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viernes, 14 de diciembre de 2012

La MULA, el PAPA y el BUEY


Ay Santo Padre, Santo Padre, ¡cuántas metidas de pata llevamos hasta ahora! Las mías, como las suyas, vienen por hablar de más, pero al menos tengo la excusa de no ser infalible ni tampoco un teólogo eminente, como usted. Tampoco he presidido, como en su caso, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, conocida en sus tiempos más ardientes como el Santo Oficio de la Inquisición, ni sus cardenales me tomarán en cuenta como candidato para encabezar después de usted a la exitosa transnacional conocida como Santa Iglesia Católica, que tiene a un 38% de la población mundial convertido en creyentes bautizados (aunque no todos sean practicantes) y más de 6.000 obispos que viven a todo lujo. El motivo que me dan para descartarme como su sucesor es que soy agnóstico y no cura. Sólo por ese pequeño detalle no soy papabile. Esto no es justo. Por ser honesto, sincero y objetivo con mis creencias, se me está privando de la oportunidad de contribuir a un mundo ideal como el que describió Lennon en su canción Imagine, sin fronteras ni religiones. Le aseguro que mis metidas de papa, perdón, de pata, Santo Padre, acabarían destruyendo a la iglesia católica más rápido que las suyas. Pero en el fondo creo que me hubiese dejado quemar antes que aceptar sustituirlo en su cargo, aunque la papa me encanta y el arte del Vaticano también. No me quedan bien las sotanas ni el poder. Por si las moscas, ya la CEP (Curia Electora de Papas) está hablando del cardenal hondureño Oscar Rodríguez como reemplazo suyo, así que cuidado con ese, que no es tan bueno como yo, y que sólo me supera en que no le importa vestirse de rojo, según la moda que ha venido uniformando a la mitad de mi país. Afortunadamente para usted, cada vez que mete la pata le salen defensores corriendo como bomberos para apagar un fuego que no debió prenderse (nostalgia por las hogueras inquisitoriales, supongo) y gritando: es que el Papa no quiso decir… mientras a mí más de uno me dejará aplastado como tapita de refresco en la calle cuando lea este post. Nada que hacer, reconozco el masoquismo como parte de mi mala costumbre de decir siempre lo que pienso.

Querido Ratzinger, mientras usted salta salpicando de un pantano a otro, la iglesia está en peligro: el poder del elitesco Opus Dei tan favorecido por Wojtyla sigue siendo enorme; usted desprecia las corrientes populares como la Teología de la Liberación, que frenó hace 25 años, pero éstas siguen creciendo junto con distintas sectas interesadas en lucrarse a costa de la ignorancia del pueblo. Hasta hay algunas que comercian con santos y otras con el diablo. Esos y otros hechos le están quitando muchos creyentes al catolicismo. ¿Ve que aunque no me quieran para Papa sí me importa la iglesia, y la defiendo, poniéndolo al corriente del peligro que representan quienes prometen hacer que uno pare de sufrir? Y lo hago porque Su Santidad me ha aclarado algo que no entendía: cuando usted condena a los homosexuales por ser una gente que perversamente se ha hecho a sí misma contra la Voluntad de Dios, enseña algo que yo creía imposible y que me lleva a admirar el poder gay. También ha dicho que el escándalo de los curas pederastas es un pecado del que la iglesia debe arrepentirse. Usted tapó muchos de esos casos por proteger a su organización, lo cual es muy humano viniendo del representante divino, pero reconocer el error es de sabios. Lamentablemente, cuando dice que “la destrucción psicológica de los niños (abusados) es un signo aterrador de los tiempos” vuelve a sacudirse la responsabilidad que ha tenido la iglesia en la construcción de esos mismos tiempos. Es obvio que, aunque la iglesia católica condene el divorcio, hay uno clarísimo entre ella y su forma de entender al mundo actual. Todos estos errores y otros que no menciono se asocian con un vivir fuera de la realidad, como le pasa a los locos, y la verdad es que con todo esto me siento dentro de un mundo gobernado por locos.

También Su infalible Santidad dijo públicamente en su viaje a África que el uso del preservativo "no es la mejor manera para combatir el SIDA, ya que es necesaria una humanización de la sexualidad" porque esa pandemia "no se combate sólo con dinero, ni con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan el problema". La verdad, yo siempre uso condón, prefiero la excomunión a una infección de transmisión sexual. Al menos sé lo que una ITS supondría para mi cuerpo presente, pero no me consta nada acerca del posible infierno futuro. Usted ha sido categórico al afirmar que “el infierno existe y es eterno, y además no está vacío”. Lo cual anula toda posibilidad de un dios de amor y misericordia aunque, si me equivoqué al ser agnóstico y por eso me condeno, su palabra asegura que tendré compañía divertida para siempre. Pero ese punto de vista es comprensible viniendo de alguien que pasó fugazmente en su adolescencia por las Juventudes Hitlerianas. Y hablando de Alemania, en la Universidad de Ratisbona donde usted mi querido Santo Padre fue profesor de teología, a diferencia de mi padre biológico que nunca ha sido santo ni profesor de nada, Su Santidad usó la siguiente cita del emperador bizantino Manuel II: “Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Todos sabemos que la espada cristiana también sirvió de forma sangrienta a la evangelización, incluso desde antes que los dominicos usaran la hoguera, pero su desafortunada cita molestó a la numerosa población mundial musulmana, y usted tuvo que borrar el desliz con una breve oración dirigida hacia La Meca en su posterior visita a Turquía. ¡Bien por esa nueva rectificación del error! Si estoy equivocado en todo esto, yo también miraré hacia Roma y hasta iré a la Ciudad Santa a disculparme, si usted quiere. Aprovecharé el viaje para averiguar por qué se emplea tanto la palabra “santo” cuando se habla de usted, de la iglesia y de todo lo que le concierne, y para invitarle a considerar su retiro a tiempo. 



Volviendo a esos errores humanos, son comprensibles viniendo de alguien con su historia. Pero lo que sí me hiere profundamente y me cuesta perdonar es que en su reciente libro sobre La Infancia de Jesús, Su Santidad quite del pesebre a la mula y al buey, afirmando que esos pobres animales nunca estuvieron presentes en el nacimiento del niño más famoso del mundo. No me basta con que diga allí que la estrella de Belén fue una supernova, yo no tengo una ni soy astrónomo, pero sí tuve que regalarle hace poco a mi madre un nacimiento con mula y buey que me costó unos buenos reales. Para más pecado, incluye un pastor alemán y un elefante entre tanta oveja y camello. A pesar de que soy agnóstico, mi madre es mi madre y aunque sea católica, la amo. Ella me explicó que montar el pesebre es una tradición social que ha trascendido más allá de la religión, desde que Francisco de Asís inventó el primero por el año 1223. También me dijo que ese gran hombre defendió a los animales, viéndolos como los hermanitos menores de una humanidad supuestamente racional. Si la iglesia decidió hacer santo a Francisco, que respete sus aportes y entonces hacemos un trato: como artista que soy y niño que fui, me gusta la tradicional iconografía del belén montado con su mula y su buey. Si los deja tranquilos, puede quitar el ángel, ¿trato hecho? Piense que Lucas y Mateo sólo pudieron oír la historia del pesebre de labios de María, la única que también pudo contar lo que ese mismo ángel le dijo acerca de su Anunciación. ¿Por qué la virgen diría la verdad sobre ésta y mentiría acerca de los animales que estaban en el lugar donde parió sin perder la virginidad? Usted no estuvo ahí, ella sí. Así que no asegure con tanta firmeza que “en el portal no había esos animales”. Me solidarizo con ellos, como otro Francisco. Y si en vez de agnóstico yo fuese ateo e hiciera un nacimiento, claro que los pondría dentro de éste. Sólo a la mula y al buey, claro, a nadie más. Pero siendo agnóstico, puedo colocar a quien quiera, hasta al perro alemán. O a un Niño Jesús negrito. O incluso metería la paloma. ¿Por qué no? Es mi pesebre.

Por otra parte, ¿qué hacemos con la diversidad étnica de los Tres Reyes Magos, con sus turbantes orientales y túnicas bordadas en oro? También pagué por ellos cuando compré el belén para mi madre. Usted en su visita a Barcelona denunció “un secularismo fuerte y agresivo como el de los años 30 e instó a reevangelizar a España. Tal vez por eso, mi querido Benedicto,   usted afirmó también que Melchor, Gaspar y Baltasar procedían de Tarsis, un lugar que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla. Es decir, que los Reyes Magos fueron andaluces. Vestidos como sabios moros, a la moda de la época. Pero ese reconocimiento no basta para reevangelizar a un país ni para consolar a una de las regiones de España más golpeadas por la actual penuria económica y educativa, casi tan mala como la de Venezuela hoy, así que me solidarizo con el andaluz que declaró hace poco en un diario español:En plena crisis, sin paga de Navidad, y ahora nos vacían el Portal”. Por todo lo dicho, mi querido y falible Santo Padre, le invitó a desdecirse como ya lo ha tenido que hacer en otras ocasiones y a dejar tranquilos a la mulita y al pequeño buey. Como sea, sólo asoman el hocico una vez al año, y además son animales estériles, aunque se hayan multiplicado a través de tantos pesebres y siglos, lo cual es un milagro. No me quite mi poquita fe en los milagros, Santo Padre, por favor. No olvide que, según usted, lo que me espera en la eternidad no es bueno. Tenga compasión. Mire que casi es Navidad. Gracias.

Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 26 de octubre de 2012

Laicismo: sociedad utópica

La palabra laicismo viene del griego λαϊκός cuya raíz significa pueblo. Esta postura ideológica defiende el derecho del individuo de poder elegir sus creencias sin condicionamientos externos, exige una educación académica libre de religión y se opone al trato privilegiado que el Estado da a la iglesia, cualquiera que ésta sea. Siendo un movimiento netamente racional, el laicismo se remonta a la Grecia Clásica, aunque el concepto de Estado Laico se afirma en Francia y luego en el resto del mundo a finales del siglo XIX, con la Revolución Francesa. Cabe aclarar que, dentro de la iglesia católica, el término laico o seglar se utiliza para designar al creyente que no tiene órdenes clericales ni viste hábito (del documento eclesial Christifideles Laici, 31: “Dentro de la Iglesia emerge con fuerza la vocación de los laicos, llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo). Paradójicamente, los laicos que se ubican fuera de la iglesia y contra ésta, también buscan mejorar el mundo, aunque su meta no sea santificarlo sino hacerlo más libre y consciente.

En la actualidad y en varios países, muchas organizaciones civiles apoyan el laicismo como propuesta de separación entre el Estado y la Iglesia, buscando establecer las condiciones sociales, jurídicas y políticas ideales para que se desarrolle la libertad de pensamiento y el derecho individual a escoger la opción de vida y de creencia que se prefiera, en tanto no dañe a otras personas; cada vez más gente se opone a toda interferencia religiosa que implique monopolio ideológico, manipulación, engaño o fanatismo. Otros simpatizan con el laicismo porque rechaza cualquier imposición basada en la biblia o en una supuesta revelación divina, al no aceptar argumentos que no puedan demostrarse científicamente. Ante la locura de creer sin pruebas, sea a un líder o a un libro sagrado, me uno al  laicismo cuando dice que la duda y la experimentación ofrecen una alternativa más cuerda que la fe ciega, porque honran al intelecto al permitirse usar la racionalidad, atributo que nos distingue de los demás animales.

Es evidente que tanto la fe como la razón responden a necesidades básicas del ser humano, y por eso éste, ante lo divino, puede mostrarse creyente, científico, ateo, agnóstico, dudoso o indiferente. Ambas, fe y razón, valoran la utilidad de algunos preceptos que fueron impuestos como conceptos lógicos de supervivencia o de convivencia, como honrar a los padres o no matar ni robar. Pero difieren en cuanto a aceptar ciertas pautas creadas en su época para dar poder a sectores concretos dentro de la sociedad, como es el caso de las religiones organizadas, que hasta el día de hoy no pagan impuestos, obtienen concesiones gratis de sedes o terrenos, viven de hacer exitosas inversiones con el diezmo y las donaciones que perciben, recomiendan solidaridad ante desastres naturales sin enviar ni un dólar para ayudar a las víctimas, y cobran por los servicios que prestan a sus adeptos y beneficiados, sea prender una vela en la iglesia por la salud de un vivo, o encargarle misas de difuntos por la salud de su alma.

Lo que obstaculiza la propagación del laicismo y el derrumbe de las religiones es simple: para poder existir, toda sociedad necesita de factores que unan a la gente, y por eso apoya la fe religiosa, experta en formar y mantener congregaciones. Por ese mismo motivo (crear grandes grupos e intereses sobre los cuales sostenerse), la sociedad desarrolla la industria que maneja a las masas a través de la tecnología, la cultura, el placer, el divertimento o la moda, propicia las guerras, exalta el patriotismo o favorece el seguimiento de una figura artística, deportiva o política. ¿Acaso en Venezuela no tenemos ya un culto formal, donde un líder político es adorado por sus seguidores como si fuese el Gran Sacerdote o el Salvador de la Patria?

Así como los líderes de la sociedad y de la religión se defienden y apoyan mutuamente, para seguir prosperando a costa de la misma gente que usan, yo también defiendo mi punto de vista, que es el siguiente: todo aquello que genere superstición, creencia ciega, fanatismo, manipulación, injusticia, discriminación, violencia, o que obstaculice la evolución y el bienestar individual y colectivo, es condenable y merece desaparecer, no importa que venga de una voluntad divina o humana. Entiendo por qué el laicismo se opone a que ciertas creencias sean difundidas en escuelas y universidades, o apoyadas por leyes civiles y presiones sociales: nadie puede negar el conflicto que sufre un niño al que sus padres o educadores enseñan que Dios creó al Mundo y al Hombre en siete días, y que simultáneamente oye sobre investigaciones científicas para descubrir el origen del Universo, o se entera de fósiles y restos de civilizaciones que prueban la evolución humana y animal. También entiendo el problema del creyente que aprendió que hay un Dios bueno y todopoderoso, mientras vive su día a día en un mundo donde el mal abunda, sin que la divinidad haga nada. Mucho sufrimiento viene del hombre mismo y no de la Naturaleza, es verdad, pero ¿acaso el Creador no es responsable por lo que su obra termine siendo o haciendo?  En muchos casos, el silencio de esa divinidad ausente, invisible, indiferente o inexistente, lleva al creyente a dejar de creer; y las religiones que la adoran también son, debido a sus incongruencias humanas, grandes fábricas de ateos o abundan en seguidores y representantes no practicantes de la doctrina que dicen seguir.

Más allá del campo religioso, yo veo al laicismo, y al agnosticismo que practico, como opciones que defienden el derecho de cada persona para escoger, sin presiones externas, lo que se ajusta mejor a su bienestar interno y a su funcionalidad social. La Iglesia tiene su propio espacio y el Estado el suyo, pero ninguno de esos espacios debe ser más importante que el destinado a la libertad de pensamiento y de decisión del individuo, a la hora de elegir el camino que le permita relacionarse o no consigo mismo, con la divinidad, con el más allá o con el otro. Por eso apoyo la emancipación de la sociedad respecto a toda formación religiosa obligatoria, sobre todo cuando la persona es débil, ignorante o demasiado joven, incapaz de escoger y decidir por sí misma. Y también respeto el derecho del creyente o del religioso a serlo, en tanto no imponga sus creencias a los demás.

El comportamiento religioso se da por las mismas razones que un desfile militar o un evento cultural o político: porque alimenta el sentido de identificación y de pertenencia de sus adeptos, lo cual conviene a la sociedad para mantener unidos a sus integrantes. La religión es un instrumento útil a la hora de gestar sociedad, creando una conducta colectiva apoyada sobre una fe común, porque siempre pasa por lo social antes de trascender a lo espiritual. Como dice Castoriadis (1983): “no podemos, pese a los obstinados intentos de la razón moderna, desembarazarnos del mito y de la religión. Estamos inmersos en ellos, porque, en ambos casos, fundan comunidad, siendo las significaciones centrales de toda sociedad”. Pero, si bien la religión sostiene el modelo social que conocemos, también podemos pensar en un modelo distinto y más funcional de sociedad, creado desde la óptica laicista. Un modelo sin las creencias tradicionales basadas en la manipulación del miedo, el egoísmo, la culpa, la ignorancia, la estupidez y la flojera mental, causantes de tanto daño individual y colectivo.

Cada vez se polariza más el mundo, según la gente toma partido por el amor o el no-amor. Cada quien es el protagonista de su vida, y puede elegir dejar una huella positiva a su paso, o malgastar su existencia contribuyendo a que crezca el miedo sobre las generaciones futuras. En cualquiera de los dos casos, encuentro cierta lógica en suponer que la energía vital de cada persona no acaba con su muerte física, ya que ninguna energía se destruye, y que tendrá que acarrear con las consecuencias de su elección actual de vida, sea volviendo a nacer en este planeta (si la reencarnación existe, cosa que no puedo asegurar), o sea en otro nivel de existencia (algo que sí intuyo como posible y hasta necesario, por razones de aprendizaje, de justicia y de evolución). Que cada quien elija en qué creer, en relación a su vida pasada, presente y futura. Lo que sí está fuera de discusión es que nuestro mundo ha llegado a un punto de crisis histórica que afecta a todas las naciones, creencias y sistemas. Y que en medio de tanta oscuridad, debida en parte a la manipulación religiosa, hay algo que está claro: si la humanidad ha de tener un futuro, no será repitiendo el pasado o el presente. Y las creencias tradicionales tienen, como cualquier otro producto hecho por el hombre, fecha de caducidad.
Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 5 de octubre de 2012

De dioses y otros seres alienígenas


¿Estamos solos en el universo? Ésta es la pregunta que muchos de nosotros nos hemos hecho alguna vez. En nuestro interior se siente una extraña sensación de miedo, disfrazada de morbosa fascinación, al imaginar que pueda existir vida inteligente fuera de nuestra esfera terrestre. ¿Cómo serían esos seres?, ¿qué aspecto tendrían?; y sobre todo, ¿cómo sería su reacción al descubrirnos a nosotros? Ante estas interrogantes se abre una gama de posibilidades donde la ciencia y la religión han fijado posición, mientras que los puntos discordantes de estos extremos caen frecuentemente en el campo de la superstición. ¿Qué pasaría con la figura de dios si se descubre vida inteligente en otros planetas?, ¿sería “nuestro” dios el mismo creador de esas criaturas interestelares? En todo caso, vale la pena repasar brevemente lo que mantienen ambas posiciones sobre este tema tantas veces debatido por filósofos, teístas y no creyentes.
 
La comunidad científica mantiene una postura reservada sobre el tema, ya que aún no se cuenta con evidencia conclusiva sobre vida en otros planetas. Hasta ahora lo único que se tiene es una pequeña muestra de la superficie de Marte con lo que parecen ser microorganismos fosilizados. Algunos astrónomos e investigadores sostienen que la vida extraterrestre es factible debido a que nuestra galaxia es apenas una entre billones en el universo; y si todo proviene de un mismo evento (el Big Bang), entonces existe la probabilidad de que otras formas de vida a años luz de la nuestra se hayan podido desarrollar bajo distintas condiciones cósmicas. El proyecto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), que en un inicio fue patrocinado por la NASA, tiene como misión el rastreo de los cielos con el fin de encontrar vida extraterrestre inteligente; hasta ahora sin resultados positivos. 
 
Por otra parte, las religiones más importantes muestran serias contradicciones respecto al tema. Por ejemplo, la musulmana contempla en uno de los pasajes del Corán: “Y entre sus señales está la creación de los cielos y la Tierra y las criaturas vivas que Él ha esparcido a través de ellos”; con esto se “defiende” ante una eventual aparición de vida inteligente extraterrestre, pero no dice cómo deberían actuar sus seguidores si la Tierra fuese objeto de colonización o ataques por parte de esos entes creados por el mismo dios, ¿con qué intención Alá esparciría la vida en el cosmos para luego ver como se destruyen entre ellos? Igual pasaría con los judíos, ¿aceptarían a un mesías con una morfología de reptil aunque porte Kipá? Los hindúes y budistas parecieran tener una posición algo más flexible debido a sus particulares preceptos sobre dios y el cosmos; sin embargo, sería interesante conocer su nivel de apertura si recibiéramos la visita de un alien con aspecto similar al de una iguana caminando en dos patas, descendiendo de una nave interestelar y proclamando ser el representante de dios en el universo. Los cristianos la tienen algo difícil, ya que ellos sostienen que Jesús fue el único hijo de dios, hecho a su imagen y semejanza, lo cual le confiere a la humanidad una condición de predilección frente a cualquier otro ser viviente y con inteligencia en el universo; ante esa aseveración considero que el cristianismo quedaría muy mal parado si descubriéramos seres con inteligencia superior a la nuestra, ¿qué sentido tendría que dios escogiera a la raza humana como favorita desdeñando a otras más avanzadas en todos los sentidos? Por su parte, los católicos argumentan que en los documentos del Concilio Vaticano II (Lumen Gentium), la iglesia abrió una muy pequeña posibilidad: que cuando se habla de la salvación en Jesucristo, no se remite únicamente a la vida en la Tierra, sino a la posibilidad de vida en cualquier parte del universo, lo cual indica que la iglesia “nunca ha descartado que sea posible la vida (humanoide) en el resto del universo”; en otras palabras, según el catolicismo no existe contradicción puesto que dios creó el universo entero. Ésta es la posición oficial de la iglesia, pero obviamente también se cae por sí sola si aparecieran seres no humanoides con inteligencia superior (por cierto que aquí se aprecia una cierta arrogancia al intentar colocar al hombre como el centro del universo y hecho a semejanza de un único creador). Para los católicos también cabría el siguiente planteamiento: sabiendo que ese dios envió a su mesías hace 2000 años a la Tierra y suponiendo que existiese vida inteligente en algún lugar del espacio sideral, ¿habría hecho lo mismo en otros planetas?, es decir, ¿enviaría al mismo u otros mesías a esos recónditos lugares del universo?, ¿dónde quedaría nuestra exclusividad como raza humana privilegiada en la Tierra?, ¿quiere decir entonces que la figura de dios es necesariamente humanoide?
 
Más allá de estos hipotéticos escenarios sobre acontecimientos que quizá nunca sucedan se encuentran los eventos que ciertamente encajan dentro de la índole especulativa y supersticiosa. Así pues, están los cientos de avistamientos de objetos voladores no identificados surcando los cielos terrestres; inclusive se especula que ya hemos sido visitados por criaturas con tecnología de avanzada para la época capaz de mover grandes rocas por el desierto egipcio para construir las pirámides; o pinturas rupestres con lo que parecen ser extrañas naves sobre el cielo paleolítico; o las famosas líneas de Nazca en Perú que sólo pueden ser apreciadas desde el aire como si con ellas se quisiera transmitir algún tipo de mensaje a visitantes de otros mundos; el sonado caso Roswell que se presume cuenta con evidencias de restos de un OVNI con todo y tripulantes. Algunos hasta aseguran haber sido víctimas de abducciones a naves espaciales donde se les han realizado experimentos e implantado chips; imposible dejar de nombrar a los reptilianos (reptiles humanoides) que supuestamente se originaron como la evolución de una raza inteligente en nuestro planeta simultáneamente con la humanidad pero de origen extraterrestre y que actualmente conviven con nosotros. Obviamente, ninguna de estas especulaciones ha podido ser demostrada científicamente, por lo que no constituyen evidencias probatorias de vida extraterrestre.
 
Lo que sí se puede concluir es que la posible aparición de seres inteligentes no humanos provenientes del inmenso espectro astral sería algo realmente aniquilador para las religiones. Absolutamente todas tendrían que reacomodar, como lo han hecho en el pasado, sus pasajes bíblicos forzando los mismos para darles nuevas interpretaciones que contemplen tales eventos: “en verdad dios quiso decir que (…)”. Una vez más la Biblia y demás libros sagrados quedarían relegados al lugar que les corresponde dentro del mundo de la fantasía creada por el hombre de la antigüedad. Pero imaginemos por un momento que realmente existe un único creador del universo, un dios superpoderoso que esparció la semilla de la vida en varios planetas; supongamos además que al igual que lo hizo en la Tierra transmitió su “palabra” a esos seres extraterrestres de la misma manera. A su vez, conociendo que la evolución de las especies depende de las condiciones del medio ambiente, entonces en algún planeta del vasto universo, quizá a millones de años luz, se repetiría la historia de un tal ‘Adán’ alienígena de piel escamosa color verde brillante, con tres grandes ojos y largos tentáculos como brazos; en un ‘Edén’ con dos imponentes lunas y lagos de mercurio líquido que proyectan su reflejo en frondosos árboles con hojas semejantes a paneles solares; donde habita una ‘serpiente’ con seis patas ponzoñosas que habla un extraño dialecto extraterrestre y tienta con una resplandeciente ‘manzana’ que como kriptonita seduce a una tal ‘Eva’ alienígena -quien salió de la costilla del verde Adán- que luce una larga cabellera de gruesas hebras metalizadas y sensuales pestañas en su tercer ojo del mismo material ferroso; ésta sucumbe ante la tentación de la fruta fosforescente propinando un placentero mordisco con sus filosos colmillos de plutonio esparciendo con su atrevimiento el ‘pecado original’ en todo aquel entorno cósmico.
 
Finalmente, si para el catolicismo somos “imagen y semejanza de dios”, lo cual le concede un aspecto humanoide a ese creador, ¿será entonces que existen muchos dioses con distintos aspectos comandando los destinos en otras galaxias?, ¿será que sólo hay un dios pero muy distinto al que nos han pintado las religiones?, ¿será que no existe ningún dios y que toda forma de vida en el universo es producto de un azaroso accidente químico-cósmico? Al fin y al cabo tanto dios como alienígenas inteligentes seguirán siendo un gran misterio hasta que existan pruebas contundentes de su existencia, y esa incuestionable verdad sólo aumenta mi evidente agnosticismo.
 
Escrito por: Rafael Baralt

viernes, 27 de abril de 2012

¿Y Quién creó al Creador?

Como seres humanos conscientes nos hemos preguntado alguna vez quién, qué o cómo se creó toda esta maravilla que nos rodea: el universo, nuestro planeta, la naturaleza, el cuerpo humano, etc. Pero más allá de sentir esta fascinación tenemos un deber como seres inteligentes, capaces de cuestionarnos a nosotros mismos, y es confrontar esas creencias que desde niños nos han inculcado sobre un posible creador. Nuestros patrones de conducta y nuestro carácter han sido moldeados por todas las enseñanzas que recibimos desde nuestro nacimiento, y son el producto de las creencias transmitidas de generación en generación. Pero nuestra verdadera esencia, aquella que subyace en nuestro interior, a veces se revela y pide explicaciones. Acatar a ese llamado es el deber al que hago referencia para así honrar nuestro intelecto. Es en ese momento, cuando llegan a nuestra mente las grandes incógnitas sobre nuestro origen, que debemos preguntarnos: ¿Soy capaz de dar una explicación propia y razonada sin el condicionamiento de la religión con la que crecí?

Pues bien, ¿Quién creó al creador? Esta es una pregunta que dependiendo de la perspectiva como se enfoque admite dos respuestas diferentes, la primera es conocida y la segunda es incognoscible. Desde el punto de vista deísta es fácil conseguir una solución que concentre en una sola palabra la explicación para los hechos desconocidos. Cuando se plantean interrogantes como: ¿quién fue el creador del cielo y de la tierra? ¿a quién se le atribuye el origen del hombre? o ¿quién creó la inteligencia humana? la respuesta llega de súbito y sin el mayor análisis racional: Dios. Esa forma de inteligencia suprema es la explicación básica para la mayoría de los seres humanos y su escudo para darle un sentido divino al origen de la vida. A su vez, los agnósticos mantenemos que su existencia no se puede conocer, mientras que los ateos la niegan. 

Desde los inicios de la humanidad se le han atribuido poderes sobrenaturales a: El Sol, la Luna, el Fuego, pasando luego a los seres mitológicos de las civilizaciones politeístas (mesopotámica, persa, egipcia, grecorromana, hindú, china, entre las más conocidas) hasta llegar a las creencias monoteístas con voceros de la Palabra Divina, como Mahoma (Profeta de Alá para los musulmanes) y Jesús (autoproclamado Hijo de Dios y del Hombre), los cuales fueron precedidos por Aton o el Dios-Sol en el Antiguo Egipto, deidad monoteísta que abrió el camino a las religiones musulmana y cristiana. Absolutamente todas esas deidades han sido inventadas por el mismo hombre para darle una explicación a los misterios de los cuales no tenía respuesta, así como para satisfacer su necesidad de creer en algo superior apoyándose en ello con la fe, y así consolarse con la idea de que seguiría existiendo después de la muerte física (ver el artículo "La Existencia de Dios" de este blog).

Lamentablemente las diversas religiones del mundo han utilizado esa necesidad humana para alienar e ideologizar haciendo uso de esa supuesta “Verdad” que cada una de ellas dice poseer, lo cual a mi juicio es una evidente manipulación al condicionar la fe de las personas sugiriendo que la “Palabra de Dios” y su “Voluntad” están intrínsecas en cada uno de sus dogmas, y quienes no compartan su ‘Verdad’ vivirán en la oscuridad o serán condenados por falta de espiritualidad ¿Acaso es necesario profesar alguna religión para el desarrollo espiritual? Todas estas intolerantes posiciones y juicios de valor provenientes de los creyentes más fanáticos sólo pueden desencadenar odio y miedo, lo cual conlleva a enfrentamientos entre humanos solamente por pensar diferente. Lo cierto es que, independientemente a la religión o credo que se practique, ese creador (o dios) ha sido creado filosóficamente por el hombre, ya que sólo está en su imaginación y manera de pensar. Por su parte, las religiones no son más que congregaciones de individuos con iguales creencias sobre un creador creado por ellos mismos puesto que ninguno tiene evidencia racional ni científica del mismo.

Ahora bien, suponiendo que ese dios realmente existiera y sea el creador del mundo tal cual lo conocemos, cabe la pregunta: ¿y quién creó a ese creador? o en otras palabras ¿quién o qué le dio origen a esa luz creadora? No se debería tomar tan a la ligera que un ser dotado con esas facultades tan extremas, capaz de intervenir en el destino de las personas y con una inteligencia inimaginable pueda haberse formado de la nada o por generación espontánea, de ser así podrían existir otros seres similares a esa entidad superior ya que las condiciones en el universo estuvieron dadas para más de una formación de esa especie. Sin embargo, los creyentes sostienen que es el único creador, el principio y el fin, que antes de él nada existía, el alfa y el omega, el infinito, etc. Pero esa posición es demasiado inocente y simplista dadas las dimensiones del poder que se le confiere. 

Entonces, no es descabellado pensar que el dios creador pudo originarse de otro creador, y éste a su vez de otro, y así sucesivamente hasta divagar en el infinito de la ascendencia. De hecho este es un basamento ateísta y que Christopher Hitchens hizo popular en sus famosos debates. Tiene lógica pensar que el “Dios Todopoderoso creador del cielo y de la tierra” pudo ser concebido por una inteligencia inmensamente superior a la de él o por otra similar, pero esa es una ligereza que los creyentes no se atreven a considerar ya que echaría por tierra toda la teoría creacionista y ocasionaría una gran incongruencia con los preceptos bíblicos del catolicismo. 

Es importante recordar que nadie, absolutamente nadie, es poseedor de “La Verdad” sobre la creación humana o sobre la existencia de un creador, o de un creador de éste. Lo que sí es cierto es que todos somos libres de formarnos una idea propia, la cual sería más auténtica si no se limita sólo a creencias inculcadas. 


Finalmente les comparto mi última reflexión sobre este tema, concluyendo que mientras más nos adentramos en los rincones de lo desconocido más nos acercamos a descubrir que el misterio esta lleno de infinitas posibilidades. 

Aparta tus creencias, busca información de distintas fuentes, analiza todas las posibilidades y haz una profunda reflexión. Si haciéndolo decides seguir creyendo, o no, en la existencia de un dios, pues bien! Al menos habrás realizado tu parte como ser pensante, consciente, dotado de inteligencia y con libertad para inquirir. Pero si concluyes con toda honestidad que su existencia no se puede conocer habrás demostrado que nuestra capacidad de entendimiento humano no es suficiente para resolver el misterio de la creación más allá de las evidencias físicas y los hechos inexplicables, lo cual enaltece el mayor de los valores: la humildad.

Escrito por: Rafael Baralt

jueves, 15 de diciembre de 2011

Agnósticamente Navideño

Aprovechando la plenitud del mes de Diciembre y abstrayéndome un poco de forma intencional de la temática que tratamos en el blog, me alenté (sólo por esta vez, y con el permiso de nuestros lectores ragunianos) a darle un giro algo más íntimo y escribir sobre el significado que tiene la Navidad para alguien como yo, toda vez que es bien conocida mi posición anticlerical. Y es que este año me siento particularmente navideño, o mejor dicho, agnósticamente navideño! ¿Suena contradictorio? puede ser, pero es que si lo vemos objetivamente la Navidad, como fiesta en sí, ha dejado de ser exclusiva de los cristianos y católicos convirtiéndose hoy en día en una celebración naturalmente adoptada por personas de otras religiones y formas de pensamiento quienes se han dado el permiso de disfrutarla y compartirla. Claro está que siempre habrá quien me pregunte: “¿Por que celebras la Navidad si eres ateo?” Yo, luego de dibujar una sonrisa en mi cara y de evadir la aclaratoria de que no soy ateo sino agnóstico, les digo: “porque me gusta”. Y es cierto, he descubierto que me gusta, pero no por las razones que deberían tener todos los creyentes de celebrar la llegada al mundo de Jesús de Nazaret y todo lo que ello representa para la fe cristiana, sino más bien porque me dejo seducir por esa euforia colectiva de festejos, regalos, comidas, adornos, canciones y agradable frío de temporada; además de la inevitable retrospectiva de esos momentos especiales que le dieron a esta época navideña un particular significado.

Estos días traen consigo muchos recuerdos de mi niñez: como el ingenio que tenían mis padres para dejarnos a mi y mis hermanas los regalos debajo de la cama y hacernos creer que había sido el mismísimo Niño Jesús quien dejó esos presentes para nosotros. Me acuerdo como si fuese ayer de la alegría que sentía las mañanas de los 25 de diciembre al despertar y ver todos esos juguetes, pero antes de disfrutarlos había que darle gracias al “Niño Dios” por su bondad al habernos premiado por nuestro buen comportamiento durante el año. Toda esa ilusión duró como hasta los 7 u 8 años cuando descubrí, no recuerdo como, que ese famoso “Niño” no era tal y que eran mis padres quienes con todo su amor dejaban los regalos bajo mi cama cada nochebuena, pero como no quería dejar de recibirlos dejé pasar al menos un par de años más sin decir nunca nada sobre mi secreta revelación. No obstante la experiencia de descubrir esa “mentirilla blanca”, aunque hecha con la mejor intención, fue algo dolorosa para mí, así como lo podrá ser para cualquier otro niño, y buena parte de esa ilusión de la Navidad murió en ese momento. Hoy en día puedo decir que esa fue mi primera gran decepción con el mundo religioso.

Ya en mi pubertad fui descubriendo que las navidades eran sinónimo de fiestas, patinatas y parrandas, las mejores que he tenido. Estas se complementaban con visitas inesperadas, reencuentros y reuniones familiares. Nunca podré olvidar la imagen de mi abuela junto a mi mamá y mis tías preparando esas deliciosas hallacas, así como el aroma que permanecía por días en toda la casa. Mi papá, siempre fiel a las tradiciones venezolanas, gustaba de colocar canciones navideñas de un disco de acetato que contenía preciosos aguinaldos y villancicos mientras poníamos el pesebre. Por cierto que mi padre decía con cierta vehemencia que el árbol de Navidad era una tradición extranjera y que nosotros por ser venezolanos teníamos que poner el nacimiento, pero como a mis hermanas y a mí siempre nos gustó el arbolito nos permitió colocarlo una que otra vez (Yo creo que en el fondo a él también le gustaba el arbolito pero nunca lo quiso reconocer). Por su parte, mi madre no siempre fue muy apegada a las celebraciones navideñas ya que eso representaba mucho trabajo en la cocina y arreglando la casa para recibir las visitas, aparte de los gastos extras por los obligados regalos y el odiosísimo juego del amigo secreto. Aún así, mi mamá siempre disfrutó de ver a la familia reunida y compartiendo, y lo sigue haciendo con el mismo amor que tanto la caracteriza.

Luego, una vez que empecé a ser independiente y comencé a viajar por el mundo, pude ver que la Navidad, aparte de representar un frenesí universal, también llegó a convertirse en todo un suceso mercantilista. Las personas se volcaban a las calles a comprar ropa nueva, regalos y cuanto adorno existía en las vidrieras de las tiendas para decorar sus hogares. Aprovechaban para dar obsequios a sus seres queridos, así como regalarle algún detallito a esa gente que hacía tiempo que no veían o simplemente para quedar bien por convencionalismo social. No en vano Diciembre se ha consolidado como el mes de mayor venta y consumo en todas las regiones del planeta. Aún estando consciente de ello, disfrutaba de recorrer las principales plazas y centros comerciales de esas ciudades que mostraban su mejor cara luciendo sendos árboles de pino con full luces de colores, las tiendas regiamente decoradas con motivos rojos y verdes, los fuegos artificiales mimetizándose con el cielo estrellado y dejándome envolver por ese ambiente mágico de buena energía junto a gente desconocida que nunca más volvería a ver.

Hoy en día, ya alcanzados mis cuarenta, lo sigo disfrutando pero no con esa inocencia ni con la misma intensidad de antes, la cual se ha visto disminuida junto con la pérdida año tras año de estas tradiciones. Aún así, le dedico un buen tiempo a montar el arbolito mientras oigo mis canciones navideñas favoritas y evoco esos momentos de felicidad pasada. También trato de atender todas las invitaciones sociales que me hagan ¿Qué sentido tendría resistirme y privarme de compartir buenos momentos con mis seres queridos? Si bien esto podría hacerse en cualquier otra fecha del año, es en Navidad cuando la gente esta más presta a hacerlo. Pero es precisamente en esos momentos de reflexión cuando me pregunto si toda la gente que celebra estas fiestas lo hace motivada por la genuina convicción de que se cumple un año más del nacimiento de Jesús o simplemente es una excusa perfecta para reconciliarse socialmente con la familia y amigos. Quizá sea ambas, o ninguna, pero en mi caso particular lo hago en honor a ese niño que una vez fui y que aún llevo conmigo, que creyó en la Navidad, y que ahora en un cuerpo adulto todavía mantiene en su memoria los más hermosos recuerdos de infancia y juventud junto a las personas que ya no están, y con las que sigue teniendo la dicha de compartir su vida.

Escrito por: Rafael Baralt