lunes, 23 de julio de 2012

Astrología: Pseudociencia al alcance de Incautos

“Conseguirás el empleo por el que has estado esperando. Prepárate para hacer un viaje lejano a tierras míticas. Te reencontrarás con un viejo amor que reavivará la llama que una vez estuvo encendida. Haz terapia para que sanes heridas del pasado. Ten cuidado al caminar, evita esguinces y fracturas. Activa tu riqueza, báñate con esencias de mandarina y miel.”

¿Quienes no han leído alguna vez, así sea por curiosidad, lo que dice el horóscopo de la semana? Confieso que a veces lo hago, sobre todo el de la semana anterior para reírme un poco de las ocurrencias de algunos astrólogos. El texto inicial fue extraído de una conocida revista dominical en la sección de horóscopo respecto a mi signo ¿y saben que?, absolutamente nada se dio, como era de suponerse. Lo que me cuesta entender es que haya gente, en realidad miles en el mundo, que se dejan seducir por estas predicciones y planifican su vida en base a ello.

Pero, ¿cómo comenzó esta euforia colectiva que ha hecho de la astrología un gran negocio en la actualidad? Todo se remonta a Babilonia, hace unos 4000 años, cuando el hombre estudiaba a través de la observación la evolución de los astros en el tiempo, a la vez que identificaba la concurrencia de ciertos eventos en la tierra. Así fue como nació la astrología que se define como: “Estudio de la posición y del movimiento de los astros, a través de cuya interpretación y observación se pretende conocer y predecir el destino de los hombres y pronosticar los sucesos terrestres”, según la RAE. Estos antiguos observadores del universo dividieron en doce partes iguales la banda celeste formada por las trayectorias del Sol, la Luna, y los planetas; y que avanza un sector por cada mes del año. A cada una de estas divisiones, mejor conocidas como constelaciones, le dieron un nombre formando así el zodíaco con los signos que conocemos hoy en día. Por cierto que los nombres que le dieron a esos signos, en su mayoría de animales, tenían relación con la forma que resultaba de la trayectoria de esos astros vistos desde la tierra. Me pregunto si hoy en día, sabiendo que no sólo existen doce constelaciones y que las posiciones que adoptaron esos astros hace miles de años son diferentes, aunado a que se han descubierto nuevos planetas; podríamos entonces ver formas más actuales en la trayectoria planetaria y modernizar los signos para que tengan símbolos más interesantes como de: Pokemon, Fuwa (mascota de los Juegos Olímpicos 2008), oveja Dolly, Nemo, tortuga ninja o inclusive de perro salchicha. En fin, hasta ese momento no pasaba de ser un hecho interesante las formaciones que se producían, lo cual dio pie a que avanzara la astronomía como la ciencia que es hoy en día. La problemática surgió cuando el hombre encontró supuestas relaciones entre esas posiciones astrales, el momento del nacimiento de las personas, y su personalidad; dando origen al bien conocido horóscopo, ya sea el chino, occidental o cualquier otro. Éste pretende predecir el futuro basándose en la posición relativa de los astros y de los signos del zodiaco en un momento dado. Este giro especulativo hizo que la astronomía se desligara de la astrología considerando a la segunda una pseudociencia por no cumplir con los pasos del método científico.

Ahora bien, ¿Cómo puede uno o varios astros situados a miles de años luz afectar o influenciar en la personalidad o carácter de una persona al momento de su nacimiento? Más allá de las mareas y los cambios climáticos a consecuencia del sol y la luna en el planeta tierra, ¿qué tiene ello que ver con el momento del parto y el futuro del bebé? En todo caso, la energía en forma de ondas que ejercen los planetas como Urano o Júpiter son despreciables comparados con las ondas electromagnéticas producidas por los equipos celulares en una sala de parto. Más ilógico aún es pretender que de esa alineación de los planetas al momento del alumbramiento se tiene ya un destino trazado en este plano terrenal, es decir, los astros indican como será el futuro de cualquier persona. En mi horóscopo moderno, ¿cómo sería mi personalidad, y que me depararía el futuro si mi signo fuera ‘perro salchicha’ con ascendente ‘oveja Dolly’? Quizá esa carta astral mostraría que mi vida será larga (como el perro) y que seré famoso (así como Dolly). Este tipo de asociaciones son iguales en el horóscopo actual: “Si eres Leo seguro serás un gran líder”.

A ver, supongamos que se encuentre una forma de medir el grado de energía o la fuerza que incide en el planeta tierra proveniente de otros planetas alineados, aún así, ¿cómo se explica entonces que existan gemelos idénticos nacidos en el mismo momento y criados de la misma forma pero que llevan una vida y personalidad muy distinta el uno del otro? Si este hecho irrefutable lo extrapolamos a la población mundial ¿cómo es que personas nacidas a la misma hora, día y lugar no tengan la misma personalidad o un futuro similar? De ser así, todas las personas que nacieron en EEUU el mismo día y hora que Madonna o Bill Gates deberían ser igual de exitosos y afortunados que ellos (por poner un ejemplo). Otro aspecto absurdo que sostienen los astrólogos es que esa influencia astral actúa sólo en el momento del parto pero, ¿que del momento en que fue concebido el ser? Le encuentro más sentido a que una tarde calurosa en la playa, influenciada por el sol radiante y unos tragos, haya motivado una relación sexual intensa, allí sí le concedo al astro rey todo su poder; o la luna que con su encanto ayude en la tarea de seducir al amante deviniendo en una fogosa noche de placer. Sin embargo, esa influencia, que es más psicológica que física, queda descartada de plano por los defensores de la astrología.

Obviamente no podía faltar la posición condenatoria de la iglesia católica ante la astrología y sus derivados. De hecho, el Vaticano se pronunció a través de su magisterio indicando: “Todas las formas de adivinación deben rechazarse: (…) la consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios (…), están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios”. Dicho en otras palabras, si eres católico y practicas la astrología, es decir, actúas según los designios del horóscopo de acuerdo a tu signo o carta astral estarías cometiendo un grave “pecado”, el peor de todos, que es la traición a dios (nada más y nada menos). Quisiera saber cuantos católicos saben esto y se jactan de decir: “soy católico, apostólico y romano” y además “soy signo Géminis”. He aquí otra demostración de la hipocresía de algunos creyentes, quienes creen escudarse con aquello de que “soy católico no practicante”. Por favor, o son católicos con todos sus preceptos dogmáticos incluidos o no lo son, les guste o no. Aquí es blanco o negro, aunque recurran a los grises para defenderse.



Desde tiempos inmemoriales el hombre ha sido supersticioso, y junto a su deseo de conocer su destino y porvenir (supuestamente fijado por los astros al nacer) se ha creado una fórmula infalible para que la mayoría de los astrólogos, horoscoperos y hasta licenciados en ciencias ocultas hagan el negocio del siglo. Hay que reconocer que estos individuos han logrado calar muy hábilmente en una población ávida de oír que recibirá un premio, que conocerá al amor de su vida o que su fortuna está por llegar. Hoy en día se les ve por televisión, tienen programas de radio o escriben en revistas y diarios. Pero si la consulta es personalizada pueden llegar a cobrar altas sumas de dinero para emitir una carta astral (hecha por una computadora) donde se muestra el futuro “con pelos y señales”. Pero lo más absurdo de toda esta situación es que, aunque existen infinidad de pruebas que dejan a estos adivinadores muy mal parados (por cierto, ¿que será de la vida del famoso astrólogo que vaticinó la muerte de Hugo Chávez en el 2011?), aún son miles los seguidores del horóscopo. La estupidez humana puede llegar a extremos de dejar de tratar a otras personas o escoger pareja según su signo, que si no son compatibles, o que si los astros no estaban bien aspectados al momento de conocer a alguien. Quien sabe cuantas buenas relaciones humanas no se habrán concretado, y cuantos amores se habrán visto interrumpidos o frustrados por semejante ridiculez.

Finalmente, si eres de los que leen el horóscopo sólo por diversión pues que viva el humor, eso no le hace daño a nadie; pero si eres de los que planifican su vida en base a lo que dice el horóscopo del día, lo que dice el astrólogo por TV, la carta astral o que simplemente te sientes identificado con las características de tu signo particular; estarías formado parte del grupo de incautos que alimentan ese gran emporio mercantilista. Por cierto, aún nadie ha logrado ganar el premio del millón de dólares que ofrece James Randi a cualquiera que demuestre fehacientemente con evidencias cualquier poder o suceso paranormal, supernatural u oculto bajo ciertos criterios de observación, incluyendo el tipo de eventos como los que se ocupa la astrología. No obstante, muchos astrólogos han logrado amasar una buena fortuna aprovechándose de la credulidad de muchas personas que se dejan llevar por la superstición ¿Eres uno de ellos?.


Escrito por: Rafael Baralt

martes, 26 de junio de 2012

¿Pena de muerte o asesinato legal?


La pena capital, o pena de muerte, consiste en que el Estado decide la muerte de un condenado, como castigo por haber cometido un delito definido legalmente como de gravedad máxima. Es la sanción más severa y antigua de la historia. En el Imperio Romano, cuna del Código Legal Moderno, el primer delito castigado con la pena de muerte fue el de traición a la patria. El método de quitar la vida al condenado ha variado con el tiempo y el país, pero hasta hace un par de siglos buscaba infligirle el mayor sufrimiento posible, para que la pena fuese retributiva al daño ocasionado por el delito. En América, la pena capital ha sido aplicada por todos los países en algún momento de su historia. Para 1899 sólo Costa Rica, San Marino y Venezuela habían abolido de forma permanente la pena de muerte para todo tipo de delitos. Con los años se les han sumado otros países, y muchos que sí la contemplan legalmente no la ejercen o la aplican de manera selectiva. Al presente en América Latina y el Caribe, la pena máxima sigue teniendo vigencia legal en Bahamas, Cuba, Guyana, Jamaica, Trinidad y Tobago y algunas Antillas Menores. En los últimos años, una media mundial de dos países al año elimina la pena de muerte de su legislación.  China encabeza la lista de países con más ajusticiados, asumo que por su cantidad de habitantes más que por destacar en rigor  justiciero o en maldad ciudadana.

La autocracia siempre tuvo la potestad de quitar la vida a un súbdito, sobre todo si el regente contaba con el derecho divino otorgado por la iglesia católica. Esta rechazó la pena de muerte desde el siglo I hasta el siglo XI, cuando también comenzó a utilizarla -junto con la tortura- contra los enemigos de su fe. El poder eclesial para privar de la vida a sus condenados fue mermando junto con el oscurantismo, conforme aumentaba la secularización y los creyentes pasaban a una relación más personal con la divinidad y con su voluntad. Sólo al llegar el siglo XVIII la Humanidad comienza a cuestionarse la verdadera utilidad de la pena de muerte para la sociedad. Al presente, continúa el debate entre los que están a favor y los que se oponen a que la pena capital se aplique en algunos o en todos los casos de delito mayor. El Principio de Legalidad establece que la pena capital solamente puede hacerse efectiva si está incluida dentro de la ley para ese caso en particular, si el condenado goza de salud mental, y si no hay otra manera de explicar el delito del que se le acusa. Según el país, sus leyes y creencias, la pena de muerte se usa para castigar crímenes de asesinato, espionaje, traición, desobediencia militar o civil, apostasía, delitos sexuales como el adulterio y la sodomía, corrupción grave o el comercio ilegal de personas, entre otros casos. Generalmente el punto de vista del Gobierno respecto a aplicar o no la máxima pena a un condenado -si el caso está contemplado dentro de la ley-  encuentra poca oposición local por parte de los políticos y de los medios de comunicación, y mucha aceptación popular, movida por el deleite morboso que también la empuja a leer las crónicas de accidentes y desgracias, o a presenciar las peleas de animales, el boxeo, las películas de desastres o las corridas de toros. El mismo pueblo que tiende a pensar desde su ingenua ignorancia que todo condenado a muerte es malo, a pesar de que conoce innumerables casos de personas libres y hasta honradas socialmente, que merecen más el calificativo.

Los que están a favor de aplicar la pena de muerte se apoyan en argumentos que tienen que ver con la razón de justicia; la utilidad social; el ejercicio de legítima defensa por parte de la sociedad; el poder extinguir al delincuente irredimible y castigar su memoria con la infamia; el temor a la fuga o a la reincidencia; la prevención y disuasión del delito; el conocido fracaso de las cárceles para reeducar al delincuente y volver a insertarlo en la sociedad; y un menor costo procedimental para el Estado. Los que  adversan la aplicación de la pena máxima también mencionan varias razones para apoyar su punto de vista: el derecho inalienable a la vida; la discriminación al condenar (los tribunales seleccionan esta pena por razones de poder estatal o económico, por intereses privados o por motivos raciales); la condena a muerte genera una espiral de violencia en lugar de prevenir el delito; el acusado con pocos recursos generalmente no cuenta con una buena defensa en el juicio; la pena de muerte contribuye a un mundo brutal donde tanto los delincuentes como los defensores de la ley tienen potestad para quitar la vida; si la muerte es debida a un juicio previo, el homicidio oficial es más cruel, premeditado y prolongado que el delito que pretende castigar; el condenado que espera ser ejecutado sufre un dolor psíquico superior al daño físico mortal, pues sabe que ya no cuenta como persona; existe la irreparabilidad del error judicial si se condena a un inocente, y si se le libera sufre daños a veces permanentes a consecuencia del trauma; está también el punto de los elevados costos judiciales y procesales asociados con una condena a muerte. Ambas partes esgrimen otros argumentos a favor de su respectiva posición, según el caso en particular, pero éstos son los que emplean con más frecuencia.

Yo nunca he participado en un juicio con posibilidad de pena capital, así que solo puedo elucubrar acerca de qué me haría favorecer la condena a muerte de otra persona. Estoy claro que, en ningún caso, la apoyaría buscando castigar un crimen contra el Estado ni por defender territorialidad, bienes materiales, ideología o creencia religiosa alguna. Tal vez me empujaría al asesinato el instinto de supervivencia. De poder vengar legalmente el daño grave o el asesinato de un ser querido, considero que el autor del hecho penaría más con una estancia prolongada en una cárcel, que por recibir una inyección letal. Definitivamente, aunque jamás he idealizado la existencia humana como un don u oportunidad (y si existe la posibilidad de renacer voluntariamente en este mundo, no me planteo volver a visitarlo), mientras esté aquí de paso defenderé el derecho a la vida de todo ser –humano o no- un derecho que para mí no pierde ni siquiera el asesino de su semejante y del que sólo puede disponer su portador. Adicionalmente, la corrupción y medianía que campean entre los defensores de la justicia (políticos, religiosos, jueces, gobernantes, policías, militares, abogados) me impiden confiarles la tarea de decidir si aplica o no una condena a muerte. Por otra parte, hay crímenes ecológicos que superan en daño social el crimen de uno o más individuos, y otras situaciones como el asesinato en serie que relativiza de alguna manera el aplicar la pena de muerte al homicida de una sola persona, si la base que la legitima es la cantidad y gravedad del daño causado. Según esto, ¿quién puede arrogarse el rol legal de ejecutor o asesino de otro sino un enfermo, sea que lo esté por insania mental, por resentimiento, por aprendizajes fallidos, por historia personal de maltrato y delincuencia, por ideologías religiosas o políticas, por propia conveniencia egoísta, por obediencia ciega y estúpida a la autoridad, por detentar el poder legal de hacerlo o por la razón que sea? Definitivamente, estoy en contra de la pena de muerte, y sería interesante saber qué opinan los lectores y comentaristas del blog sobre este tema.

Escrito por:  Gustavo Lobig

miércoles, 30 de mayo de 2012

La paradoja de la Clonación Humana

Hace poco leí en una revista que todos tenemos un clon en alguna parte del mundo. Obviamente ese “clon” no es tal, sino otra persona muy parecida físicamente a cada uno de nosotros, tanto así que parecemos dos gotas de agua. La razón es netamente probabilística dada la población mundial. Para quienes no tenemos hermanos gemelos idénticos eso sería una gran novedad, el que vayas caminando un día por la calle y de súbito te encuentres con alguien con características físicas sorprendentemente similares a las tuyas. A mí nunca me ha sucedido, y estoy seguro que a muchos de Uds. tampoco; por lo que pongo en el cesto de los mitos esa idea. Aún así, me he preguntado ¿cómo sería mi reacción si me lo encontrara repentinamente de frente? Hay una extraña fascinación en ello que algún día descubriré, aunque pienso que tiene mucho que ver con algo de vanidad.


Hablar de clonación abarca distintos ámbitos, pero antes es importante recordar su definición. “Clonación: hacer clones; Clon: conjunto de células u organismos genéticamente idénticos, originado por reproducción asexual a partir de una única célula u organismo o por división artificial de estados embrionarios iniciales” (RAE).  Es así como la clonación es aplicable a prácticamente todos los seres vivos o no, tanto del reino vegetal como animal. Dentro de este último se han realizado experimentos con cierto éxito al manipular genéticamente embriones para reproducir animales en peligro de extinción, lo mismo se piensa hacer con animales ya extintos. Algunos experimentos de clonación se han paseado por la replicación de tejidos humanos a partir de células madre, hasta finalmente llegar a la posibilidad de clonar a un ser humano completo. Y no se trata de ciencia ficción, ya se han realizado investigaciones al respecto, y aunque se ha avanzado mucho no se ha perfeccionado esta técnica aún, ni siquiera en animales. Pero es el mismo hombre, en nombre de la ética, quien ha decidido no seguir adelante con este desarrollo.

El detalle con la intervención de la ética y la moral en este asunto es que no siempre está libre de prejuicios dogmáticos, y como ya se sabe que la religión y la ciencia van por caminos opuestos es obvio que los líderes religiosos quieran meter sus narices en ello. Para algunos la clonación significa retar a la naturaleza, otros aseveran que el hombre estaría “jugando a ser dios”, por lo tanto se considera una aberración ponerse a nivel del “creador”, ya que sólo éste es capaz de dar y quitar vida. Pero, si dios concibió al ser humano con la inteligencia necesaria para generar vida y crear duplicados de él mismo ¿por qué habría de limitarle su capacidad creadora si esta forma parte de la creación de ese mismo dios?

Evidentemente, la argumentación anterior carece de toda base científica, inclusive ética, ya que es indudable que el hombre está dotado para crear vida por distintos medios, con o sin el consentimiento de dios. Pero no todos los argumentos en contra de la clonación humana se basan en esas irracionales posiciones, sino que tocan aspectos más filosóficos y realistas, tales como: ¿qué ganaría la humanidad creando clones de otros seres humanos?, ¿estaría en peligro la reproducción tradicional por el advenimiento de estas técnicas de perfeccionamiento humano?, y desde un punto de vista hedonista ¿qué tipo de necesidad personal satisfaría teniendo un clon de mí mismo? Supongamos que el hombre lograra desarrollar un clon humano, ¿qué pasaría con la sustancia espiritual e inmortal de ese clon?, ¿tendría alma y pensamientos propios? Particularmente pienso que un clon tendría vida propia y desarrollaría sus propias creencias, ya que tendría que convivir en el mundo desde su niñez, al menos que se le mantenga fuera del alcance de la sociedad y del contacto con otras personas. Por otra parte, dudo que la clonación humana conlleve a tener una mente única comandando dos cuerpos, eso sería realmente absurdo. Pero si se creara un cuerpo idénticamente a otro a través de la clonación éste también debería tener alma propia. La otra posibilidad es que no tenga alma alguna y se convierta en un ser totalmente inanimado pero con todas sus funciones corporales en perfecto estado. Esto último queda descartado, ya que la clonación en animales demostró que es posible generar vida animada ¿Es tan soberbio el ser humano al considerar que la existencia del alma le es exclusiva? Si el alma es la esencia que permite la vida, ¿por qué se le atribuye sólo a los seres vivos con inteligencia superior? La verdad me cuesta creer que mi adorada perrita no tenga alma.

El avance de la ciencia va de la mano con la evolución del hombre, si detuviéramos ese avance ¿estaríamos coartando nuestra misma evolución? Tampoco se puede obviar que ese desarrollo evolutivo puede devenir en la misma autodestrucción si no se canaliza correctamente, de ello hay infinidad de evidencias con que demostrarlo. Entonces, ¿será que la autodestrucción forma parte de la evolución humana? En la medida que evolucionamos vamos descubriendo nuestra infinita capacidad de creación, así como de destrucción. Imaginemos un mundo futuro donde a ciertos humanos al nacer se le creen clones “mejorados” de ellos mismos que crezcan a la par pero confinados a un laboratorio, y que estos sean los donantes en vida de los órganos que eventualmente necesitaran estos humanos. Suena atroz y retorcido ¿cierto?, pero creo que es posible llegar a tal demostración de perverso egocentrismo. Sin ir muy lejos, actualmente existen los bancos de células madre, las cuales son tomadas de la placenta de la mujer al momento de nacer un niño con el fin de que puedan ser utilizadas en caso de alguna enfermedad o mal formación ¿podrá ser este el comienzo de una casta de superhumanos? Y si estas técnicas de clonación humana cayeran en manos de neonazis ¿dudarían ellos en algún momento reproducir a su gran líder? Aquí quedaría la duda si ese ser clonado tendría el mismo índice de maldad. También habrán quienes vean con cierto atractivo y beneplácito poder generar un clon de Marilyn Monroe, María Callas, Albert Einstein, Juan Pablo II, Walt Disney, etc.… ¿Es reproducible el talento o la inteligencia con la clonación? O más cuestionable aún, los padres que hayan perdido a un hijo, de tener a disposición estas técnicas ¿la utilizarían para obtener una copia idéntica de su ser querido fallecido injustamente? Como dijo alguien en una oportunidad “nada de lo humano me es ajeno”, así que todas estas posibilidades son reales y sólo son concebibles dentro de la verdad de lo correcto y ético de cada quien.


Entonces, ¿dejamos que el hombre siga utilizando la ciencia para experimentar con su  capacidad creadora?, ¿quiénes somos para limitar nuestra propia capacidad de crear? De poner límites ¿quiénes se los pondrían?, ¿sacrificaríamos la posibilidad de encontrar la cura a tantas enfermedades por imponer esos límites “morales”?, ¿será el hombre capaz de comercializar su propio ADN para replicarse a sí mismo por simple vanidad?, ¿estaríamos fomentando la discriminación al desarrollar “copias” de seres humanos perfeccionados? ¿Y si en un futuro no muy lejano estos clones, dotados con inteligencia y funciones potenciadas, lograran sublevar al resto de los hombres poniendo en riesgo nuestra propia existencia?, ¿hasta donde llegará el ingenio humano?.

Pienso que pasará mucho tiempo hasta que lleguemos a un consenso sobre todos estos aspectos que hacen de la clonación humana un tema tan controversial. Pero mientras el hombre se debate entre esas interrogantes yo espero encontrarme algún día con mi clon natural y así satisfacer mi curiosidad, quizá mi doble esté en otro continente, hable otro idioma y no sea tan fácil que podamos entablar una conversación. Probablemente descubra en él similitudes más allá de las físicas, así como las puedo tener con personas con las que no tengo ningún parecido físico. También me da curiosidad conocer como hubiese reaccionado la oveja que dio origen a Dolly al encontrarse de frente con su clon, sabiendo que ésta era toda una celebridad,  ¿Le habría dicho “Hello, Dolly!” en su lenguaje ovino? Pero de algo estoy seguro, antes de morir dejaré instrucciones precisas para que no se permita una posible clonación de mí, ya bastante tengo con este cuerpo imperfecto en vida como para considerar replicarlo, así sea mejorado.


Escrito por: Rafael Baralt

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Donar o no donar?


Cuando mi socio en el blog me propuso tratar el tema de la donación y trasplante de órganos, sentí cierta resistencia a hacerlo, que luego actuó como motivador porque me apasiona bucear en el autoconocimiento, incluyendo aquellas aguas que no me atraen de primeras. El trasplante de órganos simpatiza más a enfermos que a sanos. En parte es así porque los medios de comunicación masiva evitan divulgar -y menos aún promocionar- temas impopulares o poco conocidos, si no hay ganancia de imagen o dinero de por medio. Pero su poca acogida también se debe a que el tema requiere desmontar una serie de resistencias internas, más fuertes en aquellas personas que identifican la esencia de su ser con su cuerpo. Porque ese narcisismo inconsciente, junto con el miedo a la muerte (miedo a dejar de ser) y con el infaltable egoísmo humano, forman la tríada que obstaculiza la donación de órganos, junto con otras variables: supersticiones y tabúes religiosos; información desconocida, insuficiente o errónea sobre el tema; donante potencial o familiares con inestabilidad emocional o escasa capacidad intelectual; desconfianza en los servicios médicos; trabas legales; comercialización indebida. Si bien el trasplante abarca desde órganos claves para la vida (corazón, páncreas, riñón, hígado, pulmón) hasta tejidos no vitales (hueso, córnea, cartílago, piel, ligamento), muchos opinan que la integridad corporal debe preservarse más allá de la vida, para desmentir a la muerte como fin absoluto, creencia heredada de antiguas civilizaciones. Algunos, en cambio, consideran que seguirán viviendo en el beneficiado con el trasplante, o por haber dejado una huella altruista en la memoria humana.

El miedo instintivo a la castración, desmembramiento o mutilación, muchas veces anula la intención de ayudar a otro cediéndole una parte física que de nada servirá a su dueño original después de muerto. La negativa a donar órganos también puede venir del temor a perpetuarse: se teme prolongar la vida personal a través de la del receptor, para no confundir su destino con el propio, o entremezclar vivencias, memorias y sensaciones a través de la parte donada. Increíblemente, este miedo también se da en algunos receptores. Estar reacio a donar una parte útil del cuerpo inútil casi siempre se debe a una mezcla de resentimiento e individualismo: se rechaza dar vida a otro cuando uno ha perdido la suya y por tanto, no importa la necesidad ajena (generalmente la persona egoísta llega hasta su final con la misma visión y actitud mezquina hacia los demás que mantuvo mientras vivió). Así como se pretende ser el dueño absoluto de la propia vida, se procura extender ese dominio ilusorio controlando la totalidad del cuerpo y el destino de otros bienes materiales después de la muerte.

La mayoría humana, si bien reconoce y acepta racionalmente la muerte en los demás, la aparta inconscientemente del propio horizonte. Además, muy pocos aceptan que su individualismo en realidad no los hace distintos ni los separa de la gran masa humana. Y cuando alguien tiene creencias religiosas que producen temor al más allá, pues con razón se aferra al más acá, evitando pensar en su inevitable final. El aprendizaje infantil de ver a la muerte como una pérdida dolorosa, origina el rechazo adulto a ceder sus órganos o los del ser querido: donarlos aumenta la sensación de pérdida y el miedo a morir, o supone abandonar toda esperanza respecto al familiar que está en sus últimas. Algunos razonamientos típicos son: Si estoy muriendo en un centro médico, seguro me aceleran la partida si se enteran que soy donante y necesitan mis órganos; siendo la donación voluntaria, gratuita y anónima ¿qué provecho procuro a los míos, donando una parte de mí a un desconocido?; tengo bastante con mi dolor para preocuparme por el dolor ajeno; quiero que esta agonía insufrible termine ya, sin prolongarla más para favorecer a un extraño; no quiero correr el riesgo de retardar el sepelio con lo de la donación; es un irrespeto eso de mutilar al ser querido; si soy gitano o si creo que transferir sangre va contra la voluntad de Jehová, ni me lo pienso, no dono y ya. Comparando con las situaciones en las que, pudiendo darse, no hay donación de órganos por parte de la persona o de sus deudos, cuantitativamente suman mucho menos los casos en los que el moribundo o sus familiares autorizan la cesión de órganos por cuestión de fe, por imagen social, por simple indiferencia o por auténtica bondad y empatía hacia ese otro que sufre y a quien generalmente no se conoce. Los casos de donantes vivos y sanos son todavía menos frecuentes, y casi siempre buscan ayudar a un familiar o persona muy cercana. Estadísticamente, la pionera España con su legislación a favor de la donación de órganos desde principios de los 80, supera con mucho los casos de trasplante de órganos donados registrados en Paraguay o Venezuela, por citar algunos países de habla hispana.


Una racionalización objetiva sería la siguiente: Si necesitaras un trasplante ¿te negarías a recibirlo? Entonces, ¿por qué no donar? O esta otra: ¿de qué me sirve tener ese órgano vivo un poco de tiempo más, después de mi muerte cerebral? E incluso ésta: ¿Cuál es la urgencia del trasplante o qué consecuencias tendría para otros el fallecimiento del paciente que espera por mi decisión? Invito a considerarlas, y también a pasearse por varios escenarios:

1- Tal vez si todas las personas fuesen inscritas como donantes al nacer, pudiendo hacer luego un trámite público sencillo para desistir de serlo, la decisión de donar los propios órganos o los de un ser querido sería más fácil y frecuente.

2- La falta de cultura social o de legislación respecto a la donación de órganos sigue haciendo un tabú del tema, encarece los costos de los trasplantes y fundamenta el comercio delincuente de órganos, incluyendo el tráfico de seres humanos asesinados para venderlos por partes, lo que sí supone un irrespeto a la vida.

3- Tampoco hay que ver al trasplante como la panacea para prolongar la existencia humana o darle más calidad, en tanto la ciencia procura otras alternativas para disponer de órganos compatibles, como la clonación o los cultivos de células madres y ADN. Sólo un bajísimo porcentaje de cadáveres resultan aptos para la donación de sus órganos: están de por medio el tiempo desde el deceso, la causa de la muerte y el estado del órgano antes del trasplante, la incompatibilidad genética, el rechazo inmunológico o post-operatorio, las complicaciones surgidas durante el proceso quirúrgico o después de éste, y otras variables contrarias. Sin embargo, la cantidad de fallecidos siempre multiplica la de pacientes en espera de un trasplante.

4- La realidad es que todos y cada uno de nosotros puede verse algún día ante la encrucijada de ser invitado a donar sus órganos o de necesitar uno ajeno, y es conveniente pensar ahora sobre el tema, para no estar tan a oscuras llegado el momento.

No quisiera terminar este artículo aconsejando donar o no donar, pues cada persona ha de poder reflexionar y decidir libremente sobre el asunto. Lo que sí veo procedente es invitarte a considerarlo a tiempo -y el tiempo es ahora- respondiendo para ti estas preguntas: ¿Estás dispuesto(a) a donar tus órganos? ¿En qué caso lo harías sin dudar? ¿Has hablado sobre el tema con tu familia? ¿Si tuvieses más información, te lo pensarías? La realidad es que todos y cada uno podemos vernos algún día ante la posibilidad de donar un órgano o de necesitar uno ajeno, y es conveniente haber reflexionado sobre el asunto para no estar a oscuras o tener que actuar bajo la presión del miedo y la proximidad de la muerte. Yo estoy claro en cuanto a lo que haré llegado el caso, y sé que es lo correcto porque lo he decidido de manera preventiva, objetiva y sincera, y siento paz interior. Tal vez te sirva este indicador personal, en ésta y cualquier otra toma de decisión que debas hacer y que afecte tu vida y la de otros.
Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 27 de abril de 2012

¿Y Quién creó al Creador?

Como seres humanos conscientes nos hemos preguntado alguna vez quién, qué o cómo se creó toda esta maravilla que nos rodea: el universo, nuestro planeta, la naturaleza, el cuerpo humano, etc. Pero más allá de sentir esta fascinación tenemos un deber como seres inteligentes, capaces de cuestionarnos a nosotros mismos, y es confrontar esas creencias que desde niños nos han inculcado sobre un posible creador. Nuestros patrones de conducta y nuestro carácter han sido moldeados por todas las enseñanzas que recibimos desde nuestro nacimiento, y son el producto de las creencias transmitidas de generación en generación. Pero nuestra verdadera esencia, aquella que subyace en nuestro interior, a veces se revela y pide explicaciones. Acatar a ese llamado es el deber al que hago referencia para así honrar nuestro intelecto. Es en ese momento, cuando llegan a nuestra mente las grandes incógnitas sobre nuestro origen, que debemos preguntarnos: ¿Soy capaz de dar una explicación propia y razonada sin el condicionamiento de la religión con la que crecí?

Pues bien, ¿Quién creó al creador? Esta es una pregunta que dependiendo de la perspectiva como se enfoque admite dos respuestas diferentes, la primera es conocida y la segunda es incognoscible. Desde el punto de vista deísta es fácil conseguir una solución que concentre en una sola palabra la explicación para los hechos desconocidos. Cuando se plantean interrogantes como: ¿quién fue el creador del cielo y de la tierra? ¿a quién se le atribuye el origen del hombre? o ¿quién creó la inteligencia humana? la respuesta llega de súbito y sin el mayor análisis racional: Dios. Esa forma de inteligencia suprema es la explicación básica para la mayoría de los seres humanos y su escudo para darle un sentido divino al origen de la vida. A su vez, los agnósticos mantenemos que su existencia no se puede conocer, mientras que los ateos la niegan. 

Desde los inicios de la humanidad se le han atribuido poderes sobrenaturales a: El Sol, la Luna, el Fuego, pasando luego a los seres mitológicos de las civilizaciones politeístas (mesopotámica, persa, egipcia, grecorromana, hindú, china, entre las más conocidas) hasta llegar a las creencias monoteístas con voceros de la Palabra Divina, como Mahoma (Profeta de Alá para los musulmanes) y Jesús (autoproclamado Hijo de Dios y del Hombre), los cuales fueron precedidos por Aton o el Dios-Sol en el Antiguo Egipto, deidad monoteísta que abrió el camino a las religiones musulmana y cristiana. Absolutamente todas esas deidades han sido inventadas por el mismo hombre para darle una explicación a los misterios de los cuales no tenía respuesta, así como para satisfacer su necesidad de creer en algo superior apoyándose en ello con la fe, y así consolarse con la idea de que seguiría existiendo después de la muerte física (ver el artículo "La Existencia de Dios" de este blog).

Lamentablemente las diversas religiones del mundo han utilizado esa necesidad humana para alienar e ideologizar haciendo uso de esa supuesta “Verdad” que cada una de ellas dice poseer, lo cual a mi juicio es una evidente manipulación al condicionar la fe de las personas sugiriendo que la “Palabra de Dios” y su “Voluntad” están intrínsecas en cada uno de sus dogmas, y quienes no compartan su ‘Verdad’ vivirán en la oscuridad o serán condenados por falta de espiritualidad ¿Acaso es necesario profesar alguna religión para el desarrollo espiritual? Todas estas intolerantes posiciones y juicios de valor provenientes de los creyentes más fanáticos sólo pueden desencadenar odio y miedo, lo cual conlleva a enfrentamientos entre humanos solamente por pensar diferente. Lo cierto es que, independientemente a la religión o credo que se practique, ese creador (o dios) ha sido creado filosóficamente por el hombre, ya que sólo está en su imaginación y manera de pensar. Por su parte, las religiones no son más que congregaciones de individuos con iguales creencias sobre un creador creado por ellos mismos puesto que ninguno tiene evidencia racional ni científica del mismo.

Ahora bien, suponiendo que ese dios realmente existiera y sea el creador del mundo tal cual lo conocemos, cabe la pregunta: ¿y quién creó a ese creador? o en otras palabras ¿quién o qué le dio origen a esa luz creadora? No se debería tomar tan a la ligera que un ser dotado con esas facultades tan extremas, capaz de intervenir en el destino de las personas y con una inteligencia inimaginable pueda haberse formado de la nada o por generación espontánea, de ser así podrían existir otros seres similares a esa entidad superior ya que las condiciones en el universo estuvieron dadas para más de una formación de esa especie. Sin embargo, los creyentes sostienen que es el único creador, el principio y el fin, que antes de él nada existía, el alfa y el omega, el infinito, etc. Pero esa posición es demasiado inocente y simplista dadas las dimensiones del poder que se le confiere. 

Entonces, no es descabellado pensar que el dios creador pudo originarse de otro creador, y éste a su vez de otro, y así sucesivamente hasta divagar en el infinito de la ascendencia. De hecho este es un basamento ateísta y que Christopher Hitchens hizo popular en sus famosos debates. Tiene lógica pensar que el “Dios Todopoderoso creador del cielo y de la tierra” pudo ser concebido por una inteligencia inmensamente superior a la de él o por otra similar, pero esa es una ligereza que los creyentes no se atreven a considerar ya que echaría por tierra toda la teoría creacionista y ocasionaría una gran incongruencia con los preceptos bíblicos del catolicismo. 

Es importante recordar que nadie, absolutamente nadie, es poseedor de “La Verdad” sobre la creación humana o sobre la existencia de un creador, o de un creador de éste. Lo que sí es cierto es que todos somos libres de formarnos una idea propia, la cual sería más auténtica si no se limita sólo a creencias inculcadas. 


Finalmente les comparto mi última reflexión sobre este tema, concluyendo que mientras más nos adentramos en los rincones de lo desconocido más nos acercamos a descubrir que el misterio esta lleno de infinitas posibilidades. 

Aparta tus creencias, busca información de distintas fuentes, analiza todas las posibilidades y haz una profunda reflexión. Si haciéndolo decides seguir creyendo, o no, en la existencia de un dios, pues bien! Al menos habrás realizado tu parte como ser pensante, consciente, dotado de inteligencia y con libertad para inquirir. Pero si concluyes con toda honestidad que su existencia no se puede conocer habrás demostrado que nuestra capacidad de entendimiento humano no es suficiente para resolver el misterio de la creación más allá de las evidencias físicas y los hechos inexplicables, lo cual enaltece el mayor de los valores: la humildad.

Escrito por: Rafael Baralt

martes, 10 de abril de 2012

La Sexualidad es más que Genitalidad

La OMS define la sexualidad humana como "un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida, que abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la orientación sexual y la reproducción, que se manifiesta a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, roles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, aunque no todas se vivencien o se expresen, y está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.


Tema complejo este de la SEXUALIDAD y, por asociación, el de resultar sexy ante el espejo o ante los demás. Pobre de quien sigue creyendo que los genitales, o la sociedad, o Dios, determinan la preferencia sexual en un animal o en un humano. Nuestra sexualidad es un complejo multifactorial que une características físicas, psicológicas y emocionales con aprendizajes, aportes y presiones del entorno, deviniendo en una conducta personal asociada fundamentalmente con el placer y con la seguridad. Como toda conducta, la sexual puede variar en orientación o en intensidad. Hasta hace poco la sexualidad se definió como instintiva, lo que fue base de las teorías y normas sociales que establecieron la forma natural y no natural de la sexualidad, según estuviese dirigida o no hacia la procreación. Este aprendizaje tradicional del colectivo sigue ignorando que los mamíferos más desarrollados presentan un comportamiento sexual diferenciado, que incluye la homosexualidad (registrada en más de 1500 especies animales) y muchas variantes de la masturbación y de la violación. Tal realidad en la Naturaleza fundamenta el reenfoque que está haciendo la Psicología moderna, al plantear que la sexualidad puede aprenderse, porque no está sujeta únicamente al instinto orientado a preservar la especie. Desde un punto de vista inteligente con base científica, cada persona tiene su propio modo de situarse en un punto de la dualidad hombre-mujer que genéticamente origina la existencia humana, y el derecho de expresarse sexualmente a través de roles adaptativos definidos por su búsqueda personal de la felicidad, incluyendo el asexual.

La sexualidad es un sistema apoyado sobre otros cuatro sistemas también complejos: El físico (que abarca el genotipo o sexo genético y el fenotipo o sexo visible); el erotismo (capacidad de sentir y hacer sentir deseo, excitación, placer y orgasmo); la vinculación afectiva (capacidad de amar y de enamorarse, estableciendo interacciones personales significativas) y el instinto reproductor (capacidad de tener hijos y criarlos, más los sentimientos y conductas propios de la maternidad y paternidad). El género sexual comprende el grado en que se vivencia la pertenencia a lo masculino o femenino, con todas las construcciones mentales y conductuales asociadas. Más que el instinto, la interacción entre género, vinculación afectiva y erotismo es lo que define la orientación sexual del individuo, primariamente dividida en homosexualidad, heterosexualidad y bisexualidad.

El menor de edad que es orientado desde temprano para que acepte su sexualidad y la de otros, crece siendo más capaz de aceptarse integralmente y de cuidar lo que representan sus genitales y sus inclinaciones naturales y aprendidas, y tiene mayores posibilidades de vivir feliz. El adulto satisfecho de su sexualidad, por otra parte, será más libre al sentir placer y al buscarlo, generando un ambiente de cercanía afectiva y sexual con la pareja y un clima social más funcional, que a su vez repercutirá en el mejoramiento de las actividades personales, familiares, laborales y cívicas. Sobre esta base es que frecuentemente se asocian sexo y amor, se crean y mantienen vínculos sociales y afectivos, surgen patrones de identificación con grupos y subculturas, se sostiene la conciencia de la propia personalidad y el hecho de vivir cobra sentido. Muchas creencias confieren dimensión religiosa o espiritual al acto sexual (por ejemplo, Osho lo enaltece y la iglesia cristiana lo asocia en la mayoría de los casos con pecado), mientras otros ven en él una vía para mejorar o perder la salud mental, física y emocional, todo lo cual reconoce tácitamente la multiplicidad de factores que conforman la sexualidad. Obviamente, el sexo también se vincula con problemas, tales como homofobia, pedofilia, violencia contra la mujer, desigualdad sexual, prostitución, prejuicios, ataques religiosos, discriminación, etc. En la vinculación afectiva disfuncional se encuentran las relaciones de amor/odio, la violencia en la pareja, los miedos y la inseguridad, los celos y el control del otro. El erotismo da lugar a problemas tales como las disfunciones sexuales o las enfermedades de transmisión sexual. En cuanto a la problemática asociada con el instinto reproductor, destacan el descontrol de la natalidad, el machismo, la violencia, la pobreza creciente, el abuso y maltrato infantil o el abandono de los hijos. Estos problemas, entre otros, aumentan con el tiempo y con la sobrepoblación e inciden en áreas aparentemente ajenas al tema del sexo, como la seguridad, la justicia, el estrés colectivo, la publicidad, la religión, la legislación o el deterioro del planeta.

Los Derechos Sexuales Humanos incluyen el derecho a la libertad sexual, el derecho a la autonomía, integridad y seguridad sexuales del cuerpo, el derecho a la privacidad y equidad sexual, el derecho al placer sexual y a la expresión sexual emocional, el derecho a la libre asociación sexual con otra persona, a disponer del conocimiento científico pertinente, a tomar decisiones reproductivas libres y responsables, a la educación sexual integral y a la salud sexual, todo lo cual traza letra a letra la palabra RESPETO, la cual va mucho más allá que el hecho de ser tolerante con alguien de sexualidad distinta. En la medida que estos Derechos sean reconocidos, ejercidos y respetados, tendremos sociedades menos hipócritas y más sanas a nivel civil, moral, económico, físico, mental y sexual. Cuando la sexualidad requiere de la práctica frecuente de cierta conducta, se originan las parafilias. Muchas se dan de mutuo acuerdo entre adultos sin producir daño personal o social, por lo que no procede estigmatizar a quien vive y actúa de acuerdo a su preferencia sin perjudicar a otros, como sucede en la mayoría de los casos con la masturbación, la homosexualidad o la gerontofilia. ¿O es que no cuenta el daño humano ocasionado por quienes no las practican?.

En lo personal, sostengo que la persona que se define exclusivamente desde su sexualidad y fundamenta toda su vida y conducta social sobre ésta, desdeñando las otras áreas, facetas y valores de su existencia humana, se limita de manera irracional, se auto-discrimina y generalmente emite juicios de valor sin valor hacia quienes avalan o atacan la creencia o conducta sexual que usa para definirse a sí misma. Opino también que cualquier ser humano que juzgue o discrimine a otro por su sexo u orientación sexual, demuestra estar tristemente limitado por su escasez de miras, de información o de intelecto, vista la enorme complejidad del tema. Defiendo la lucha de las minorías por alcanzar igualdad legal en materia de derechos humanos, en tanto la persona no se excluya, dañe o irrespete a sí misma o a otras cuando actúa a favor de la causa que defiende. Siempre he encontrado de mal gusto el comportamiento de quienes ventilan su intimidad sexual o emocional de manera impositiva, exhibicionista o agresiva ante las demás personas, sean gay, feministas, heterosexuales, machos vernáculos o lo que sean, por la misma razón que muchos elogian la discreción a cualquier nivel. Y como me repugna el fanatismo de cualquier tipo, deploro el gran número de personas que parecieran estar definidas por un pene, una vulva o un trasero, un criterio o un punto de vista únicos, un ambiente social que excluye a los demás, una fe o creencia que ataca a todas las otras, un afán político o materialista que las priva de razón y de decencia. Con razón este pequeño planeta ya resulta insuficiente para una Humanidad que se multiplica exponencialmente, pero que también requiere crecer mental, afectiva y espiritualmente, sea cual sea la dirección que elija seguir cada célula humana, con tal que no dañe a sus semejantes ni al entorno común.

Escrito por: Gustavo Lobig