las practican?.

En lo personal, sostengo que la persona que se define exclusivamente desde su sexualidad y fundamenta toda su vida y conducta social sobre ésta, desdeñando las otras áreas, facetas y valores de su existencia humana, se limita de manera irracional, se auto-discrimina y generalmente emite juicios de valor sin valor hacia quienes avalan o atacan la creencia o conducta sexual que usa para definirse a sí misma. Opino también que cualquier ser humano que juzgue o discrimine a otro por su sexo u orientación sexual, demuestra estar tristemente limitado por su escasez de miras, de información o de intelecto, vista la enorme complejidad del tema. Defiendo la lucha de las minorías por alcanzar igualdad legal en materia de derechos humanos, en tanto la persona no se excluya, dañe o irrespete a sí misma o a otras cuando actúa a favor de la causa que defiende. Siempre he encontrado de mal gusto el comportamiento de quienes ventilan su intimidad sexual o emocional de manera impositiva, exhibicionista o agresiva ante las demás personas, sean gay, feministas, heterosexuales, machos vernáculos o lo que sean, por la misma razón que muchos elogian la discreción a cualquier nivel. Y como me repugna el fanatismo de cualquier tipo, deploro el gran número de personas que parecieran estar definidas por un pene, una vulva o un trasero, un criterio o un punto de vista únicos, un ambiente social que excluye a los demás, una fe o creencia que ataca a todas las otras, un afán político o materialista que las priva de razón y de decencia. Con razón este pequeño planeta ya resulta insuficiente para una Humanidad que se multiplica exponencialmente, pero que también requiere crecer mental, afectiva y espiritualmente, sea cual sea la dirección que elija seguir cada célula humana, con tal que no dañe a sus semejantes ni al entorno común.

Escrito por: Gustavo Lobig

lunes, 19 de marzo de 2012

La Libertad de Expresión en nuestro Mundo Globalizado

Si éste no fuese un tema polémico, no habría tanta violación a la libertad de expresión desde que el mundo es mundo y tanta lucha porque se la respete como derecho humano. Así como no se puede vivir sin creer en algo, no se puede crecer sin libertad para informarse y para expresarse. En la aldea global que compartimos, ello sólo es posible con medios de comunicación libres y disponibles. Y como la comunicación es un proceso que se da entre dos partes, el emisor y el receptor de la información, ambas partes han de gozar de libertad para que la información sea transmitida completa y objetiva, y no de manera parcial o incluso falsa, como sucede cuando la verdad pasa por el filtro del miedo. La libertad de expresión ocupa el Nro. 19 en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, sin ella, es casi imposible defender los restantes derechos humanos, sean el derecho a la educación, a la privacidad, a una mejor calidad de vida o a pensar con autonomía. Para muchos el conocimiento de la verdad depende de tener libertad para expresarla, y defienden este principio a toda costa, aunque no siempre tomando en cuenta que una idea con mayor poder de difusión, o tergiversada a favor de intereses poderosos ocultos al público, puede imponerse sobre otras al margen de la verdad. En todo caso, resulta obvio que posiciones diferentes, dentro del marco de la libre expresión, dan posibilidad de opinión a cada quien y además permiten probar cada tanto la validez de la opinión verdadera, para que ésta no termine convertida en dogma, prejuicio aceptado o mandato social. La tradición hace que muchas leyes y normas, convenientes cuando se adoptaron, luego dejen de ser necesarias pero que continúen rigiendo los comportamientos hasta ser un verdadero lastre para la sociedad y base autorizada para muchas injusticias contra individuos o contra minorías.

La existencia de opiniones diferentes es la base de la democracia. Si no hubiese disenso, no necesitaríamos de la democracia para ponernos de acuerdo. El mandatario que quita libertad de opinión a su opositor o enardece a las masas con discursos violentos contra éste, se descalifica a sí mismo como demócrata, se deslegitima como servidor público, se revela como un adicto al poder con miedo a perderlo, se muestra como fiel representante de la tiranía de las masas y de los intereses egoístas que lo apoyan, se convierte en responsable del aumento de la violencia y la delincuencia entre sus gobernados. Sin excepción tal gobernante, tú, yo o quien sea, siempre somos responsables de lo que decimos y de lo que nace de nuestro discurso. Y lo que decimos vale por su contenido y por su intención, no por quien lo dice. El individuo que no comprende esto, no está capacitado aún para disfrutar de la libre expresión, porque ignora que su libertad termina donde comienza la de los demás, y que imponer por la fuerza la propia ideología o enfrentar a unos contra otros es un crimen capital contra la humanidad. Un crimen que a lo largo de la historia ha costado ríos de sangre a causa del abuso de poder por parte de unos pocos y al miedo que esos pocos alimentan en la mayoría. Las dictaduras encabezadas por un político demagogo o los discursos nacidos del fanatismo ideológico o religioso siguen siendo triste ejemplo de ello, aún en pleno siglo XXI.

Ya que no es el amor incondicional sino el egocentrismo el motor que impulsa la mayor parte de nuestras ideas, palabras y acciones a lo largo de cada vida y época, la libertad de expresión debe estar sujeta a revisión objetiva y continua en todos sus canales de transmisión. Eso fundamenta la necesidad de censura en ciertos casos, aunque muchas veces dicha censura crea más problemas que los que evita.
La tragedia de nuestra especie parte del hecho de no ser omnisciente, de no poder conocer la totalidad de la información respecto a cualquier asunto, de ahí la intolerancia, la incomprensión, los juicios de valor, los ataques y el miedo a lo diferente. Por otro lado, el egoísmo del ser humano generalmente le impide usar la información que sí conoce en pro del bien común. Paradójicamente, en ciertos casos este bien común puede salir de una restricción puntual o temporal de la libertad de expresión: recientemente la plataforma de blogs TUMBLR anunció que no seguirá apoyando contenidos que transmitan información o consejos sobre suicidio, autolesiones o trastornos alimenticios como la anorexia y la bulimia. Pero también está la situación de que muchos países limitan el derecho de su población a expresarse o a estar informada, por motivos religiosos, políticos, históricos o económicos. Actualmente China es uno de los países donde más peligra el derecho a la libertad de expresión y de información, seguido de otras naciones sujetas a regímenes dictatoriales en Africa del Norte, Oriente Próximo y Latinoamérica. En el resto del mundo, si bien menos afectado en este sentido, algunos consideran los derechos de autor como una medida contraria a la instrucción pública. Internet, nacida como la autopista gratuita de comunicación para todos, actualmente equilibra la libertad de acceso a la información con la conveniencia de los negociantes que la surten y dirigen. Twitter adecúa su censura a cada país y otros sitios de la red vetan contenidos concretos por considerarlos peligrosos o molestos. Por todo esto puede verse que la censura, vista como represión de la libertad para expresarse o para estar informado, es un tema muy complejo, sujeto a los intereses en juego y a la mentalidad de cada época. Por ello la población mundial tardó tanto en conocer que la tierra es redonda y que no es el centro del universo, entre otros hechos que hoy día son parte de la cultura básica. 

Por definición, la libertad de información consiste en difundir un hecho conocido y seguro, de manera objetiva y completa. En cambio, la libertad de expresión se basa en transmitir públicamente una visión personal y, por tanto, subjetiva. Según Rafael Meyssan, “la crítica subjetiva es conveniente siempre que aclare desde donde se hace, porque todo depende del punto de vista utilizado y de los fines que se persiguen. Para acercarnos a la verdad objetiva, hay que entrecruzar puntos de vista diferentes”. Ninguna comunicación es totalmente objetiva, a menos que se limite a transmitir datos comprobados. Por ende, nuestra interacción con los demás está llena de contenidos subjetivos y es esa necesidad personal de comunicarlos la parte en nosotros que defiende la libre expresión. Pero dado que cada quien actúa desde sus necesidades y que compartimos un mismo entorno, éste necesita de un conjunto de normas que regulen los contenidos de nuestras interacciones. Si mi necesidad exige que me exprese de una forma que daña a otros, debo encontrar otra manera más ética, adecuada y responsable de comunicarme. Si mi libre expresión está acorde con el bien común, pero alguien se siente amenazado por ella, ese alguien debe revisarse antes de atacarme desde su miedo. A medida que crecemos como individuos sociales, vamos perfeccionando un código de lenguaje más adecuado para el desarrollo de nuestra mejor identidad, y creando espacios donde podemos entendernos, aceptarnos, respetarnos y sumar aportes desde nuestras diferencias. Al menos esto es lo deseable en el avance personal.

Mi credo personal al respecto es el siguiente: Comparto la idea de restringir la libertad de expresión o acción de alguien, cuando atenta contra cualquier derecho humano propio o de otra persona, o cuando perjudica al ambiente. En ningún caso apruebo regímenes dictatoriales ni acciones legales o no legales que cercenen la libertad de expresión y de información, buscando proteger su cuota de poder, y por eso no apoyo el discurso del odio, del delito, de la manipulación o del daño, ni en mi país ni en ningún otro. Creo que las diferencias genéticas y de aprendizaje suponen otros tantos filtros que definen el comportamiento personal, así como las metas, juicios, intereses, ideales, creencias, logros, puntos de vista y preferencias. Creo que en esas diferencias individuales radica el valor insustituible que tiene cada vida humana dentro de la historia, y que su nivel evolutivo se mide por la calidad de su interacción con el contexto, según la época que le tocó vivir. Creo que cada quien actúa lo mejor que sabe y puede, hasta el peor delincuente, porque su historia influye en sus decisiones, pero que eso sólo explica y no excusa la delincuencia. Creo asimismo que una conciencia despierta y una firme voluntad pueden superar el condicionamiento de la historia personal. Creo que hay personas que nacen con limitaciones que jamás podrán superar, y que por ello están exentas de culpa. Creo que todos coexistimos compartiendo una lucha interna entre la luz de la conciencia y la oscuridad de la inconsciencia, y que el resultado individual de esa lucha define el progreso real de nuestra especie. Creo que la base de una vida nutritiva es la interacción con el otro a través de la aceptación, el respeto, la comprensión, la humildad, la compasión, la indefensión, la búsqueda del bien común y el amor. Creo que el miedo es la causa del mal, y su opuesto, el amor, es la causa del bien. Creo que todos mis errores se han debido a mi miedo o a mi ignorancia, no importa la situación. Creo que el amor es la única fuerza que dinamiza una existencia digna de ser vivida. Y acepto que otros opinen diferente a mí, sobre este tema y cualquier otro, por respeto a sus propios filtros y creencias y a su búsqueda personal del sentido de la vida.

Escrito por: Gustavo Löbig

domingo, 4 de marzo de 2012

Guerra y Militarismo: Dos grandes males de la Humanidad

A lo largo de la historia de la humanidad han existido infinidad de manifestaciones de enfrentamiento entre los hombres. Dentro de las razones más comunes que han originado tales eventos se encuentran: conquistar nuevos territorios, imponer ideologías, desacuerdos culturales y religiosos, segregación racial, etc. Estos lamentables sucesos representados por guerras, cruzadas y batallas han ocasionado millones de muertes de personas, algunas cayeron orgullosamente en el mismo frente de combate defendiendo sus ideales, así como otra gran parte que fueron víctimas de la inclemencia de otros. Hoy en día, se siguen viendo estas demostraciones de intolerancia pero con un nivel de perfeccionamiento aún mayor, evidenciado por el equipamiento bélico de alta tecnología en los ejércitos de muchos países, lo cual ha hecho de la industria militar un negocio de proporciones inimaginables. De hecho, en la actualidad los países se miden por su grado de poderío militar, donde destacan las grandes potencias del mundo, pero, si las armas fueron creadas para destruir y hacer daño, ¿Cómo puede entonces catalogarse como “potencia” a una nación por su capacidad de destrucción? ¿Qué orgullo maquiavélico subyace en la mente de algunas personas en demostrar su capacidad de tener más poder? ¿Es que no se puede ver la hipocresía en el doble discurso de los líderes del mundo que se jactan de promover la paz mientras gastan millones dólares en equipamiento militar? Todas estas incoherencias han sembrado en mí una aversión ante el militarismo y todo lo que ello representa.

Debo ser sincero; desde mi adolescencia sentí repulsión por el mundo militar pero no entendía el porqué. Recuerdo claramente todas las peripecias por las que muchos tuvimos que pasar para no ser capturados por la temida “recluta”, que es como se le conoce al alistamiento militar en Venezuela. En la década de los 80 era obligatorio hacer el servicio militar, y para los jóvenes de ese entonces fue una época de verdadero terror. Obviamente, es inútil tratar de inculcar una disciplina castrense a una persona sin ‘vocación’ para este tipo de actividades, así como tampoco se le puede obligar a ningún ser humano a que aprenda a usar armas, así sea para autodefensa. Por otra parte, la corrupción que existe dentro de la institución militar ha sido puesta en evidencia en más de una oportunidad: sobornos, cobro de comisiones, tráfico de armas, etc.; y más lamentable aún es la corrupción entre los mismos militares cuando se irrespeta el mérito en el nombramiento de los altos cargos y mandos, ya sea por temas políticos, conflictos internos o por simple discriminación entre ellos. Particularmente nunca le encontré sentido a aquello de “entrenarse para matar” con el fin de “defender la patria”, pero ¿Defenderla de que? ¿De quien? Todavía lo sigo esperando, aunque tengo consciente que mi vivencia personal no es la misma a la de miles de personas en naciones con historia bélica o que han vivido azotadas por otras formas distorsionadas de militarismo como el terrorismo o la guerrilla.

Más allá de encontrarle una explicación al origen de las guerras se encuentra el afán del hombre por demostrar su poderío a través de las armas, lo cual a mi juicio no es más que el opaco reflejo del lado más oscuro del ser humano. Desconozco lo que se debe sentir al tener un fusil en mano, pero definitivamente debe despertar algún tipo de sensación de poder sobre el otro, y cuando a éste se le unen más personas, bajo el mando de un líder, portando armas sofisticadas, con un ideal común y con entrenamiento para matar, se transforma en toda una maquinaria de destrucción capaz de cometer los actos más atroces. Más peligroso aún es cuando un militar llega a convertirse en el Presidente de un país, ya sea por voto popular o a través de un golpe de estado ¿Cómo puede un hombre con mentalidad militarista presidir una nación sin ver a su gente como peones o parte de su batallón? ¿Es que acaso la disciplina militar se le puede imponer a todo un país? Más triste aún es ver como hay personas en esos países con mandatarios militares que se dirigen a su presidente con la expresión “mi comandante”, lo cual a mi juicio es un acto de total subordinación y sumisión. Algunos ejemplos de esta peligrosa combinación (presidente/militar) se encuentran en la figura de Adolf Hitler (Alemania), quien logró de manera muy hábil manipular las mentes de millones de personas y provocar uno de los mayores exterminios humanos del cual se tenga conocimiento en la historia mundial; Josef Stalin (Rusia) a quien se le atribuyen entre 20 y 30 millones de víctimas bajo su régimen (aunque se estima un número superior); también es importante nombrar a criminales que se apoyaron en el ejército para diezmar a sus contemporáneos, cegados por su aberrada ansia de poder, como es el caso de Gengis Khan (Mongolia), Napoleón Bonaparte (Francia), Idi Amin (Uganda), Pol Pot (Camboya), Mao ZeDong (China).

Es indudable que la industria del armamento militar incide en la economía mundial. Sería interesante ver el grado de desarrollo que tendría la humanidad si en vez de asignar recursos para la compra de equipamiento bélico se hubiesen destinado esos fondos a la investigación para la cura de tantas enfermedades que siguen causando estragos en la población mundial, o desarrollar tecnologías para mejorar la calidad de vida de las personas, o para acabar con la pobreza y la hambruna de los países subdesarrollados. Al contrario, existen organismos financiados por las grandes potencias dedicadas al desarrollo de armas de destrucción masiva en forma de sofisticados aviones equipados con misiles autodirigidos, buques de guerra con cañones de largo alcance, submarinos con sistemas anti-detección de radares, tanques blindados con material anti-impacto; hasta llegar a las temibles bombas nucleares y armas bacteriológicas. Pareciera que con estos hechos la humanidad, lejos de evolucionar, estaría en un proceso de involución ¿Hasta donde llegará el afán de poder del hombre? ¿Cómo se puede promover la paz en el mundo si estas industrias siguen desarrollando formas más perfeccionadas de aniquilación?.

Más de una vez me he preguntado si esta posición antimilitar tenga que ver con falta de patriotismo, pero considero que ese término no puede medirse por el nivel de agrado que tenga por la milicia de mi país, ya que ser patriota no es necesariamente ser pro-bélico. Quizá aparezca por ahí alguien tratando de justificar los hechos históricos de las batallas por la independencia de Venezuela, lo cual pudiese tener algún sentido si se observa bajo la perspectiva de la “libertad del yugo español”, pero es que en primera instancia, si hubo una guerra para lograr la independencia fue porque antes hubo una invasión armada de otro país, y así una secuencia de eventos del pasado con el mismo denominador común: el afán de poder del hombre para dominar, imponer o tomar a la fuerza territorios acabando con vidas humanas, y poniendo fin a la cultura y tradiciones de los pueblos conquistados. Y es que no se puede hablar de guerra sin asociarla con miedo, muerte, destrucción, desolación y miseria.

Es entendible, más no justificable, que existan todavía fuerzas armadas en muchos países del mundo ya que parte de la distribución geopolítica actual es consecuencia de guerras pasadas. Pero ya es tiempo de ver ese poderío militar transformado en una única fuerza humanitaria que vele por la igualdad y la paz, que haga respetar las diferencias culturales de las naciones y que promueva la hermandad entre los hombres. Es el momento de que reconozcamos a las naciones por la calidad de su gente y no por su grado de poderío militar. Si tan sólo viéramos que el mundo sería mejor si no existieran armamentos que pongan en peligro la vida en el planeta. Es hora de que todos los seres humanos vivamos en armonía y dejemos a un lado nuestro afán de poder. Quizá todos estos pensamientos sean demasiado idealistas producto de un mundo utópico, pero no imposible, ya que la codicia y la avaricia no son precisamente atributos que resalten en el ser humano. Estoy seguro que no soy el único con esta forma de pensar, y sólo espero tener la dicha de ver a una humanidad donde las fronteras que separan los países no sean el límite de la convivencia entre los pueblos, sin armas, sin guerras; y que la Patria sea la tierra que pise, puesto que no sólo somos hijos del país que nos vio nacer, sino que además formamos parte del planeta y por ende ciudadanos del mundo.

Escrito por: Rafael Baralt

viernes, 17 de febrero de 2012

El Matrimonio Homosexual en la realidad actual

El tema está actualmente sobre el tapete, con especial énfasis en el primer mundo, y es importante fijar una posición respecto a si procede o no legalizar la unión entre dos personas del mismo sexo, ya que formamos parte de la sociedad mundial y tenemos voz y voto en la misma, por la membresía que nos da el hecho de ser humanos conscientes y protagonistas de nuestro tiempo, contexto y vida. A continuación se resumen algunas de las posiciones de los grupos que se oponen a su legalización (texto en color negro) y puntos de vista diferentes, que apoyan la legalización de la unión homosexual (argumentos en color azul):

-> El término “matrimonio” perderá su significado al legalizarse la unión de dos personas del mismo sexo. Es cuestión de semántica.
<- Sí, es cuestión de dar el correcto significado al término, cuyo origen latino, matris munium, equivale a “cuidado de la madre” (Significado que no incluye al otro sexo). Es importante mencionar que muchos activistas prefieren utilizar el término “unión civil” en vez de la palabra matrimonio.


-> El papel social del matrimonio tradicional es que supone un compromiso formal, indisoluble y para toda la vida.

<- Sólo en teoría es así. Estadísticamente, el número de divorcios compite con el de actos matrimoniales, ya que una misma persona puede casarse una y otra vez, si deshace legalmente la unión anterior. Sin hablar de los casos de adulterio, poligamia, concubinato y otras realidades sociales y culturales que afectan dichas estadísticas.

-> La reproducción a través de la familia garantiza la supervivencia de la especie humana. La unión gay no puede generar hijos, es estéril.
<- Las personas que conforman una pareja gay no son necesariamente estériles. Por otra parte, pueden llegar a establecer esa relación de pareja ya con hijos propios o tenerlos dentro de ella, fecundando a una persona del sexo opuesto con previo acuerdo entre las partes, o usando la fertilización in vitro, entre otros recursos científicos. Además, una pareja heterosexual no siempre se une para “perpetuar la especie”, lo cual aplica por igual para una pareja homosexual.

-> El matrimonio heterosexual es constitucional, el gay no. La ley internacional del matrimonio lo dice claramente en uno de sus postulados: “el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica”. El derecho legal sobre los bienes comunes, en el caso de una pareja gay, no necesita del matrimonio, porque puede quedar definida por las partes firmando un acuerdo ante notario y registro público.
<- Obviamente la unión gay no es constitucional, porque aún no existe una ley mundial a favor del matrimonio del mismo sexo que asegure los derechos de ambos cónyuges. Su ausencia perjudica actualmente los derechos (en caso de muerte) de la pareja sobreviviente, que queda desposeído a favor de los herederos del difunto. La falta de esa ley también impide el reparto legal y equitativo de los bienes en vida, en caso de separación, o poder asegurar el bienestar de los hijos adoptados por la pareja gay, cuando ésta termina por cualquier causa. De ahí la lucha por alcanzar la aprobación de esta ley.

-> El matrimonio pierde credibilidad si se legaliza la unión gay, por la inestabilidad y promiscuidad que caracteriza a esta última. Además, la demanda social no justifica que se legalicen las uniones gay, porque el acto del matrimonio es mayoritariamente heterosexual en todo el mundo, donde la población homosexual sólo representa una minoría.
<- No se ha censado la población gay mundial, por razones obvias. Tampoco se ha medido el nivel de promiscuidad asociado con cada orientación sexual. Por otra parte, el argumento de que la demanda social no justifica dicha legalización atenta contra los derechos humanos de las minorías y, por ende, las discrimina.

-> El matrimonio heterosexual, por ser monógamo y estable, es el principal obstáculo para que la población gay aumente su poder dentro de la sociedad, que abarca moda, ocio, turismo, sexo, distracción, comunicación e íconos. De ahí el empeño gay en equipararse legalmente con la mayoría heterosexual, para acrecentar su poder sobre la sociedad de consumo y pasar a ocupar esa posición de mayoría.
<- Es innegable que la popularidad creciente de la “moda gay” a nivel mundial merece un estudio más profundo que la simple asociación con una búsqueda de poder. Y aún en este caso exige un análisis sociocultural mucho más amplio. La preocupación sobre el tema gay hace evidente esta necesidad. Y no puede obviarse en dicho análisis que todavía no se ha comprobado científicamente la causa u origen de la orientación homosexual, o no habría polémica al respecto. Además, la palabra “estable” como una generalización del matrimonio heterosexual es cuestionable.

-> Hacer legal la unión gay equivale a limitar la libertad de expresión y penalizar a quien desafíe lo homocorrecto. Es decir, aumentar el poder de los activistas gay sobre la población heterosexual y discriminar a ésta.
<- ¿Acaso este debate no surge por la discriminación que la sociedad hace de la persona homosexual, a quien penaliza de muy diversas maneras por no ajustarse a lo heterocorrecto?.

-> El deseo de supremacía gay busca destruir la única institución que tiene el poder de traer hijos al mundo, la sagrada institución del matrimonio, para hacerse con ese poder.
<- El calificativo de “sagrada” es, por decir poco, algo subjetivo y relativo, imposible de probar. Cabe mencionar que el matrimonio institucionalizado vino a reemplazar el papel mayoritario del concubinato, como fórmula social de unión de pareja, solamente desde principios del siglo XIX. Y no puede afirmarse que el matrimonio sea la única institución con el poder de engendrar, ya que no es despreciable la cantidad de hijos nacidos fuera del matrimonio civil o religioso, a nivel mundial, en cualquier época.

-> De validarse la unión legal dentro del mismo sexo, la aprobación de adopción para esas parejas será la siguiente victoria gay, lo que aumentará el número de homosexuales y dañará a esos hijos adoptados con trastornos de identidad de género o posibles abusos sexuales paternos. Además, sufrirán por el rechazo y los prejuicios del resto de la sociedad.
<- Tales prejuicios y ataques de la sociedad contra el individuo gay es lo que justifica la lucha para que social y legamente no se le discrimine. La conducta homosexual, los trastornos por identidad de género y toda la cruel vivencia de quienes son actualmente rechazados por su orientación sexual, son una patética realidad, cuando todavía no existe la legalización de la unión gay o la aceptación social de dicha condición. Por objetividad se impone la igualdad de los derechos humanos, sea la persona gay o no.

Desde esta óptica de validación civil y religiosa de la unión entre dos personas, óptica afectada por todo lo que atañe al sexo de los contrayentes, y a la discriminación por edad, estatus, miedo a los cambios, rechazo a lo diferente, defensa de la igualdad, reputación, derechos humanos, intereses económicos, paradigmas culturales, dogmas religiosos, conveniencias políticas o lucha de poder, entre tantos otros factores, es que el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo levanta la polvareda que lo hace acreedor a figurar entre los temas polémicos que ocupan a la sociedad actual y a este blog, abierto a cualquier comentario y aporte nutritivo por parte de nuestros lectores.

Escrito por: Gustavo Löbig


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