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domingo, 14 de septiembre de 2014

RED-LIGIÓN: Un AMÉN para salvar al mundo

Yo andaba paseando hace más de veinte años por Norteamérica, cuando escuché por primera vez hablar del internet. Estaba en una biblioteca pública esperando por el texto de Klimt pedido a la gorda antipática del mostrador, que no entendía mi inglés (ni yo el suyo) ni conocía al pintor, cuando un seminarista salvadoreño que me seguía en la fila de solicitantes pronunció la palabreja (inédita para mí) en tono de preocupada crítica, dirigiéndose al cura anciano que lo acompañaba. Mientras yo buscaba escuchar más sobre esa red interna, por si era un requisito para que la encargada ubicase y me diese el condenado libro, el sacerdote le respondió al angustiado joven algo como esto: “Hijo mío (al voltear vi que no se parecían), esa Torre de Babel con tanta gente comunicándose no tiene futuro, se caerá como la otra, la gente está acostumbrada a hablar cara a cara, por teléfono o por carta, y a ir a su misa. No hay que temer, los sacramentos se dan en persona y esa moda del internet no afectará lo que lleva siglos siendo”. Lo aseguró con la certeza de la ignorancia, siempre mala profeta, mientras yo recibía ¡por fin! mi Klimt sin entender nada del comentario anterior y olvidándolo hasta hoy.

Pero actualmente todos sabemos que la espiritualidad se pesca y se vende como nunca con las redes sociales. Son incontables los individuos, grupos y organizaciones que se la pasan debatiendo por computadora  acerca de si Jesucristo existió (o Dios, o el Diablo), o realizando búsquedas teológicas entre un mar de noticias personales y de asuntos mercantiles o adoctrinamientos políticos, o anunciando eventos religiosos u obras de caridad, o empleando esa vía de alcance masivo para fomentar los antiguos credos, fomentar sectas nuevas o atacar a los de creencias distintas a las suyas. Muchos discuten acerca de la moralidad que afecta al hecho de poder vivir tan informado, tan conectado con otras personas y opiniones, otros rezan por sus conocidos cuando leen lo que estos publican, o se indignan y los eliminan como amigos por ser unos herejes virtuales, y, como era de esperar, hasta el Papado fijó posición cuando vio lo que le venía encima. Hace unos años sugirió en su cuenta Pontifex que los sacerdotes deben aprovechar al máximo los recursos de la comunicación digital para el mejor servicio de la fe, y con iniciativas como el Movimiento Regnum Christi convirtió a las redes sociales en lugares para la evangelización y el adoctrinamiento, buscando seguramente crear una Tierra Santa Virtual.



Entretanto, las demás religiones también usan el internet para extender sus creencias, que a menudo son tentáculos bañados en sangre, o ven expuestos por ese medio, ante la opinión pública, sus cruentos excesos. ¿O es que en pleno siglo XXI los fanáticos no siguen vejando, oprimiendo, decapitando, lapidando, ahorcando, mutilando, violando, encarcelando, quemando vivo o matando de otras formas medievales a quien desafía a sus ruines intereses disfrazados de normas bondadosas, dogmas indiscutibles y elevadas metas espirituales? ¿Acaso no se limita o prohíbe el uso de internet en regímenes totalitarios o en naciones musulmanas como es el caso de Irán o de Turquía? La Web ha llevado a incontables oportunistas dentro y fuera de las iglesias a extender sus manos codiciosas hacia un mercado billonario, enguantando sus garras con el disfraz de blogs individuales o comunitarios, portales, sitios herméticos, organizaciones caritativas, grupos de admiradores de santos, líderes religiosos o movimientos apostólicos. Abundan los iluminados que defienden teorías místicas y evolutivas jaladas por los pelos, los espacios de reflexión o sermoneo personal, los lugares donde se discute sobre temas espirituales tan áridos como siempre, pero con más virulencia por ser debatidos desde la seguridad de una pantalla y del cobarde  anonimato.

Este artículo podría convertirse en una crónica sobre el uso religioso de las redes sociales y su influencia sobre el abaratamiento de los costos del apostolado presencial y del mantenimiento de los lugares tradicionales de culto, mientras fermentan los adoctrinamientos en el continente digital. Facebook y otros sitios acogen en plan mercantil a vivos y a muertos, permiten al usuario aceptar o eliminar contactos según su estatus de vida o sus creencias, y rebosan de anuncios que exhortan a rezarle a Dios, a la Virgen, al profeta o al santo X por tal o cual causa, o a contribuir con una acción caritativa por una causa justa, o a escribir “amén” para motivar al Cielo a salvar desde la vida de un pobre niño enfermo hasta la de un país en desgracia. Pero el punto que le interesa a Raguniano es conocer tu opinión acerca del tema. ¿Eres de quienes creen que escribir “amén” hará cambiar la realidad negativa propia o ajena por una mejor, o que hacerlo te convertirá en una persona más efectiva, compasiva y buena, o al menos contribuirá públicamente a mejorar tu imagen? ¿Te repugna toda esa manipulación masiva, o la encuentras útil y conveniente? ¿Cuál es tu conducta a la hora de pasar por un sitio religioso dentro del continente virtual? Por favor déjanos saber tu posición, pues ya quedó establecido que la red también sirve para hablar sobre estos temas, y verás debidamente valorados y difundidos tus comentarios y aportes en este espacio de libre pensamiento.


Escrito por: Gustavo Löbig


 (A esto es que hacemos referencia: a manipular, alienar y jugar con el miedo o la autoestima de las personas)

sábado, 22 de junio de 2013

El suicidio ¿un acto valiente o cobarde?

¿Tiene sentido calificar al suicidio como un acto de valentía o de cobardía? No lo creo. Si alguien elige suicidarse es porque dejó de sentir motivación vital, porque no pudo resistir una situación intolerable, porque al intentar escapar de ella perdió o creyó perder, que para el caso es lo mismo, la opción de cualquier otro camino. Si una persona agobiada solo ve una vía de escape ante sí, no es culpable por seguirla y nadie tiene autoridad para juzgarla. Condenar al suicida supone un juicio extemporáneo contra el último acto de una voluntad que dejó de ser libre para someterse al mandato de la desesperanza absoluta. Cada quien es producto de su historia, la cual escribe y concluye como mejor sabe y puede. Deberíamos estar hartos de juicios, condenas, ataques y discriminaciones, pero no es así, y mucha gente sigue suicidándose por falta de un apoyo efectivo y oportuno. La vida se defiende, la muerte no.

Ante la creciente estadística mundial de suicidios, creo importante alertar sobre esta tendencia, buscando prevenirla y en lo posible evitarla, sin olvidar el derecho de cada quien para decidir cuándo y cómo morir, en tanto no dañe a otros y persista en su decisión después de haber contado con la debida ayuda terapéutica. Al fin y al cabo es su vida y toda persona es responsable de sus actos. Pero hay actos individuales como el suicidio que son responsabilidad de todos, si por egoísmo o indiferencia no ayudamos a quien es incapaz de continuar luchando a solas. Es obvio que el suicida no contó con un apoyo externo suficiente ni con una esperanza de cambio que le prometiese un mejor futuro, y por eso renunció a este. Es obvio también que su miedo o sufrimiento fueron tan grandes, que en su decisión pesó poco o nada el dolor que su muerte podría causar a sus allegados. En lo personal me afecta que una vida, sea que la conozca o no, decida matarse por sentirse sola, desvalida, sufrida, indeseada, desprovista o inútil. Y también sé que, por haber vivido y tenido esperanzas antes de perderlas, la muerte jamás podrá borrar esa vida ni lo que hagamos en su favor cuando todavía es tiempo de hacer algo por ella.

Caminan por este mundo individuos que carecen de la capacidad de dar valor a su vida o a la de otros. Nacieron carentes de esa capacidad de valoración, o no les fue introducida en sus primeros años ni reforzada en los siguientes. Pero a diferencia de otros asesinos, rara vez un suicida es un psicópata, sino que frecuentemente se trata de alguien mentalmente sano y con una sensibilidad muy desarrollada. La mayoría de suicidios se registran en la población adolescente y en la de edad avanzada. Las causas más frecuentes incluyen el envejecimiento, la muerte o rechazo de un ser querido, la pérdida o carencia de imagen, de poder o de bienes materiales, el rechazo social o las enfermedades incurables. La dependencia del alcohol y otras drogas representa un suicidio progresivo, pero tan innegable como el de quien escapa a una vida intolerable por medio de una muerte rápida.

Todas estas causas revelan tardíamente en la víctima una falta evidente de amor por sí misma, una aceptación propia que brilla por su ausencia. Ambas surgen de la alienación colectiva  que lleva al ser humano a verse y a ver a los demás desde una perspectiva equivocada. Ciertamente hay personalidades débiles entre los suicidas, pero en su mayoría son casos que se cansaron de luchar contra esa despiadada manipulación colectiva que empuja al deber ser para manejarnos ideológicamente y explotarnos económicamente. Y cuando alguien no logra ocupar la posición que se le exige para ser aceptado y querido por sí mismo o por los demás, vive una situación agobiante que puede ser su límite, y entonces la inmadurez emocional en el joven, o la dependencia del qué dirán en el adulto, o la creencia de ser un estorbo en el anciano, los conduce a la decisión final que efectivamente termina con esa situación insoportable, pero que no la soluciona, puesto que nadie puede probar adónde nos conduce la muerte, sea natural, accidental, auto infligida o inducida por otros.



Una aproximación al suicidio más adecuada que verlo como algo cobarde o valiente, justificable o no, sería la de reflexionar: ¿Por qué es importante la vida? ¿Por qué nos aferramos tanto a ella? Aunque no sepamos qué representaba su existencia para el suicida, con este tipo de preguntas tendríamos un atisbo del motivo que lo llevó a salirse de un contexto sin sentido de continuidad y en el cual perdió la razón de ser. Desde tiempos remotos se dice que la vida es el bien más valioso, y que terminar con ella es el peor daño que un ser humano puede ocasionarle a otro o a sí mismo. Sin embargo no cesan las guerras, el asesinato, la delincuencia individual u organizada, la tortura, la discriminación, el irrespeto a los derechos humanos, el valorar la vida por logros y posesiones y no según lo que se es, entre otras conductas humanas repetidas siglo tras siglo, mostrando claramente que somos una especie enferma. ¿Enferma de qué? De miedo. Un miedo que se impone incluso al instinto por sobrevivir y que entonces se expresa a través del suicidio.

Al pensar en este tema surgen preguntas fundamentales: ¿Por qué vale la pena vivir? ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Cuál es mi peor miedo? ¿O mi mayor dolor? ¿Qué me veo incapaz de soportar? ¿Qué podría llevarme al suicidio? Hacernos estas preguntas nos hará conocernos mejor y poner en claro a qué nos aferramos, cuál es nuestra máxima prioridad, por qué esa persona, posesión o situación mide nuestro deseo de vivir, o por qué su pérdida equivaldría a morir. Aun siendo puntos de vista relativos y subjetivos, al ser los de cada quién son los únicos que en este caso importan.

Hurgando en nuestras motivaciones, aprendizajes, prioridades, miedos, creencias en el más allá y el más acá, haciéndonos oportunamente las preguntas adecuadas, encontraremos la mejor manera de restarle posibilidades a la del suicidio. Plantearlas en relación a quienes más queremos nos llevará a entenderlos y amarlos mejor y a prevenir su muerte por propia mano. No querer reflexionar sobre el tema será simple miedo a la muerte, desinterés por el tema o incapacidad para profundizar en la vida. Es comprensible. Adentrarnos en esta es bucear en la muerte, pues ambas forman parte de un mismo proceso inevitable que a todos nos afecta. Cualquier criatura medianamente feliz aborrece la sola idea de la aniquilación absoluta, pero cada hora desde que nacemos nos acerca a la hora final, y está en cada uno el concretar qué podría llevarnos a adelantarla. Evitar pensar en el asunto no impedirá que pueda suceder.


Considero que la mejor manera de honrar esta vida tan corta que tenemos es mirar de frente a la muerte y aclarar con esa confrontación por qué vale la pena vivir y de qué manera podemos existir con más dignidad y satisfacción vital, con más provecho personal y colectivo, con visión más clara acerca de la importancia que tiene cada vida. La más humilde o aparentemente insignificante es única e irrepetible, y el Universo no estaría completo sin ella. El valor objetivo de la vida no es algo relativo, no está definido por el éxito ni por el placer que contiene, y menos aún por leyes sociales o religiosas de convivencia. Al ser únicos, nuestro cuerpo y mente jamás volverán a existir idénticamente tal como son en este instante.

Preguntar ¿por qué respiras?, lleva a pensar en la fisiología o el instinto. Pero preguntar ¿por qué eliges amanecer cada mañana? ¿para qué te levantas de la cama? o ¿por qué vale la pena respirar otro minuto, otro día, otro año más? te conduce a la razón que tienes para seguir viviendo. Paséate con sinceridad por todas las respuestas a esas cuestiones, hasta llegar a una en la que tu respiración no dependa de otra persona o de una condición externa a ti, y luego apóyate en esa respuesta para amarte, aceptarte, respetarte, valorarte y vivirte, sabiendo que eres el dueño o la dueña de una vida irreemplazable que ninguna otra puede sustituir. Porque ninguna puede ser ni será jamás exactamente como la tuya o la del otro, así como ningún instante se repite ni jamás podrás bañarte dos veces en el mismo río mientras habites en este mundo cambiante.

Escrito por: Gustavo Lobig

sábado, 9 de febrero de 2013

¿Autoayuda costosa o dieta gratis?


Estoy en contra de la comercialización de la autoayuda por puro afán de lucro, dejando claro que es posible cambiar algunas circunstancias de nuestra realidad externa o interna, si aprendemos cómo hacerlo. Una persona que repita pensamientos, creencias y conductas, es poco probable que vea la vida de manera distinta y la viva diferente sin la intervención de un factor externo que la afecte, pero es improbable que ese factor salga de un texto o taller de autoayuda. ¿Por qué? Porque éstos sólo afectan su parte racional, y ahí se quedan, sin pasar a internalizarse para producir el cambio deseado. Nuestra personalidad y mucha de la realidad cotidiana surgen de acuerdo a cómo pensamos, aprendemos, sentimos y actuamos.  Cada vez que se cambian los puntos de vista o se aprende algo nuevo, se establecen nuevas conexiones en las neuronas, lo cual modifica el cerebro. A eso se llama evolución. Aun así, aprender no es suficiente, a menos que se aplique lo aprendido. Sobran quienes saben de todo y no han aprendido casi nada. Nos pasamos la vida creando un futuro mejor, pero tratando de no cambiar para no sufrir, y lo que hacemos es reafirmar la personalidad disfuncional con una serie de ideas, emociones y actos (miedos, enfados, prejuicios, manipulaciones, ataques, defensas, metas egoístas, escapismos, etc) que son adictivos y que funcionan como programas informáticos instalados en el subconsciente. Por eso, hablando como coach y como humano que vive los mismos problemas que todo el mundo, sé que los tres pasos iniciales para andar por un mejor camino de vida son: Primero, asumir nuestra responsabilidad como co-creadores de la propia vida y de la vida de los demás y dejar de creernos víctimas que necesitan de un salvador. Segundo, aceptar la realidad que está sucediendo y que deseamos cambiar, sin resistirnos a lo que es, porque lo que se resiste, persiste. Tercero, sabernos más grandes que esa realidad que se desea cambiar, porque cada persona es ella, no sus circunstancias. Los triunfadores sobre la adversidad imaginaron el futuro diferente, sintiéndolo como si ya hubiese sucedido, luego crearon el cambio en ellos teniendo fe en sí mismos, y sólo después obraron para hacer real lo que pensaron. Sólo entonces puede darse el cuarto paso, que es el cambio, y que casi nunca se logra a base de pagar por teorías bonitas y frases hechas, que frecuentemente no son más que sentido común vendido a alto precio por charlatanes que la moda consagra como sanadores.

Podemos hacer sin gastar plata que el pensamiento sea más real que un acontecimiento, y lo hacemos a diario, cuando sufrimos por algo que ya pasó o que todavía no ha sucedido. La mente manda dentro del presente. Si conducimos nuestro vehículo y de repente nos concentramos en un pensamiento, en ese momento vemos sin ver la carretera sin sentir nuestro cuerpo. Ese lapso, aunque dure apenas un instante, es de un gran poder creador, es el estado de flujo del artista que se olvida de todo mientras trabaja. Ese estado es el necesario para crear, primero con la mente, luego a través de la acción o del cambio conductual. Por lo tanto, es cuestión de elegir pensamientos constructivos en lugar de los de siempre. Pero pensar en negativo es morbosamente adictivo, y la mayoría de las personas se la pasan pensando en sus problemas en lugar de pensar en las posibilidades. En cuanto a los iluminados que defienden a toda costa el Pensamiento Positivo, aún sin actuar, cuidado con esa fantasía. Pensar en algo no lo hace real, si nuestro comportamiento no responde a la intención de que ese deseo se realice. La mente y el cuerpo deben trabajar juntos. Tenemos que escoger actuar de manera distinta y funcional, para que pueda suceder algo nuevo. 


Si deseamos crear una nueva realidad personal, hemos de convertirnos en otra persona. ¿Cómo? Mediante un programa activo de vida desligado del miedo, esa emoción aprendida que limita la acción del poder personal, hasta lograr que este poder se convierta en la habilidad de eliminar el autosabotaje y de activar el sistema operativo de los programas subconscientes que posibilitan el cambio. Pongamos, por ejemplo, la ansiedad. El caso de alguien con ansiedad o con depresión es el mismo: el cerebro empieza a segregar química como si eso que teme la persona estuviera sucediendo, y con el tiempo esa química se convierte en adictiva. ¿Cómo salir del círculo vicioso? Si haces conscientes tus pensamientos y tus hábitos automáticos y observas las emociones y conductas, empiezas a objetivar tu mente subconsciente. Si te familiarizas con los aspectos de ti mismo y los factores de tu entorno que motivan la ansiedad (o lo que quieras cambiar), durante la observación continua de ti podrás darte cuenta de cuándo empiezas a sentirte de la manera que ya no deseas repetir, y serás capaz de cambiarla, rompiendo en ese momento la cadena del hábito. Si te recompensas inmediatamente después, por haber logrado hacer algo mejor que lo acostumbrado, reforzarás el proceso de cambio a nivel de tu cerebro y de su funcionamiento vital. El único pensamiento positivo que funciona es el que lleva a un autocondicionamiento positivo. Se trata de tener claro quién se quiere ser, qué pensamientos y emociones se prefieren por ser útiles y no solamente habituales, planificar adecuada y oportunamente, y después actuar los pequeños cambios que darán lugar a los grandes. De esa manera se van instalando los nuevos circuitos en el cerebro. Pero se requiere constancia y disciplina. El simple pensamiento positivo o el desear algo no funcionan, porque la negatividad está instalada en el subconsciente y saboteará el proceso de logro.

Un libro o taller de autoayuda tampoco hará cambios, a menos que el aprendizaje de la nueva información se internalice más allá de una teoría y se ponga en práctica. Sólo la acción personal conlleva el cambio personal, no los aprendizajes intelectuales que quedan en simple teoría. De teorías y opiniones inútiles está lleno el mundo, y por eso anda tan mal. Pero hay muchos interesados en que la gente siga sufriendo y gastando su dinero en ayudas inefectivas, que muchas veces exigen otras complementarias y también costosas. De ahí salen tanto médico que no pasa de ser un vulgar comerciante de la salud corporal o mental, tanto consejero charlatán, tanto facilitador de talleres y de textos inútiles de autoayuda, que no sirven más que para lucrar al supuesto sanador y encarecer un mercado de la salud que ya engloba el lucrativo negocio de la muerte, un comercio cada vez más extendido y cuyo afán de dinero, a costa del dolor ajeno, es indigno de un ser humano decente. Generalmente, si un individuo o grupo ofrece una cura milagrosa en un tiempo muy breve y a un precio muy alto, se tiene delante el caso de uno de estos estafadores.

Los cambios verdaderos consisten en hacer conscientes las conductas y patrones limitantes inconscientes, sin sentir culpa, y desde esa conciencia saber elegir y realizar las acciones de cambio requeridas. Una personalidad débil prefiere delegar la responsabilidad de cambiar las cosas en el aporte que pueda recibir del iluminado, el brujo o el sabio de turno, y es incapaz de ver la manipulación en tales dudosas ayudas.

Lo que nos quita la libertad y el progreso son nuestras propias creencias, el conformismo, el temor a cambiar, los hábitos, los apegos, los prejuicios y demás barrotes de esa prisión que para muchos es la vida, y que deben ser desmontados uno a uno. Nos hemos pasado el tiempo oyendo el consejo de “sé tú mismo”. Pues yo opino que si ese yo no es tu yo auténtico, si no te hace realmente feliz y productivo dentro del bien común, te deshagas de él. Una buena forma es ser y obrar como librepensador, para despojarnos de etiquetas, patrones sociales y prejuicios injustos. Hace falta dejar el juicio condenatorio contra uno mismo y los demás para ser verdaderamente humanos, y no otra de las fieras depredadoras, estúpidas y egoístas que representan a la peor parte de la humanidad. Una dieta mental y conductual que se vaya depurando de hábitos negativos es la mejor receta para que la infelicidad personal y mundial acabe por morir de inanición. ¿Utópico? Sí, mientras no lo lleves a la práctica cotidiana. Así que déjate de libros, cursos y rituales costosos, y comienza con esta dieta, privándote a tu manera de lo negativo, si realmente quieres hacer un uso efectivo de tu libertad y dejar una huella tan liviana como la del amor a tu paso por este mundo. Esa es mi posición ante las pruebas de la vida. ¿Cuál es la tuya?

Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 14 de diciembre de 2012

La MULA, el PAPA y el BUEY


Ay Santo Padre, Santo Padre, ¡cuántas metidas de pata llevamos hasta ahora! Las mías, como las suyas, vienen por hablar de más, pero al menos tengo la excusa de no ser infalible ni tampoco un teólogo eminente, como usted. Tampoco he presidido, como en su caso, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, conocida en sus tiempos más ardientes como el Santo Oficio de la Inquisición, ni sus cardenales me tomarán en cuenta como candidato para encabezar después de usted a la exitosa transnacional conocida como Santa Iglesia Católica, que tiene a un 38% de la población mundial convertido en creyentes bautizados (aunque no todos sean practicantes) y más de 6.000 obispos que viven a todo lujo. El motivo que me dan para descartarme como su sucesor es que soy agnóstico y no cura. Sólo por ese pequeño detalle no soy papabile. Esto no es justo. Por ser honesto, sincero y objetivo con mis creencias, se me está privando de la oportunidad de contribuir a un mundo ideal como el que describió Lennon en su canción Imagine, sin fronteras ni religiones. Le aseguro que mis metidas de papa, perdón, de pata, Santo Padre, acabarían destruyendo a la iglesia católica más rápido que las suyas. Pero en el fondo creo que me hubiese dejado quemar antes que aceptar sustituirlo en su cargo, aunque la papa me encanta y el arte del Vaticano también. No me quedan bien las sotanas ni el poder. Por si las moscas, ya la CEP (Curia Electora de Papas) está hablando del cardenal hondureño Oscar Rodríguez como reemplazo suyo, así que cuidado con ese, que no es tan bueno como yo, y que sólo me supera en que no le importa vestirse de rojo, según la moda que ha venido uniformando a la mitad de mi país. Afortunadamente para usted, cada vez que mete la pata le salen defensores corriendo como bomberos para apagar un fuego que no debió prenderse (nostalgia por las hogueras inquisitoriales, supongo) y gritando: es que el Papa no quiso decir… mientras a mí más de uno me dejará aplastado como tapita de refresco en la calle cuando lea este post. Nada que hacer, reconozco el masoquismo como parte de mi mala costumbre de decir siempre lo que pienso.

Querido Ratzinger, mientras usted salta salpicando de un pantano a otro, la iglesia está en peligro: el poder del elitesco Opus Dei tan favorecido por Wojtyla sigue siendo enorme; usted desprecia las corrientes populares como la Teología de la Liberación, que frenó hace 25 años, pero éstas siguen creciendo junto con distintas sectas interesadas en lucrarse a costa de la ignorancia del pueblo. Hasta hay algunas que comercian con santos y otras con el diablo. Esos y otros hechos le están quitando muchos creyentes al catolicismo. ¿Ve que aunque no me quieran para Papa sí me importa la iglesia, y la defiendo, poniéndolo al corriente del peligro que representan quienes prometen hacer que uno pare de sufrir? Y lo hago porque Su Santidad me ha aclarado algo que no entendía: cuando usted condena a los homosexuales por ser una gente que perversamente se ha hecho a sí misma contra la Voluntad de Dios, enseña algo que yo creía imposible y que me lleva a admirar el poder gay. También ha dicho que el escándalo de los curas pederastas es un pecado del que la iglesia debe arrepentirse. Usted tapó muchos de esos casos por proteger a su organización, lo cual es muy humano viniendo del representante divino, pero reconocer el error es de sabios. Lamentablemente, cuando dice que “la destrucción psicológica de los niños (abusados) es un signo aterrador de los tiempos” vuelve a sacudirse la responsabilidad que ha tenido la iglesia en la construcción de esos mismos tiempos. Es obvio que, aunque la iglesia católica condene el divorcio, hay uno clarísimo entre ella y su forma de entender al mundo actual. Todos estos errores y otros que no menciono se asocian con un vivir fuera de la realidad, como le pasa a los locos, y la verdad es que con todo esto me siento dentro de un mundo gobernado por locos.

También Su infalible Santidad dijo públicamente en su viaje a África que el uso del preservativo "no es la mejor manera para combatir el SIDA, ya que es necesaria una humanización de la sexualidad" porque esa pandemia "no se combate sólo con dinero, ni con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan el problema". La verdad, yo siempre uso condón, prefiero la excomunión a una infección de transmisión sexual. Al menos sé lo que una ITS supondría para mi cuerpo presente, pero no me consta nada acerca del posible infierno futuro. Usted ha sido categórico al afirmar que “el infierno existe y es eterno, y además no está vacío”. Lo cual anula toda posibilidad de un dios de amor y misericordia aunque, si me equivoqué al ser agnóstico y por eso me condeno, su palabra asegura que tendré compañía divertida para siempre. Pero ese punto de vista es comprensible viniendo de alguien que pasó fugazmente en su adolescencia por las Juventudes Hitlerianas. Y hablando de Alemania, en la Universidad de Ratisbona donde usted mi querido Santo Padre fue profesor de teología, a diferencia de mi padre biológico que nunca ha sido santo ni profesor de nada, Su Santidad usó la siguiente cita del emperador bizantino Manuel II: “Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Todos sabemos que la espada cristiana también sirvió de forma sangrienta a la evangelización, incluso desde antes que los dominicos usaran la hoguera, pero su desafortunada cita molestó a la numerosa población mundial musulmana, y usted tuvo que borrar el desliz con una breve oración dirigida hacia La Meca en su posterior visita a Turquía. ¡Bien por esa nueva rectificación del error! Si estoy equivocado en todo esto, yo también miraré hacia Roma y hasta iré a la Ciudad Santa a disculparme, si usted quiere. Aprovecharé el viaje para averiguar por qué se emplea tanto la palabra “santo” cuando se habla de usted, de la iglesia y de todo lo que le concierne, y para invitarle a considerar su retiro a tiempo. 



Volviendo a esos errores humanos, son comprensibles viniendo de alguien con su historia. Pero lo que sí me hiere profundamente y me cuesta perdonar es que en su reciente libro sobre La Infancia de Jesús, Su Santidad quite del pesebre a la mula y al buey, afirmando que esos pobres animales nunca estuvieron presentes en el nacimiento del niño más famoso del mundo. No me basta con que diga allí que la estrella de Belén fue una supernova, yo no tengo una ni soy astrónomo, pero sí tuve que regalarle hace poco a mi madre un nacimiento con mula y buey que me costó unos buenos reales. Para más pecado, incluye un pastor alemán y un elefante entre tanta oveja y camello. A pesar de que soy agnóstico, mi madre es mi madre y aunque sea católica, la amo. Ella me explicó que montar el pesebre es una tradición social que ha trascendido más allá de la religión, desde que Francisco de Asís inventó el primero por el año 1223. También me dijo que ese gran hombre defendió a los animales, viéndolos como los hermanitos menores de una humanidad supuestamente racional. Si la iglesia decidió hacer santo a Francisco, que respete sus aportes y entonces hacemos un trato: como artista que soy y niño que fui, me gusta la tradicional iconografía del belén montado con su mula y su buey. Si los deja tranquilos, puede quitar el ángel, ¿trato hecho? Piense que Lucas y Mateo sólo pudieron oír la historia del pesebre de labios de María, la única que también pudo contar lo que ese mismo ángel le dijo acerca de su Anunciación. ¿Por qué la virgen diría la verdad sobre ésta y mentiría acerca de los animales que estaban en el lugar donde parió sin perder la virginidad? Usted no estuvo ahí, ella sí. Así que no asegure con tanta firmeza que “en el portal no había esos animales”. Me solidarizo con ellos, como otro Francisco. Y si en vez de agnóstico yo fuese ateo e hiciera un nacimiento, claro que los pondría dentro de éste. Sólo a la mula y al buey, claro, a nadie más. Pero siendo agnóstico, puedo colocar a quien quiera, hasta al perro alemán. O a un Niño Jesús negrito. O incluso metería la paloma. ¿Por qué no? Es mi pesebre.

Por otra parte, ¿qué hacemos con la diversidad étnica de los Tres Reyes Magos, con sus turbantes orientales y túnicas bordadas en oro? También pagué por ellos cuando compré el belén para mi madre. Usted en su visita a Barcelona denunció “un secularismo fuerte y agresivo como el de los años 30 e instó a reevangelizar a España. Tal vez por eso, mi querido Benedicto,   usted afirmó también que Melchor, Gaspar y Baltasar procedían de Tarsis, un lugar que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla. Es decir, que los Reyes Magos fueron andaluces. Vestidos como sabios moros, a la moda de la época. Pero ese reconocimiento no basta para reevangelizar a un país ni para consolar a una de las regiones de España más golpeadas por la actual penuria económica y educativa, casi tan mala como la de Venezuela hoy, así que me solidarizo con el andaluz que declaró hace poco en un diario español:En plena crisis, sin paga de Navidad, y ahora nos vacían el Portal”. Por todo lo dicho, mi querido y falible Santo Padre, le invitó a desdecirse como ya lo ha tenido que hacer en otras ocasiones y a dejar tranquilos a la mulita y al pequeño buey. Como sea, sólo asoman el hocico una vez al año, y además son animales estériles, aunque se hayan multiplicado a través de tantos pesebres y siglos, lo cual es un milagro. No me quite mi poquita fe en los milagros, Santo Padre, por favor. No olvide que, según usted, lo que me espera en la eternidad no es bueno. Tenga compasión. Mire que casi es Navidad. Gracias.

Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 26 de octubre de 2012

Laicismo: sociedad utópica

La palabra laicismo viene del griego λαϊκός cuya raíz significa pueblo. Esta postura ideológica defiende el derecho del individuo de poder elegir sus creencias sin condicionamientos externos, exige una educación académica libre de religión y se opone al trato privilegiado que el Estado da a la iglesia, cualquiera que ésta sea. Siendo un movimiento netamente racional, el laicismo se remonta a la Grecia Clásica, aunque el concepto de Estado Laico se afirma en Francia y luego en el resto del mundo a finales del siglo XIX, con la Revolución Francesa. Cabe aclarar que, dentro de la iglesia católica, el término laico o seglar se utiliza para designar al creyente que no tiene órdenes clericales ni viste hábito (del documento eclesial Christifideles Laici, 31: “Dentro de la Iglesia emerge con fuerza la vocación de los laicos, llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo). Paradójicamente, los laicos que se ubican fuera de la iglesia y contra ésta, también buscan mejorar el mundo, aunque su meta no sea santificarlo sino hacerlo más libre y consciente.

En la actualidad y en varios países, muchas organizaciones civiles apoyan el laicismo como propuesta de separación entre el Estado y la Iglesia, buscando establecer las condiciones sociales, jurídicas y políticas ideales para que se desarrolle la libertad de pensamiento y el derecho individual a escoger la opción de vida y de creencia que se prefiera, en tanto no dañe a otras personas; cada vez más gente se opone a toda interferencia religiosa que implique monopolio ideológico, manipulación, engaño o fanatismo. Otros simpatizan con el laicismo porque rechaza cualquier imposición basada en la biblia o en una supuesta revelación divina, al no aceptar argumentos que no puedan demostrarse científicamente. Ante la locura de creer sin pruebas, sea a un líder o a un libro sagrado, me uno al  laicismo cuando dice que la duda y la experimentación ofrecen una alternativa más cuerda que la fe ciega, porque honran al intelecto al permitirse usar la racionalidad, atributo que nos distingue de los demás animales.

Es evidente que tanto la fe como la razón responden a necesidades básicas del ser humano, y por eso éste, ante lo divino, puede mostrarse creyente, científico, ateo, agnóstico, dudoso o indiferente. Ambas, fe y razón, valoran la utilidad de algunos preceptos que fueron impuestos como conceptos lógicos de supervivencia o de convivencia, como honrar a los padres o no matar ni robar. Pero difieren en cuanto a aceptar ciertas pautas creadas en su época para dar poder a sectores concretos dentro de la sociedad, como es el caso de las religiones organizadas, que hasta el día de hoy no pagan impuestos, obtienen concesiones gratis de sedes o terrenos, viven de hacer exitosas inversiones con el diezmo y las donaciones que perciben, recomiendan solidaridad ante desastres naturales sin enviar ni un dólar para ayudar a las víctimas, y cobran por los servicios que prestan a sus adeptos y beneficiados, sea prender una vela en la iglesia por la salud de un vivo, o encargarle misas de difuntos por la salud de su alma.

Lo que obstaculiza la propagación del laicismo y el derrumbe de las religiones es simple: para poder existir, toda sociedad necesita de factores que unan a la gente, y por eso apoya la fe religiosa, experta en formar y mantener congregaciones. Por ese mismo motivo (crear grandes grupos e intereses sobre los cuales sostenerse), la sociedad desarrolla la industria que maneja a las masas a través de la tecnología, la cultura, el placer, el divertimento o la moda, propicia las guerras, exalta el patriotismo o favorece el seguimiento de una figura artística, deportiva o política. ¿Acaso en Venezuela no tenemos ya un culto formal, donde un líder político es adorado por sus seguidores como si fuese el Gran Sacerdote o el Salvador de la Patria?

Así como los líderes de la sociedad y de la religión se defienden y apoyan mutuamente, para seguir prosperando a costa de la misma gente que usan, yo también defiendo mi punto de vista, que es el siguiente: todo aquello que genere superstición, creencia ciega, fanatismo, manipulación, injusticia, discriminación, violencia, o que obstaculice la evolución y el bienestar individual y colectivo, es condenable y merece desaparecer, no importa que venga de una voluntad divina o humana. Entiendo por qué el laicismo se opone a que ciertas creencias sean difundidas en escuelas y universidades, o apoyadas por leyes civiles y presiones sociales: nadie puede negar el conflicto que sufre un niño al que sus padres o educadores enseñan que Dios creó al Mundo y al Hombre en siete días, y que simultáneamente oye sobre investigaciones científicas para descubrir el origen del Universo, o se entera de fósiles y restos de civilizaciones que prueban la evolución humana y animal. También entiendo el problema del creyente que aprendió que hay un Dios bueno y todopoderoso, mientras vive su día a día en un mundo donde el mal abunda, sin que la divinidad haga nada. Mucho sufrimiento viene del hombre mismo y no de la Naturaleza, es verdad, pero ¿acaso el Creador no es responsable por lo que su obra termine siendo o haciendo?  En muchos casos, el silencio de esa divinidad ausente, invisible, indiferente o inexistente, lleva al creyente a dejar de creer; y las religiones que la adoran también son, debido a sus incongruencias humanas, grandes fábricas de ateos o abundan en seguidores y representantes no practicantes de la doctrina que dicen seguir.

Más allá del campo religioso, yo veo al laicismo, y al agnosticismo que practico, como opciones que defienden el derecho de cada persona para escoger, sin presiones externas, lo que se ajusta mejor a su bienestar interno y a su funcionalidad social. La Iglesia tiene su propio espacio y el Estado el suyo, pero ninguno de esos espacios debe ser más importante que el destinado a la libertad de pensamiento y de decisión del individuo, a la hora de elegir el camino que le permita relacionarse o no consigo mismo, con la divinidad, con el más allá o con el otro. Por eso apoyo la emancipación de la sociedad respecto a toda formación religiosa obligatoria, sobre todo cuando la persona es débil, ignorante o demasiado joven, incapaz de escoger y decidir por sí misma. Y también respeto el derecho del creyente o del religioso a serlo, en tanto no imponga sus creencias a los demás.

El comportamiento religioso se da por las mismas razones que un desfile militar o un evento cultural o político: porque alimenta el sentido de identificación y de pertenencia de sus adeptos, lo cual conviene a la sociedad para mantener unidos a sus integrantes. La religión es un instrumento útil a la hora de gestar sociedad, creando una conducta colectiva apoyada sobre una fe común, porque siempre pasa por lo social antes de trascender a lo espiritual. Como dice Castoriadis (1983): “no podemos, pese a los obstinados intentos de la razón moderna, desembarazarnos del mito y de la religión. Estamos inmersos en ellos, porque, en ambos casos, fundan comunidad, siendo las significaciones centrales de toda sociedad”. Pero, si bien la religión sostiene el modelo social que conocemos, también podemos pensar en un modelo distinto y más funcional de sociedad, creado desde la óptica laicista. Un modelo sin las creencias tradicionales basadas en la manipulación del miedo, el egoísmo, la culpa, la ignorancia, la estupidez y la flojera mental, causantes de tanto daño individual y colectivo.

Cada vez se polariza más el mundo, según la gente toma partido por el amor o el no-amor. Cada quien es el protagonista de su vida, y puede elegir dejar una huella positiva a su paso, o malgastar su existencia contribuyendo a que crezca el miedo sobre las generaciones futuras. En cualquiera de los dos casos, encuentro cierta lógica en suponer que la energía vital de cada persona no acaba con su muerte física, ya que ninguna energía se destruye, y que tendrá que acarrear con las consecuencias de su elección actual de vida, sea volviendo a nacer en este planeta (si la reencarnación existe, cosa que no puedo asegurar), o sea en otro nivel de existencia (algo que sí intuyo como posible y hasta necesario, por razones de aprendizaje, de justicia y de evolución). Que cada quien elija en qué creer, en relación a su vida pasada, presente y futura. Lo que sí está fuera de discusión es que nuestro mundo ha llegado a un punto de crisis histórica que afecta a todas las naciones, creencias y sistemas. Y que en medio de tanta oscuridad, debida en parte a la manipulación religiosa, hay algo que está claro: si la humanidad ha de tener un futuro, no será repitiendo el pasado o el presente. Y las creencias tradicionales tienen, como cualquier otro producto hecho por el hombre, fecha de caducidad.
Escrito por: Gustavo Löbig

jueves, 30 de agosto de 2012

¿Dos mil años de farsa?


A pesar de la poderosa realidad  económica y política de una iglesia que no fue fundada por Jesucristo, tan apegado según los evangelios a las tradiciones judías, existen dudas acerca de su existencia como personaje histórico. Eso viene de que su ministerio público se sitúa en un lugar culturalmente atrasado y de segundo orden dentro del  Imperio Romano, donde no quedó registro de su vida ni de su muerte, pero que abundó en  profetas, mesías, rebeldes y crucifixiones. Es un hecho que si Constantino no hubiese escogido la fe del cristianismo primitivo entre varias posibilidades, para unir y controlar mejor a las variadas poblaciones bajo su dominio, otra sería la historia del mundo. Plinio el Menor y Luciano de Samosata citan a la secta de los cristianos, que vivían de acuerdo a las leyes de un tal Jesús y se caracterizaban por creerse inmortales y despreciar los bienes materiales. Reposa en el Museo Británico la carta de cierto Mara-Bar a su hijo, escrita más de 70 años D.C., donde habla de un Jesús Rey de Israel, que siguió viviendo en las enseñanzas de sus seguidores. Y hay muy poco más que sirva de base histórica a la existencia de Jesucristo. La evidencia más sólida se basa en la cantidad de mártires que murieron por su fe, pues es sabido que nadie daría su vida por una mentira. Pero también se sabe que la manipulación de la inocencia y de la ignorancia crea mártires de la fe, sean judíos, cristianos o musulmanes. La tradición y el poder de la iglesia han legitimado la existencia de Jesús Hijo de Dios durante dos mil años. Pero hay quienes apoyan la tesis de que Jesucristo no existió, señalando que su nombre aparece registrado por primera vez casi un siglo después de su supuesto nacimiento, debido a las persecuciones de la secta cristiana. Ni Filón, ni Plutarco, ni Séneca hablan de él o de sus apóstoles, que sólo viven en documentos eclesiásticos. Los únicos autores antiguos profanos que han hablado brevemente de Cristo, bastante después del Año Uno, fueron Josefo y Tácito, muchas de cuyas líneas han sido falsificadas; y Suetonio y Plinio, que entran en pugna sobre el tema. Ninguno de los personajes  que debieron tener tratos con Jesús, como Pilatos, Hanán, Caifás, etc, dejó rastro en su historia de estas relaciones. Los únicos testimonios que tratan abundantemente sobre la vida y obra de Jesucristo son los evangelios, que datan de los siglos III y IV D.C. y no son prueba firme de la existencia de Jesús, por estar plagados de diferencias y omisiones y haber pasado por infinidad de traducciones, censuras, filtros y adaptaciones, lo que descarta el que puedan ser aceptados literalmente. También cabe recordar que varios personajes míticos similares a Jesús lo han precedido históricamente en otras culturas: Vishnú, Krishna, Buda, Mitra, Horus, Baco; y que algunos generaron ritos y creencias adoptados por los primeros judeocristianos, ansiosos de contar con una identidad propia y ganar prosélitos  entre los seguidores de esos otros cultos. Finalmente, todo escrito, como todo arte, es hijo de su época, y el contexto cristiano primitivo dista mucho más de dos mil años de nuestra realidad presente.

Pero el punto no es si Jesucristo vivió y murió, o si su cuerpo resucitado vive en algún lugar del Universo, ya que hoy en día evidentemente no existe fuera del creyente y de la iglesia que lo usa como emblema para validarse a sí misma. El punto es que su legado no extirpó la raíz del mal en la Humanidad, sino que fue utilizado por la adicción al poder para añadirle más sangre a la historia, aunque indiscutiblemente también abrió una senda de amor que ha servido para que los depredadores del prójimo, así como sus víctimas, pudieran ver otras opciones de vida y de conducta fuera del mal y el sufrimiento. Está fuera de discusión la incongruencia entre la rica y poderosa iglesia católica y el meollo del mensaje cristiano, ajeno a todo boato y poder temporal. También es claro que la mayoría de los creyentes son no-practicantes, nacidos de la costumbre, el aprendizaje o la conveniencia pero poco dados a seguir el ejemplo de Jesús. Y es lógico que sea así, pues ¿quién puede imitar a Supermán? Porque de esa manera podría llamarse también al Hijo de Dios, nacido perfecto y sobrehumano en comparación a cualquier hijo de una no virgen. Yendo más allá, cabe preguntarse: ¿fue Jesús, aparte de predicador del amor y el perdón, un hombre de moral amplia, inclinado a frecuentar fariseos y prostitutas por sentirse aburrido del bajo nivel cultural de sus toscos y sencillos apóstoles? ¿Perdería credibilidad de haber sido hermano de Santiago, o hijo carnal de José o de un soldado romano, como sostienen algunos? ¿Seguiría siendo aceptable su discurso, si hubiese tenido sexo o hijos con María Magdalena? ¿O si hubiese sido amante de Juan el discípulo amado? ¿No son éstas algunas posibilidades muy humanas, propias del llamado Hijo del Hombre, ya que las mismas no invalidan su mensaje de amor y de solidaridad, excepto para las mentes inferiores, siempre hipócritas, cerradas o mezquinas? ¿Hay que ser el Hijo único de Dios para resultar creíble? Entonces, ninguno de nosotros puede expresar la verdad. Es un alivio para mí poder verter aquí, ya adulto, estas inquietudes, porque cuando tenía ocho años, durante mi preparación para hacer la Primera Comunión, pregunté al cura si Jesús también tenía pipí y hacía pupú, lo que me valió un fuerte coscorrón, la fama de estar poseído, y todo un mes asustado y durmiendo mal, esperando al diablo y sin derecho a confesión ni comunión. Creo que así nació mi temprano agnosticismo, probándose lo de “no hay mal que por bien no venga”.

En los evangelios cristianos la sexualidad de Jesús grita alto precisamente porque jamás se la menciona, pero algunos hechos referidos en esos textos dan a pensar que pudo ser homosexual, mientras otros muestran que siempre actuó como un líder absolutamente masculino, consciente de su atractivo carisma sobre las multitudes. Alejandro Magno usó estratégicamente su apostura y su homosexualidad haciendo marketing político, lo que le valió conquistar el mundo conocido en su época. El poder material, político y social de la iglesia católica viene de su dominio del marketing religioso, que también la ha llevado a dominar gran parte del mundo durante siglos, y que sólo le ha fallado ocasionalmente en tiempos modernos, como cuando se revela homofóbica, o es contraria al sexo fuera del matrimonio, o prohíbe el uso del condón, sin olvidar los escándalos sexuales entre sus representantes y seguidores, lo que evidencia su debilidad en el manejo del tema sexo-pecado-culpa. Pero hay que aceptar que la iglesia es lo que es. Más que las incongruencias de esa institución típicamente humana, importan las que logramos reconocer internamente cada uno de nosotros, porque en la medida que las hacemos conscientes, podemos superarlas y ganar en autenticidad. Por eso concluyo invitándote a conocerte más, abriendo tu mente y reflexionando sobre estos supuestos: ¿rechazarías a Jesucristo y a su mensaje en caso de haber sido gay, o pareja sexual de María de Magdala o de otra mujer, o porque su madre no fue virgen antes o después de traerlo al mundo? Abundan quienes están tan acostumbrados a un Jesús asexual que asocian esta alternativa con bondad, pureza o santidad, y se esfuerzan por imitarla, aunque en otras instancias de la vida procedan de manera netamente injusta o dañina hacia sí o hacia otros. De tales prejuicios nacen muchas discriminaciones, ataques y neurosis, juicios de valor, culpa, injusticias, máscaras hipócritas e incluso fanatismo. Sincerar este punto aunque suponga irreverencia, es apoyar el propósito cristiano de servir al prójimo y también el de este blog, apto para librepensadores y abierto a todo comentario o aporte constructivo.

Escrito por: Gustavo Löbig

martes, 26 de junio de 2012

¿Pena de muerte o asesinato legal?


La pena capital, o pena de muerte, consiste en que el Estado decide la muerte de un condenado, como castigo por haber cometido un delito definido legalmente como de gravedad máxima. Es la sanción más severa y antigua de la historia. En el Imperio Romano, cuna del Código Legal Moderno, el primer delito castigado con la pena de muerte fue el de traición a la patria. El método de quitar la vida al condenado ha variado con el tiempo y el país, pero hasta hace un par de siglos buscaba infligirle el mayor sufrimiento posible, para que la pena fuese retributiva al daño ocasionado por el delito. En América, la pena capital ha sido aplicada por todos los países en algún momento de su historia. Para 1899 sólo Costa Rica, San Marino y Venezuela habían abolido de forma permanente la pena de muerte para todo tipo de delitos. Con los años se les han sumado otros países, y muchos que sí la contemplan legalmente no la ejercen o la aplican de manera selectiva. Al presente en América Latina y el Caribe, la pena máxima sigue teniendo vigencia legal en Bahamas, Cuba, Guyana, Jamaica, Trinidad y Tobago y algunas Antillas Menores. En los últimos años, una media mundial de dos países al año elimina la pena de muerte de su legislación.  China encabeza la lista de países con más ajusticiados, asumo que por su cantidad de habitantes más que por destacar en rigor  justiciero o en maldad ciudadana.

La autocracia siempre tuvo la potestad de quitar la vida a un súbdito, sobre todo si el regente contaba con el derecho divino otorgado por la iglesia católica. Esta rechazó la pena de muerte desde el siglo I hasta el siglo XI, cuando también comenzó a utilizarla -junto con la tortura- contra los enemigos de su fe. El poder eclesial para privar de la vida a sus condenados fue mermando junto con el oscurantismo, conforme aumentaba la secularización y los creyentes pasaban a una relación más personal con la divinidad y con su voluntad. Sólo al llegar el siglo XVIII la Humanidad comienza a cuestionarse la verdadera utilidad de la pena de muerte para la sociedad. Al presente, continúa el debate entre los que están a favor y los que se oponen a que la pena capital se aplique en algunos o en todos los casos de delito mayor. El Principio de Legalidad establece que la pena capital solamente puede hacerse efectiva si está incluida dentro de la ley para ese caso en particular, si el condenado goza de salud mental, y si no hay otra manera de explicar el delito del que se le acusa. Según el país, sus leyes y creencias, la pena de muerte se usa para castigar crímenes de asesinato, espionaje, traición, desobediencia militar o civil, apostasía, delitos sexuales como el adulterio y la sodomía, corrupción grave o el comercio ilegal de personas, entre otros casos. Generalmente el punto de vista del Gobierno respecto a aplicar o no la máxima pena a un condenado -si el caso está contemplado dentro de la ley-  encuentra poca oposición local por parte de los políticos y de los medios de comunicación, y mucha aceptación popular, movida por el deleite morboso que también la empuja a leer las crónicas de accidentes y desgracias, o a presenciar las peleas de animales, el boxeo, las películas de desastres o las corridas de toros. El mismo pueblo que tiende a pensar desde su ingenua ignorancia que todo condenado a muerte es malo, a pesar de que conoce innumerables casos de personas libres y hasta honradas socialmente, que merecen más el calificativo.

Los que están a favor de aplicar la pena de muerte se apoyan en argumentos que tienen que ver con la razón de justicia; la utilidad social; el ejercicio de legítima defensa por parte de la sociedad; el poder extinguir al delincuente irredimible y castigar su memoria con la infamia; el temor a la fuga o a la reincidencia; la prevención y disuasión del delito; el conocido fracaso de las cárceles para reeducar al delincuente y volver a insertarlo en la sociedad; y un menor costo procedimental para el Estado. Los que  adversan la aplicación de la pena máxima también mencionan varias razones para apoyar su punto de vista: el derecho inalienable a la vida; la discriminación al condenar (los tribunales seleccionan esta pena por razones de poder estatal o económico, por intereses privados o por motivos raciales); la condena a muerte genera una espiral de violencia en lugar de prevenir el delito; el acusado con pocos recursos generalmente no cuenta con una buena defensa en el juicio; la pena de muerte contribuye a un mundo brutal donde tanto los delincuentes como los defensores de la ley tienen potestad para quitar la vida; si la muerte es debida a un juicio previo, el homicidio oficial es más cruel, premeditado y prolongado que el delito que pretende castigar; el condenado que espera ser ejecutado sufre un dolor psíquico superior al daño físico mortal, pues sabe que ya no cuenta como persona; existe la irreparabilidad del error judicial si se condena a un inocente, y si se le libera sufre daños a veces permanentes a consecuencia del trauma; está también el punto de los elevados costos judiciales y procesales asociados con una condena a muerte. Ambas partes esgrimen otros argumentos a favor de su respectiva posición, según el caso en particular, pero éstos son los que emplean con más frecuencia.

Yo nunca he participado en un juicio con posibilidad de pena capital, así que solo puedo elucubrar acerca de qué me haría favorecer la condena a muerte de otra persona. Estoy claro que, en ningún caso, la apoyaría buscando castigar un crimen contra el Estado ni por defender territorialidad, bienes materiales, ideología o creencia religiosa alguna. Tal vez me empujaría al asesinato el instinto de supervivencia. De poder vengar legalmente el daño grave o el asesinato de un ser querido, considero que el autor del hecho penaría más con una estancia prolongada en una cárcel, que por recibir una inyección letal. Definitivamente, aunque jamás he idealizado la existencia humana como un don u oportunidad (y si existe la posibilidad de renacer voluntariamente en este mundo, no me planteo volver a visitarlo), mientras esté aquí de paso defenderé el derecho a la vida de todo ser –humano o no- un derecho que para mí no pierde ni siquiera el asesino de su semejante y del que sólo puede disponer su portador. Adicionalmente, la corrupción y medianía que campean entre los defensores de la justicia (políticos, religiosos, jueces, gobernantes, policías, militares, abogados) me impiden confiarles la tarea de decidir si aplica o no una condena a muerte. Por otra parte, hay crímenes ecológicos que superan en daño social el crimen de uno o más individuos, y otras situaciones como el asesinato en serie que relativiza de alguna manera el aplicar la pena de muerte al homicida de una sola persona, si la base que la legitima es la cantidad y gravedad del daño causado. Según esto, ¿quién puede arrogarse el rol legal de ejecutor o asesino de otro sino un enfermo, sea que lo esté por insania mental, por resentimiento, por aprendizajes fallidos, por historia personal de maltrato y delincuencia, por ideologías religiosas o políticas, por propia conveniencia egoísta, por obediencia ciega y estúpida a la autoridad, por detentar el poder legal de hacerlo o por la razón que sea? Definitivamente, estoy en contra de la pena de muerte, y sería interesante saber qué opinan los lectores y comentaristas del blog sobre este tema.

Escrito por:  Gustavo Lobig

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Donar o no donar?


Cuando mi socio en el blog me propuso tratar el tema de la donación y trasplante de órganos, sentí cierta resistencia a hacerlo, que luego actuó como motivador porque me apasiona bucear en el autoconocimiento, incluyendo aquellas aguas que no me atraen de primeras. El trasplante de órganos simpatiza más a enfermos que a sanos. En parte es así porque los medios de comunicación masiva evitan divulgar -y menos aún promocionar- temas impopulares o poco conocidos, si no hay ganancia de imagen o dinero de por medio. Pero su poca acogida también se debe a que el tema requiere desmontar una serie de resistencias internas, más fuertes en aquellas personas que identifican la esencia de su ser con su cuerpo. Porque ese narcisismo inconsciente, junto con el miedo a la muerte (miedo a dejar de ser) y con el infaltable egoísmo humano, forman la tríada que obstaculiza la donación de órganos, junto con otras variables: supersticiones y tabúes religiosos; información desconocida, insuficiente o errónea sobre el tema; donante potencial o familiares con inestabilidad emocional o escasa capacidad intelectual; desconfianza en los servicios médicos; trabas legales; comercialización indebida. Si bien el trasplante abarca desde órganos claves para la vida (corazón, páncreas, riñón, hígado, pulmón) hasta tejidos no vitales (hueso, córnea, cartílago, piel, ligamento), muchos opinan que la integridad corporal debe preservarse más allá de la vida, para desmentir a la muerte como fin absoluto, creencia heredada de antiguas civilizaciones. Algunos, en cambio, consideran que seguirán viviendo en el beneficiado con el trasplante, o por haber dejado una huella altruista en la memoria humana.

El miedo instintivo a la castración, desmembramiento o mutilación, muchas veces anula la intención de ayudar a otro cediéndole una parte física que de nada servirá a su dueño original después de muerto. La negativa a donar órganos también puede venir del temor a perpetuarse: se teme prolongar la vida personal a través de la del receptor, para no confundir su destino con el propio, o entremezclar vivencias, memorias y sensaciones a través de la parte donada. Increíblemente, este miedo también se da en algunos receptores. Estar reacio a donar una parte útil del cuerpo inútil casi siempre se debe a una mezcla de resentimiento e individualismo: se rechaza dar vida a otro cuando uno ha perdido la suya y por tanto, no importa la necesidad ajena (generalmente la persona egoísta llega hasta su final con la misma visión y actitud mezquina hacia los demás que mantuvo mientras vivió). Así como se pretende ser el dueño absoluto de la propia vida, se procura extender ese dominio ilusorio controlando la totalidad del cuerpo y el destino de otros bienes materiales después de la muerte.

La mayoría humana, si bien reconoce y acepta racionalmente la muerte en los demás, la aparta inconscientemente del propio horizonte. Además, muy pocos aceptan que su individualismo en realidad no los hace distintos ni los separa de la gran masa humana. Y cuando alguien tiene creencias religiosas que producen temor al más allá, pues con razón se aferra al más acá, evitando pensar en su inevitable final. El aprendizaje infantil de ver a la muerte como una pérdida dolorosa, origina el rechazo adulto a ceder sus órganos o los del ser querido: donarlos aumenta la sensación de pérdida y el miedo a morir, o supone abandonar toda esperanza respecto al familiar que está en sus últimas. Algunos razonamientos típicos son: Si estoy muriendo en un centro médico, seguro me aceleran la partida si se enteran que soy donante y necesitan mis órganos; siendo la donación voluntaria, gratuita y anónima ¿qué provecho procuro a los míos, donando una parte de mí a un desconocido?; tengo bastante con mi dolor para preocuparme por el dolor ajeno; quiero que esta agonía insufrible termine ya, sin prolongarla más para favorecer a un extraño; no quiero correr el riesgo de retardar el sepelio con lo de la donación; es un irrespeto eso de mutilar al ser querido; si soy gitano o si creo que transferir sangre va contra la voluntad de Jehová, ni me lo pienso, no dono y ya. Comparando con las situaciones en las que, pudiendo darse, no hay donación de órganos por parte de la persona o de sus deudos, cuantitativamente suman mucho menos los casos en los que el moribundo o sus familiares autorizan la cesión de órganos por cuestión de fe, por imagen social, por simple indiferencia o por auténtica bondad y empatía hacia ese otro que sufre y a quien generalmente no se conoce. Los casos de donantes vivos y sanos son todavía menos frecuentes, y casi siempre buscan ayudar a un familiar o persona muy cercana. Estadísticamente, la pionera España con su legislación a favor de la donación de órganos desde principios de los 80, supera con mucho los casos de trasplante de órganos donados registrados en Paraguay o Venezuela, por citar algunos países de habla hispana.


Una racionalización objetiva sería la siguiente: Si necesitaras un trasplante ¿te negarías a recibirlo? Entonces, ¿por qué no donar? O esta otra: ¿de qué me sirve tener ese órgano vivo un poco de tiempo más, después de mi muerte cerebral? E incluso ésta: ¿Cuál es la urgencia del trasplante o qué consecuencias tendría para otros el fallecimiento del paciente que espera por mi decisión? Invito a considerarlas, y también a pasearse por varios escenarios:

1- Tal vez si todas las personas fuesen inscritas como donantes al nacer, pudiendo hacer luego un trámite público sencillo para desistir de serlo, la decisión de donar los propios órganos o los de un ser querido sería más fácil y frecuente.

2- La falta de cultura social o de legislación respecto a la donación de órganos sigue haciendo un tabú del tema, encarece los costos de los trasplantes y fundamenta el comercio delincuente de órganos, incluyendo el tráfico de seres humanos asesinados para venderlos por partes, lo que sí supone un irrespeto a la vida.

3- Tampoco hay que ver al trasplante como la panacea para prolongar la existencia humana o darle más calidad, en tanto la ciencia procura otras alternativas para disponer de órganos compatibles, como la clonación o los cultivos de células madres y ADN. Sólo un bajísimo porcentaje de cadáveres resultan aptos para la donación de sus órganos: están de por medio el tiempo desde el deceso, la causa de la muerte y el estado del órgano antes del trasplante, la incompatibilidad genética, el rechazo inmunológico o post-operatorio, las complicaciones surgidas durante el proceso quirúrgico o después de éste, y otras variables contrarias. Sin embargo, la cantidad de fallecidos siempre multiplica la de pacientes en espera de un trasplante.

4- La realidad es que todos y cada uno de nosotros puede verse algún día ante la encrucijada de ser invitado a donar sus órganos o de necesitar uno ajeno, y es conveniente pensar ahora sobre el tema, para no estar tan a oscuras llegado el momento.

No quisiera terminar este artículo aconsejando donar o no donar, pues cada persona ha de poder reflexionar y decidir libremente sobre el asunto. Lo que sí veo procedente es invitarte a considerarlo a tiempo -y el tiempo es ahora- respondiendo para ti estas preguntas: ¿Estás dispuesto(a) a donar tus órganos? ¿En qué caso lo harías sin dudar? ¿Has hablado sobre el tema con tu familia? ¿Si tuvieses más información, te lo pensarías? La realidad es que todos y cada uno podemos vernos algún día ante la posibilidad de donar un órgano o de necesitar uno ajeno, y es conveniente haber reflexionado sobre el asunto para no estar a oscuras o tener que actuar bajo la presión del miedo y la proximidad de la muerte. Yo estoy claro en cuanto a lo que haré llegado el caso, y sé que es lo correcto porque lo he decidido de manera preventiva, objetiva y sincera, y siento paz interior. Tal vez te sirva este indicador personal, en ésta y cualquier otra toma de decisión que debas hacer y que afecte tu vida y la de otros.
Escrito por: Gustavo Löbig