sábado, 22 de junio de 2013

El suicidio ¿un acto valiente o cobarde?

¿Tiene sentido calificar al suicidio como un acto de valentía o de cobardía? No lo creo. Si alguien elige suicidarse es porque dejó de sentir motivación vital, porque no pudo resistir una situación intolerable, porque al intentar escapar de ella perdió o creyó perder, que para el caso es lo mismo, la opción de cualquier otro camino. Si una persona agobiada solo ve una vía de escape ante sí, no es culpable por seguirla y nadie tiene autoridad para juzgarla. Condenar al suicida supone un juicio extemporáneo contra el último acto de una voluntad que dejó de ser libre para someterse al mandato de la desesperanza absoluta. Cada quien es producto de su historia, la cual escribe y concluye como mejor sabe y puede. Deberíamos estar hartos de juicios, condenas, ataques y discriminaciones, pero no es así, y mucha gente sigue suicidándose por falta de un apoyo efectivo y oportuno. La vida se defiende, la muerte no.

Ante la creciente estadística mundial de suicidios, creo importante alertar sobre esta tendencia, buscando prevenirla y en lo posible evitarla, sin olvidar el derecho de cada quien para decidir cuándo y cómo morir, en tanto no dañe a otros y persista en su decisión después de haber contado con la debida ayuda terapéutica. Al fin y al cabo es su vida y toda persona es responsable de sus actos. Pero hay actos individuales como el suicidio que son responsabilidad de todos, si por egoísmo o indiferencia no ayudamos a quien es incapaz de continuar luchando a solas. Es obvio que el suicida no contó con un apoyo externo suficiente ni con una esperanza de cambio que le prometiese un mejor futuro, y por eso renunció a este. Es obvio también que su miedo o sufrimiento fueron tan grandes, que en su decisión pesó poco o nada el dolor que su muerte podría causar a sus allegados. En lo personal me afecta que una vida, sea que la conozca o no, decida matarse por sentirse sola, desvalida, sufrida, indeseada, desprovista o inútil. Y también sé que, por haber vivido y tenido esperanzas antes de perderlas, la muerte jamás podrá borrar esa vida ni lo que hagamos en su favor cuando todavía es tiempo de hacer algo por ella.

Caminan por este mundo individuos que carecen de la capacidad de dar valor a su vida o a la de otros. Nacieron carentes de esa capacidad de valoración, o no les fue introducida en sus primeros años ni reforzada en los siguientes. Pero a diferencia de otros asesinos, rara vez un suicida es un psicópata, sino que frecuentemente se trata de alguien mentalmente sano y con una sensibilidad muy desarrollada. La mayoría de suicidios se registran en la población adolescente y en la de edad avanzada. Las causas más frecuentes incluyen el envejecimiento, la muerte o rechazo de un ser querido, la pérdida o carencia de imagen, de poder o de bienes materiales, el rechazo social o las enfermedades incurables. La dependencia del alcohol y otras drogas representa un suicidio progresivo, pero tan innegable como el de quien escapa a una vida intolerable por medio de una muerte rápida.

Todas estas causas revelan tardíamente en la víctima una falta evidente de amor por sí misma, una aceptación propia que brilla por su ausencia. Ambas surgen de la alienación colectiva  que lleva al ser humano a verse y a ver a los demás desde una perspectiva equivocada. Ciertamente hay personalidades débiles entre los suicidas, pero en su mayoría son casos que se cansaron de luchar contra esa despiadada manipulación colectiva que empuja al deber ser para manejarnos ideológicamente y explotarnos económicamente. Y cuando alguien no logra ocupar la posición que se le exige para ser aceptado y querido por sí mismo o por los demás, vive una situación agobiante que puede ser su límite, y entonces la inmadurez emocional en el joven, o la dependencia del qué dirán en el adulto, o la creencia de ser un estorbo en el anciano, los conduce a la decisión final que efectivamente termina con esa situación insoportable, pero que no la soluciona, puesto que nadie puede probar adónde nos conduce la muerte, sea natural, accidental, auto infligida o inducida por otros.



Una aproximación al suicidio más adecuada que verlo como algo cobarde o valiente, justificable o no, sería la de reflexionar: ¿Por qué es importante la vida? ¿Por qué nos aferramos tanto a ella? Aunque no sepamos qué representaba su existencia para el suicida, con este tipo de preguntas tendríamos un atisbo del motivo que lo llevó a salirse de un contexto sin sentido de continuidad y en el cual perdió la razón de ser. Desde tiempos remotos se dice que la vida es el bien más valioso, y que terminar con ella es el peor daño que un ser humano puede ocasionarle a otro o a sí mismo. Sin embargo no cesan las guerras, el asesinato, la delincuencia individual u organizada, la tortura, la discriminación, el irrespeto a los derechos humanos, el valorar la vida por logros y posesiones y no según lo que se es, entre otras conductas humanas repetidas siglo tras siglo, mostrando claramente que somos una especie enferma. ¿Enferma de qué? De miedo. Un miedo que se impone incluso al instinto por sobrevivir y que entonces se expresa a través del suicidio.

Al pensar en este tema surgen preguntas fundamentales: ¿Por qué vale la pena vivir? ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Cuál es mi peor miedo? ¿O mi mayor dolor? ¿Qué me veo incapaz de soportar? ¿Qué podría llevarme al suicidio? Hacernos estas preguntas nos hará conocernos mejor y poner en claro a qué nos aferramos, cuál es nuestra máxima prioridad, por qué esa persona, posesión o situación mide nuestro deseo de vivir, o por qué su pérdida equivaldría a morir. Aun siendo puntos de vista relativos y subjetivos, al ser los de cada quién son los únicos que en este caso importan.

Hurgando en nuestras motivaciones, aprendizajes, prioridades, miedos, creencias en el más allá y el más acá, haciéndonos oportunamente las preguntas adecuadas, encontraremos la mejor manera de restarle posibilidades a la del suicidio. Plantearlas en relación a quienes más queremos nos llevará a entenderlos y amarlos mejor y a prevenir su muerte por propia mano. No querer reflexionar sobre el tema será simple miedo a la muerte, desinterés por el tema o incapacidad para profundizar en la vida. Es comprensible. Adentrarnos en esta es bucear en la muerte, pues ambas forman parte de un mismo proceso inevitable que a todos nos afecta. Cualquier criatura medianamente feliz aborrece la sola idea de la aniquilación absoluta, pero cada hora desde que nacemos nos acerca a la hora final, y está en cada uno el concretar qué podría llevarnos a adelantarla. Evitar pensar en el asunto no impedirá que pueda suceder.


Considero que la mejor manera de honrar esta vida tan corta que tenemos es mirar de frente a la muerte y aclarar con esa confrontación por qué vale la pena vivir y de qué manera podemos existir con más dignidad y satisfacción vital, con más provecho personal y colectivo, con visión más clara acerca de la importancia que tiene cada vida. La más humilde o aparentemente insignificante es única e irrepetible, y el Universo no estaría completo sin ella. El valor objetivo de la vida no es algo relativo, no está definido por el éxito ni por el placer que contiene, y menos aún por leyes sociales o religiosas de convivencia. Al ser únicos, nuestro cuerpo y mente jamás volverán a existir idénticamente tal como son en este instante.

Preguntar ¿por qué respiras?, lleva a pensar en la fisiología o el instinto. Pero preguntar ¿por qué eliges amanecer cada mañana? ¿para qué te levantas de la cama? o ¿por qué vale la pena respirar otro minuto, otro día, otro año más? te conduce a la razón que tienes para seguir viviendo. Paséate con sinceridad por todas las respuestas a esas cuestiones, hasta llegar a una en la que tu respiración no dependa de otra persona o de una condición externa a ti, y luego apóyate en esa respuesta para amarte, aceptarte, respetarte, valorarte y vivirte, sabiendo que eres el dueño o la dueña de una vida irreemplazable que ninguna otra puede sustituir. Porque ninguna puede ser ni será jamás exactamente como la tuya o la del otro, así como ningún instante se repite ni jamás podrás bañarte dos veces en el mismo río mientras habites en este mundo cambiante.

Escrito por: Gustavo Lobig

sábado, 27 de abril de 2013

¿Santo yo?


Hace un año tuve una experiencia casi mística, de esas que te dejan en estado de introspección por días. Fue durante el velorio de Nico, un gran amigo. Salió un sábado por la noche a tomarse unos tragos. Tenía años en eso, ni siquiera los cuarenticinco eran impedimento para seguir en el bonche, las discotecas y cuanto lugar de moda existía dentro de la jungla nocturna caraqueña. Eso no lo hacía ni más ni menos bueno, simplemente él era así de enérgico. Esa noche salió del bar, rozaban las 2:00am. Tenía unos tragos, unos pocos, los suficientes como para manejar consciente. Se montó en su camioneta sin percatarse que era vigilado. Al cruzar por una de las avenidas rumbo a su casa fue interceptado para robarlo. Él, de forma instintiva, apretó el acelerador perdiendo el control y chocó contra un poste. Los malnacidos, al sentirse frustrados en el robo, le propinaron cuatro disparos y lo dejaron desangrarse con su cinturón de seguridad puesto. Ese fue un episodio más de nuestra usual crónica citadina. Algunos diarios publicaron una discreta reseña del suceso. Pero el hecho es que estaba allí, junto a su urna. Todos los amigos estábamos en la funeraria ese día. Sentía rabia y tristeza. Yo sabía que Nico no era católico, aun así le prepararon una típica ceremonia religiosa. Le di el pésame a cada miembro de su familia, a unos los conocía, a otro no; como esa señora de arrugas acentuadas que no dejaba de verme. Me agarró por un brazo y me dijo al oído: “él ahora descansa en paz, al lado de Dios. Porque él era un santo, ¿lo sabías? Nico era un santo”. Comenzaban los rezos y yo me adelanté para darle el último adiós a mi amigo. Lo vi a través del cristal. Parecía sereno, ciertamente en paz. En ese instante comprendí lo que quiso decir esa mujer desconocida, pero no porque Nico fuera en verdad un santo, sino porque era fácil percibirlo como tal.

El relato, tomado de una vivencia propia, me motivó para desarrollar este tema que venía revoloteando en mi cabeza. Un asunto tan obvio y cotidiano que pasa desapercibido por lo “normal”, a no ser por la carga de manipulación intrínseca. Ciertamente Nico fue una gran persona y el mejor de los amigos, de eso no cabe duda, pero no fue un santo en el sentido estricto de la palabra.

El término santo se utiliza con mucha ligereza en nuestro argot coloquial. Se le otorga a aquella persona que se considera muy buena, altruista y espiritual; ya sea en vida o después de fallecida. Si analizamos la palabra etimológicamente nos encontramos con los siguientes significados según la RAE:
  • Perfecto y libre de toda culpa.
  • En el mundo cristiano, se dice de la persona a quien la Iglesia declara tal, y manda que se le dé culto universalmente.
  • adj. Dicho de una cosa: Que está especialmente dedicada o consagrada a Dios o que es venerable por algún motivo de religión.
  • Santidad: Cualidad de santo.

Existe una evidente incongruencia entre el primer concepto “Perfecto y libre de toda culpa” y el segundo que es aquella persona que la iglesia declara como tal, pues incluiría a cualquier pecador. Hasta donde tengo entendido los únicos “santos” vivos son los Papas en ejercicio. De allí que se les diga “Su Santidad” o “Santo Padre” a modo honorífico como la máxima reverencia del mundo católico. En este punto cabe la siguiente pregunta: ¿tiene la mayor figura eclesiástica la condición de ser perfecto y libre de toda culpa? Claro está, la palabra “culpa” (un término altamente alienante creado en el contexto religioso) puede ser utilizada a conveniencia por los representantes de la iglesia. En lo particular, nunca hallé nada de santo en Su Ex Santidad Benedicto XVI; ni siquiera en el venerado Juan Pablo II, que poco después de muerto fue elevado a estatus de beato y próximamente canonizado, aunque ya era considerado así por muchos creyentes. En realidad, ningún Papa está libre de culpa, o de pecado (usando sus mismas expresiones). Entonces, por simple deducción, ningún individuo sería digno de ser llamado santo o santa.

Otra manera de conseguir que un mortal común califique para convertirse en beato es que se le imputen dones curativos después de muerto. En fin, la lista de santos es larga y va desde doctores, reyes, reinas, monjas, sacerdotes y hasta palomas (pero sólo la del espíritu santo, cualquier otra paloma sería impura) con poderes sobrenaturales de curación y salvación desde el templo celestial. Inclusive algunos políticos son catalogados por la misma gente con ese adjetivo, tal es el caso de “Santa Evita” o al más reciente Hugo Chávez, que no tardará en conseguir un sitial de honor al lado de la madre Teresa de Calcula. Es bueno recordar que la gente propone y la iglesia dispone. Si se llegaran a demostrar milagros atribuibles al líder de la revolución “bonita”, ténganlo por seguro que la petición para beatificarlo se haría más temprano que tarde. Fanáticos hay en todas partes, independientemente de sus tendencias políticas o nivel de ignorancia. En todo caso, queda a potestad de la Iglesia declarar santo a un político. Antes de tomar una decisión como esa analizarían muy bien los beneficios que obtendrían, ya que la iglesia también es una institución política con intereses propios.

El calificativo de santo no es de uso exclusivo para personas, también es aplicado a cosas tan ordinarias como: la santa biblia, santo grial, santa sede, semana santa, ciudad santa del vaticano; y pare de contar. Todo ello con el fin único de envolverlo en una aurora sagrada de bondad y divinidad absoluta. Mención aparte está la santería, que lleva implícito el nombre de los entes que son venerados en esa pseudo religión, o más bien secta.

El término en cuestión ha sido instaurado hábilmente en la psiquis de las personas. Es clara la influencia del catolicismo en la promoción de dicha palabra. La santidad pareciera ser un manojo de infinitas virtudes en alguien o en algo supuestamente tocado por dios. La iglesia católica se lo auto-adjudica para hacerse ver misericordiosa, asociando el significado positivo del adjetivo con religiosidad. Y no le quito razón, pues tienen que buscar formas de no perder adeptos, aunque lleven siglos intentando deslastrarse de todos los males que han causado a la humanidad.


Estoy seguro de que a Nico no le hubiese importado que le llamaran santo, creo que hasta se hubiese reído de ello. A él no le importaban tanto esas cosas como a mí, siempre buscándole las cinco patas al gato. Obviamente, preferiría ser recordado por mis buenas acciones, más que por las malas que haya hecho en vida. Ninguno está exento de maldad. Todos la tenemos en mayor o en menor grado. No califico para santo, no estoy ni cerca de serlo. Además, no comulgo con la hipocresía de quienes sí se lo creen. Es más sano aprender a convivir con nuestras virtudes y miserias y no pretender ser algo que no está en nuestra condición humana.

Escrito por: Rafael Baralt

sábado, 9 de febrero de 2013

¿Autoayuda costosa o dieta gratis?


Estoy en contra de la comercialización de la autoayuda por puro afán de lucro, dejando claro que es posible cambiar algunas circunstancias de nuestra realidad externa o interna, si aprendemos cómo hacerlo. Una persona que repita pensamientos, creencias y conductas, es poco probable que vea la vida de manera distinta y la viva diferente sin la intervención de un factor externo que la afecte, pero es improbable que ese factor salga de un texto o taller de autoayuda. ¿Por qué? Porque éstos sólo afectan su parte racional, y ahí se quedan, sin pasar a internalizarse para producir el cambio deseado. Nuestra personalidad y mucha de la realidad cotidiana surgen de acuerdo a cómo pensamos, aprendemos, sentimos y actuamos.  Cada vez que se cambian los puntos de vista o se aprende algo nuevo, se establecen nuevas conexiones en las neuronas, lo cual modifica el cerebro. A eso se llama evolución. Aun así, aprender no es suficiente, a menos que se aplique lo aprendido. Sobran quienes saben de todo y no han aprendido casi nada. Nos pasamos la vida creando un futuro mejor, pero tratando de no cambiar para no sufrir, y lo que hacemos es reafirmar la personalidad disfuncional con una serie de ideas, emociones y actos (miedos, enfados, prejuicios, manipulaciones, ataques, defensas, metas egoístas, escapismos, etc) que son adictivos y que funcionan como programas informáticos instalados en el subconsciente. Por eso, hablando como coach y como humano que vive los mismos problemas que todo el mundo, sé que los tres pasos iniciales para andar por un mejor camino de vida son: Primero, asumir nuestra responsabilidad como co-creadores de la propia vida y de la vida de los demás y dejar de creernos víctimas que necesitan de un salvador. Segundo, aceptar la realidad que está sucediendo y que deseamos cambiar, sin resistirnos a lo que es, porque lo que se resiste, persiste. Tercero, sabernos más grandes que esa realidad que se desea cambiar, porque cada persona es ella, no sus circunstancias. Los triunfadores sobre la adversidad imaginaron el futuro diferente, sintiéndolo como si ya hubiese sucedido, luego crearon el cambio en ellos teniendo fe en sí mismos, y sólo después obraron para hacer real lo que pensaron. Sólo entonces puede darse el cuarto paso, que es el cambio, y que casi nunca se logra a base de pagar por teorías bonitas y frases hechas, que frecuentemente no son más que sentido común vendido a alto precio por charlatanes que la moda consagra como sanadores.

Podemos hacer sin gastar plata que el pensamiento sea más real que un acontecimiento, y lo hacemos a diario, cuando sufrimos por algo que ya pasó o que todavía no ha sucedido. La mente manda dentro del presente. Si conducimos nuestro vehículo y de repente nos concentramos en un pensamiento, en ese momento vemos sin ver la carretera sin sentir nuestro cuerpo. Ese lapso, aunque dure apenas un instante, es de un gran poder creador, es el estado de flujo del artista que se olvida de todo mientras trabaja. Ese estado es el necesario para crear, primero con la mente, luego a través de la acción o del cambio conductual. Por lo tanto, es cuestión de elegir pensamientos constructivos en lugar de los de siempre. Pero pensar en negativo es morbosamente adictivo, y la mayoría de las personas se la pasan pensando en sus problemas en lugar de pensar en las posibilidades. En cuanto a los iluminados que defienden a toda costa el Pensamiento Positivo, aún sin actuar, cuidado con esa fantasía. Pensar en algo no lo hace real, si nuestro comportamiento no responde a la intención de que ese deseo se realice. La mente y el cuerpo deben trabajar juntos. Tenemos que escoger actuar de manera distinta y funcional, para que pueda suceder algo nuevo. 


Si deseamos crear una nueva realidad personal, hemos de convertirnos en otra persona. ¿Cómo? Mediante un programa activo de vida desligado del miedo, esa emoción aprendida que limita la acción del poder personal, hasta lograr que este poder se convierta en la habilidad de eliminar el autosabotaje y de activar el sistema operativo de los programas subconscientes que posibilitan el cambio. Pongamos, por ejemplo, la ansiedad. El caso de alguien con ansiedad o con depresión es el mismo: el cerebro empieza a segregar química como si eso que teme la persona estuviera sucediendo, y con el tiempo esa química se convierte en adictiva. ¿Cómo salir del círculo vicioso? Si haces conscientes tus pensamientos y tus hábitos automáticos y observas las emociones y conductas, empiezas a objetivar tu mente subconsciente. Si te familiarizas con los aspectos de ti mismo y los factores de tu entorno que motivan la ansiedad (o lo que quieras cambiar), durante la observación continua de ti podrás darte cuenta de cuándo empiezas a sentirte de la manera que ya no deseas repetir, y serás capaz de cambiarla, rompiendo en ese momento la cadena del hábito. Si te recompensas inmediatamente después, por haber logrado hacer algo mejor que lo acostumbrado, reforzarás el proceso de cambio a nivel de tu cerebro y de su funcionamiento vital. El único pensamiento positivo que funciona es el que lleva a un autocondicionamiento positivo. Se trata de tener claro quién se quiere ser, qué pensamientos y emociones se prefieren por ser útiles y no solamente habituales, planificar adecuada y oportunamente, y después actuar los pequeños cambios que darán lugar a los grandes. De esa manera se van instalando los nuevos circuitos en el cerebro. Pero se requiere constancia y disciplina. El simple pensamiento positivo o el desear algo no funcionan, porque la negatividad está instalada en el subconsciente y saboteará el proceso de logro.

Un libro o taller de autoayuda tampoco hará cambios, a menos que el aprendizaje de la nueva información se internalice más allá de una teoría y se ponga en práctica. Sólo la acción personal conlleva el cambio personal, no los aprendizajes intelectuales que quedan en simple teoría. De teorías y opiniones inútiles está lleno el mundo, y por eso anda tan mal. Pero hay muchos interesados en que la gente siga sufriendo y gastando su dinero en ayudas inefectivas, que muchas veces exigen otras complementarias y también costosas. De ahí salen tanto médico que no pasa de ser un vulgar comerciante de la salud corporal o mental, tanto consejero charlatán, tanto facilitador de talleres y de textos inútiles de autoayuda, que no sirven más que para lucrar al supuesto sanador y encarecer un mercado de la salud que ya engloba el lucrativo negocio de la muerte, un comercio cada vez más extendido y cuyo afán de dinero, a costa del dolor ajeno, es indigno de un ser humano decente. Generalmente, si un individuo o grupo ofrece una cura milagrosa en un tiempo muy breve y a un precio muy alto, se tiene delante el caso de uno de estos estafadores.

Los cambios verdaderos consisten en hacer conscientes las conductas y patrones limitantes inconscientes, sin sentir culpa, y desde esa conciencia saber elegir y realizar las acciones de cambio requeridas. Una personalidad débil prefiere delegar la responsabilidad de cambiar las cosas en el aporte que pueda recibir del iluminado, el brujo o el sabio de turno, y es incapaz de ver la manipulación en tales dudosas ayudas.

Lo que nos quita la libertad y el progreso son nuestras propias creencias, el conformismo, el temor a cambiar, los hábitos, los apegos, los prejuicios y demás barrotes de esa prisión que para muchos es la vida, y que deben ser desmontados uno a uno. Nos hemos pasado el tiempo oyendo el consejo de “sé tú mismo”. Pues yo opino que si ese yo no es tu yo auténtico, si no te hace realmente feliz y productivo dentro del bien común, te deshagas de él. Una buena forma es ser y obrar como librepensador, para despojarnos de etiquetas, patrones sociales y prejuicios injustos. Hace falta dejar el juicio condenatorio contra uno mismo y los demás para ser verdaderamente humanos, y no otra de las fieras depredadoras, estúpidas y egoístas que representan a la peor parte de la humanidad. Una dieta mental y conductual que se vaya depurando de hábitos negativos es la mejor receta para que la infelicidad personal y mundial acabe por morir de inanición. ¿Utópico? Sí, mientras no lo lleves a la práctica cotidiana. Así que déjate de libros, cursos y rituales costosos, y comienza con esta dieta, privándote a tu manera de lo negativo, si realmente quieres hacer un uso efectivo de tu libertad y dejar una huella tan liviana como la del amor a tu paso por este mundo. Esa es mi posición ante las pruebas de la vida. ¿Cuál es la tuya?

Escrito por: Gustavo Löbig

sábado, 12 de enero de 2013

Prostitución legal, ¿doblemente inmoral?

“Como todo niño latinoamericano, donde el machismo es visto como una virtud, fui convidado por mis amigos a ir a un burdel para ‘estrenar’ mi hombría con una mujer de la ‘mala vida’. Tan sólo tenía quince años, fue una noche saliendo de una fiesta. Estábamos algo embriagados, y yo muy emocionado. Entramos al lugar con identificaciones falsas (todos menores de edad), nos sentamos en la barra, se nos acercaron unas chicas bien exuberantes (una para cada uno), fijamos la tarifa y …”

Esta historia (mi historia) es la de muchos otros hombres que pasaron por esa experiencia que bien podría catalogarse como “normal”. Recuerdo además que mis mayores me aconsejaban que era mejor hacerlo con una puta la primera vez. La verdad no sé si fue lo mejor, pero tampoco fue la última vez. Lo tengo en mi memoria como algo vago y nada trascendente, pero aún no logro borrar la cara de aquella mujer, la que me inició. Era bonita, delicada y olía a lavanda frutal. No me pasaba por la mente que había estado con miles de hombres antes que yo. Hoy en día la veo diferente, pero no a la experiencia, sino a ella: mi primera prostituta.

Es mucho lo que habría que decir sobre el oficio más antiguo del mundo. Algunos apoyan la prostitución, otros la encuentran repugnante. Pero lo que me motiva a escribir este texto es cuestionar la legalidad de la misma, en otras palabras, ¿debería ser legal? Es importante mencionar que la prostitución no es exclusiva de las mujeres, muchos hombres se han sumado al lucrativo ejercicio. Hoy en día es usual ver anuncios de estos profesionales en la sección de clasificados ofreciendo sus servicios de “masajistas” tanto a mujeres solas, hombres o parejas.

Haciendo un poco de historia, quizá la prostituta más conocida de que se tenga referencia –aunque no se tenga evidencia de ello- fue la pobre María Magdalena (para algunos una santa, para otros una gran pecadora). El hecho es que cualquier indicio de humanización de Jesús de Nazaret ha sido minimizado u opacado por la divinidad que sus apóstoles y seguidores le confieren, por lo que fue necesario condenar a esta mujer como la provocadora de los instintos carnales del “hijo de dios”. La verdad no pienso perder tiempo especulando sobre las intenciones que tuvo esta mujer, ni Jesús, ya con los evangelios tenemos suficientes contradicciones sobre el tema. Lo cierto es que gracias a ese mito se comenzó a ver la prostitución como algo pecaminoso, lascivo, demoníaco, etc.; estigmatizándola hasta la época actual en la gran mayoría de los países.

Si bien es cierto que muchas mujeres comenzaron a prostituirse por necesidad económica, también lo es que podrían dejar de hacerlo cuando esta situación mejore, consigan otro tipo de ingreso o simplemente lo deseen. Algún idealista o religioso diría que ”podrían conseguir un trabajo más digno”; en ese caso comenzaría por preguntarles qué significa “digno” para ellos, pues muchas prostitutas son más dignas que cualquier político encorbatado o que un pastor de congregación religiosa. También hay quienes la ejercen por convicción y les gusta lo que hacen. Sin embargo, en todos los casos el acto se realiza por consentimiento mutuo, previa fijación de una tarifa, y para beneficio de ambas partes.

Entonces, si nos quitamos el manto de “moralistas de iglesia”, entendiéndolo como nuestra capacidad para juzgar según nuestras creencias sobre “el bien y el mal” dogmático, podríamos esgrimir sobre las posiciones y/o razones que algunos sostienen para la no legalización de la prostitución:

1. La legalización / despenalización de la prostitución es un regalo para los proxenetas, los traficantes y la industria del sexo.
¿Un regalo?, precisamente los proxenetas y traficantes existen por la falta de protección legal que tienen las prostitutas, pues muchas tienen que acudir a ellos para ampararse del maltrato a que podrían ser expuestas en las calles. El problema se presenta cuando éstas se hacen víctimas de estos inescrupulosos que se lucran de ello. En todo caso, la ley tampoco los ampara, ni ahora ni con la legalización. Por otra parte, acerca que es un “regalo” para la industria del sexo, ¿algún problema con eso?

2. La legalización / despenalización de la prostitución y de la industria del sexo promueve el tráfico sexual.
Esto sólo pone de manifiesto la incapacidad de algunos países e instituciones para impedir y combatir la trata de personas. La legalización de la prostitución no puede ser una excusa para hacer cumplir la ley contra el tráfico humano. La proliferación de mujeres de países del tercer mundo en países desarrollados es sólo el reflejo de la falta de controles de tráfico de personas, y ello seguiría sucediendo con o sin la despenalización de la prostitución.

3. La legalización / despenalización de la prostitución no supone un control de la industria del sexo. La expande.
Eso depende, ¿es que acaso no se puede legalizar la prostitución a la par de controlar su industria? Además, este argumento tiene un trasfondo moralista que trata de hacer ver la prostitución como algo malo, pecaminoso y execrable. Ahora bien, referente a la palabra “industria”, es obvio que los seres humanos buscamos el lucro a costa de casi cualquier cosa. Los conservadores sostienen que con la legalización serían más rentables “otras formas de explotación sexual”, tales como: el strip-tease, los centros de esclavitud y disciplina, los sex shops, los juguetes eróticos y la pornografía. En este sentido, pienso que cualquier industria se mantiene y justifica porque existe un mercado; siempre habrá quienes consuman estos productos y/o servicios y es el mismo cliente quien elige usarlos o comprarlos; nadie los obliga.

4. La legalización / despenalización de la prostitución aumenta la prostitución clandestina, ilegal y la prostitución de la calle.
Este argumento se cae por sí solo: Si se legaliza dejaría de ser “clandestina” o “ilegal”. Sobre la prostitución en la calle, pues allí entrarían las leyes que regulen cómo y dónde pueden practicarlo, pero legalmente.


5. La legalización de la prostitución y la despenalización de la industria del sexo promueve la prostitución infantil.
Aquí se aplica lo mismo que planteé en el punto dos. Adicionalmente, la legalización de la prostitución debe contemplar regulaciones elementales de: edad mínima, condición de salud, nacionalidad, etc. Eso es más que lógico.

6. La legalización / despenalización de la prostitución no protege a las mujeres que están en la prostitución.
Otro argumento bastante insubstancial y absurdo, se supone que la legalización debería protegerlas, así como también contar con el amparo de las organizaciones de DDHH en todo el mundo (si es que sirven para algo).

7. La legalización / despenalización de la prostitución aumenta la demanda de la prostitución. Incentiva a los hombres a comprar a las mujeres por sexo en un entorno social más permisible y de mayor aceptabilidad.
Esto parece redactado por un cura bastante mojigato. ¿Y es que acaso el hombre ha dejado de sentir impulsos sexuales dentro de entornos pocos permisibles y de menor aceptabilidad? Además, el hombre no “compra a las mujeres”, paga por un servicio en común acuerdo con ésta.

8. La legalización / despenalización de la prostitución no promueve una mejora de la salud de las mujeres.
El dicho popular dice “todo en exceso es malo”, yo agregaría: hasta el sexo. Pero, ¿quién obliga a quién a hacerlo y con qué frecuencia? Decir que “no mejora” la salud de las mujeres afirma que éstas ya son insanas. Conozco prostitutas mucho más sanas que cualquier mujer con poca actividad sexual. Creo que más deterioro produce el celibato, inclusive daño mental. Ahora bien, si se tratara con dignidad a las prostitutas existieran organismos que fomenten la prevención de enfermedades, pero la despenalización por sí sola no implica “promover” condiciones de salud.

9. La legalización / despenalización de la prostitución no aumenta las posibilidades de elección de las mujeres.
Al contrario, las aumenta. Al tener más posibilidades de ejercer podrían exigir, y por ende escoger a quien ofrecer sus servicios. Precisamente la no legalización induce a que tengan que conformarse con los clientes que cometen la “ilegalidad” junto con ellas.

10. Las mujeres que están dentro de la prostitución no quieren que se legalice o despenalice la industria del sexo.
Esta es la perla final, quisiera conocer alguna prostituta que no desee trabajar legalmente dentro del país donde se encuentre. Pregúntenle a un inmigrante ilegal si no desearía vivir con tranquilidad jurídica y poder trabajar en el país donde decidió vivir. Por la única razón que veo que alguna prostituta no esté de acuerdo sería porque tendría más competencia.

Considero que la idea no es realzar la condición de prostituta/o, sino dignificar a la mujer o al hombre que lo es. Se trata de un trabajo que debería respetarse como cualquier otro, siempre y cuando no dañe o perjudique a otras personas. ¿Hasta qué punto estamos cubiertos por el velo de moralidad que nos han impuesto? Por otra parte, las parejas no deberían sentirse amenazadas por la existencia de quienes mercadean con su cuerpo. Si su relación es satisfactoria y lo suficientemente placentera no debería haber riesgo de una “infidelidad” sexual; pero si sucediera, habría que revisar las causas que lo originaron y no achacárselas a quien prestó el servicio sexual.

La verdad dudo que la prostitución deje de practicarse con o sin la legalización de la misma, por lo que no encuentro razones realmente importantes para que no se deba legalizar. Pienso que es hora de ver las cosas distinto, actuar diferente y darle un tinte más humano al dejar de estigmatizar. Tan sencillo como “vivir y dejar vivir”.

Por cierto, nunca más estuve con una prostituta, aquello sólo formó parte de mis experiencias de adolescente. Mis gustos han cambiado y no necesito de servicios de ese tipo para satisfacer mis necesidades sexuales. Pero considero a quienes sí lo desean y necesitan (sea cual sea la razón), sobre todo respeto a las prostitutas y prostitutos, que por simple convicción ejercen algo más que una labor social para una buena parte de la población mundial.

Escrito por: Rafael Baralt

viernes, 14 de diciembre de 2012

La MULA, el PAPA y el BUEY


Ay Santo Padre, Santo Padre, ¡cuántas metidas de pata llevamos hasta ahora! Las mías, como las suyas, vienen por hablar de más, pero al menos tengo la excusa de no ser infalible ni tampoco un teólogo eminente, como usted. Tampoco he presidido, como en su caso, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, conocida en sus tiempos más ardientes como el Santo Oficio de la Inquisición, ni sus cardenales me tomarán en cuenta como candidato para encabezar después de usted a la exitosa transnacional conocida como Santa Iglesia Católica, que tiene a un 38% de la población mundial convertido en creyentes bautizados (aunque no todos sean practicantes) y más de 6.000 obispos que viven a todo lujo. El motivo que me dan para descartarme como su sucesor es que soy agnóstico y no cura. Sólo por ese pequeño detalle no soy papabile. Esto no es justo. Por ser honesto, sincero y objetivo con mis creencias, se me está privando de la oportunidad de contribuir a un mundo ideal como el que describió Lennon en su canción Imagine, sin fronteras ni religiones. Le aseguro que mis metidas de papa, perdón, de pata, Santo Padre, acabarían destruyendo a la iglesia católica más rápido que las suyas. Pero en el fondo creo que me hubiese dejado quemar antes que aceptar sustituirlo en su cargo, aunque la papa me encanta y el arte del Vaticano también. No me quedan bien las sotanas ni el poder. Por si las moscas, ya la CEP (Curia Electora de Papas) está hablando del cardenal hondureño Oscar Rodríguez como reemplazo suyo, así que cuidado con ese, que no es tan bueno como yo, y que sólo me supera en que no le importa vestirse de rojo, según la moda que ha venido uniformando a la mitad de mi país. Afortunadamente para usted, cada vez que mete la pata le salen defensores corriendo como bomberos para apagar un fuego que no debió prenderse (nostalgia por las hogueras inquisitoriales, supongo) y gritando: es que el Papa no quiso decir… mientras a mí más de uno me dejará aplastado como tapita de refresco en la calle cuando lea este post. Nada que hacer, reconozco el masoquismo como parte de mi mala costumbre de decir siempre lo que pienso.

Querido Ratzinger, mientras usted salta salpicando de un pantano a otro, la iglesia está en peligro: el poder del elitesco Opus Dei tan favorecido por Wojtyla sigue siendo enorme; usted desprecia las corrientes populares como la Teología de la Liberación, que frenó hace 25 años, pero éstas siguen creciendo junto con distintas sectas interesadas en lucrarse a costa de la ignorancia del pueblo. Hasta hay algunas que comercian con santos y otras con el diablo. Esos y otros hechos le están quitando muchos creyentes al catolicismo. ¿Ve que aunque no me quieran para Papa sí me importa la iglesia, y la defiendo, poniéndolo al corriente del peligro que representan quienes prometen hacer que uno pare de sufrir? Y lo hago porque Su Santidad me ha aclarado algo que no entendía: cuando usted condena a los homosexuales por ser una gente que perversamente se ha hecho a sí misma contra la Voluntad de Dios, enseña algo que yo creía imposible y que me lleva a admirar el poder gay. También ha dicho que el escándalo de los curas pederastas es un pecado del que la iglesia debe arrepentirse. Usted tapó muchos de esos casos por proteger a su organización, lo cual es muy humano viniendo del representante divino, pero reconocer el error es de sabios. Lamentablemente, cuando dice que “la destrucción psicológica de los niños (abusados) es un signo aterrador de los tiempos” vuelve a sacudirse la responsabilidad que ha tenido la iglesia en la construcción de esos mismos tiempos. Es obvio que, aunque la iglesia católica condene el divorcio, hay uno clarísimo entre ella y su forma de entender al mundo actual. Todos estos errores y otros que no menciono se asocian con un vivir fuera de la realidad, como le pasa a los locos, y la verdad es que con todo esto me siento dentro de un mundo gobernado por locos.

También Su infalible Santidad dijo públicamente en su viaje a África que el uso del preservativo "no es la mejor manera para combatir el SIDA, ya que es necesaria una humanización de la sexualidad" porque esa pandemia "no se combate sólo con dinero, ni con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan el problema". La verdad, yo siempre uso condón, prefiero la excomunión a una infección de transmisión sexual. Al menos sé lo que una ITS supondría para mi cuerpo presente, pero no me consta nada acerca del posible infierno futuro. Usted ha sido categórico al afirmar que “el infierno existe y es eterno, y además no está vacío”. Lo cual anula toda posibilidad de un dios de amor y misericordia aunque, si me equivoqué al ser agnóstico y por eso me condeno, su palabra asegura que tendré compañía divertida para siempre. Pero ese punto de vista es comprensible viniendo de alguien que pasó fugazmente en su adolescencia por las Juventudes Hitlerianas. Y hablando de Alemania, en la Universidad de Ratisbona donde usted mi querido Santo Padre fue profesor de teología, a diferencia de mi padre biológico que nunca ha sido santo ni profesor de nada, Su Santidad usó la siguiente cita del emperador bizantino Manuel II: “Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba”. Todos sabemos que la espada cristiana también sirvió de forma sangrienta a la evangelización, incluso desde antes que los dominicos usaran la hoguera, pero su desafortunada cita molestó a la numerosa población mundial musulmana, y usted tuvo que borrar el desliz con una breve oración dirigida hacia La Meca en su posterior visita a Turquía. ¡Bien por esa nueva rectificación del error! Si estoy equivocado en todo esto, yo también miraré hacia Roma y hasta iré a la Ciudad Santa a disculparme, si usted quiere. Aprovecharé el viaje para averiguar por qué se emplea tanto la palabra “santo” cuando se habla de usted, de la iglesia y de todo lo que le concierne, y para invitarle a considerar su retiro a tiempo. 



Volviendo a esos errores humanos, son comprensibles viniendo de alguien con su historia. Pero lo que sí me hiere profundamente y me cuesta perdonar es que en su reciente libro sobre La Infancia de Jesús, Su Santidad quite del pesebre a la mula y al buey, afirmando que esos pobres animales nunca estuvieron presentes en el nacimiento del niño más famoso del mundo. No me basta con que diga allí que la estrella de Belén fue una supernova, yo no tengo una ni soy astrónomo, pero sí tuve que regalarle hace poco a mi madre un nacimiento con mula y buey que me costó unos buenos reales. Para más pecado, incluye un pastor alemán y un elefante entre tanta oveja y camello. A pesar de que soy agnóstico, mi madre es mi madre y aunque sea católica, la amo. Ella me explicó que montar el pesebre es una tradición social que ha trascendido más allá de la religión, desde que Francisco de Asís inventó el primero por el año 1223. También me dijo que ese gran hombre defendió a los animales, viéndolos como los hermanitos menores de una humanidad supuestamente racional. Si la iglesia decidió hacer santo a Francisco, que respete sus aportes y entonces hacemos un trato: como artista que soy y niño que fui, me gusta la tradicional iconografía del belén montado con su mula y su buey. Si los deja tranquilos, puede quitar el ángel, ¿trato hecho? Piense que Lucas y Mateo sólo pudieron oír la historia del pesebre de labios de María, la única que también pudo contar lo que ese mismo ángel le dijo acerca de su Anunciación. ¿Por qué la virgen diría la verdad sobre ésta y mentiría acerca de los animales que estaban en el lugar donde parió sin perder la virginidad? Usted no estuvo ahí, ella sí. Así que no asegure con tanta firmeza que “en el portal no había esos animales”. Me solidarizo con ellos, como otro Francisco. Y si en vez de agnóstico yo fuese ateo e hiciera un nacimiento, claro que los pondría dentro de éste. Sólo a la mula y al buey, claro, a nadie más. Pero siendo agnóstico, puedo colocar a quien quiera, hasta al perro alemán. O a un Niño Jesús negrito. O incluso metería la paloma. ¿Por qué no? Es mi pesebre.

Por otra parte, ¿qué hacemos con la diversidad étnica de los Tres Reyes Magos, con sus turbantes orientales y túnicas bordadas en oro? También pagué por ellos cuando compré el belén para mi madre. Usted en su visita a Barcelona denunció “un secularismo fuerte y agresivo como el de los años 30” e instó a reevangelizar a España. Tal vez por eso, mi querido Benedicto,   usted afirmó también que Melchor, Gaspar y Baltasar procedían de Tarsis, un lugar que los historiadores ubican entre Huelva, Cádiz y Sevilla. Es decir, que los Reyes Magos fueron andaluces. Vestidos como sabios moros, a la moda de la época. Pero ese reconocimiento no basta para reevangelizar a un país ni para consolar a una de las regiones de España más golpeadas por la actual penuria económica y educativa, casi tan mala como la de Venezuela hoy, así que me solidarizo con el andaluz que declaró hace poco en un diario español: “En plena crisis, sin paga de Navidad, y ahora nos vacían el Portal”. Por todo lo dicho, mi querido y falible Santo Padre, le invitó a desdecirse como ya lo ha tenido que hacer en otras ocasiones y a dejar tranquilos a la mulita y al pequeño buey. Como sea, sólo asoman el hocico una vez al año, y además son animales estériles, aunque se hayan multiplicado a través de tantos pesebres y siglos, lo cual es un milagro. No me quite mi poquita fe en los milagros, Santo Padre, por favor. No olvide que, según usted, lo que me espera en la eternidad no es bueno. Tenga compasión. Mire que casi es Navidad. Gracias.

Escrito por: Gustavo Löbig

viernes, 23 de noviembre de 2012

El absurdo pecado de la desnudez


Hay algo innegable, y es que todos nacimos descaradamente desnudos. ¿En qué momento nuestro cuerpo dejó de inspirar ternura para convertirse en un instrumento «vergonzoso» que deba ocultarse? La explicación puede ser tan amplia y antigua como la historia misma de la humanidad. Básicamente se debe a una necesidad de preservación y abrigo. En las épocas prehistóricas el clima era verdaderamente inhóspito y los primeros hombres comenzaron a protegerse de los elementos cubriéndose con pieles de animales. La indumentaria fue evolucionando a lo largo de los siglos y de las culturas, incluso ha llegado a convertirse en un símbolo de poder para distinguirse entre los distintos grupos sociales. Es perfectamente entendible que como parte de la evolución se haya sofisticado el uso del vestido utilizando telas que se adapten mejor al tipo de clima, piel y de actividad. Pero hay quienes lo usan para crear una imagen de superioridad: reyes, monarcas, jueces, ministros de iglesias, etc. Por cierto, ¿alguien se imagina al Papa actual vistiendo de jeans, zapatos de goma y manga corta?, no lo creo, eso sería rebajarse al común de los humanos.

Ahora bien, es indudable el valor de las prendas de vestir, ya que entre otras cosas ayuda a mantener la higiene personal. No me veo sentándome en el sucio asiento del vagón del metro haciendo contacto directo con las nalgas (más aún sabiendo que ya otros han hecho lo mismo), pero sí cuestiono que sea un delito hacerlo. Nunca olvidaré que hace unos cuantos años, a una amiga europea se le ocurrió hacer topless en una playa de mi país (Venezuela); a los pocos minutos llegó un policía que quería meterla presa por “actos públicos inmorales”. Mi amiga obviamente no entendía nada de lo que estaba pasando, y me costó explicarle sobre la obtusa mentalidad de acá.

Como condicionamiento social, me parece totalmente ridículo que tengamos que usar chaqueta y corbata para trabajar en zonas tropicales con altas temperaturas -independientemente a que las oficinas tengan aire acondicionado-. Es increíble que tengamos que acatar estos códigos sociales en detrimento de nuestra comodidad. Todos sabemos lo incómodo que es pasar un día completo con un pedazo de tela amarrado al cuello. Más allá de la elegancia, en el fondo estás deseando que termine rápido la jornada para quitarte ese disfraz que en mala hora adoptamos de países fríos.

Pero obviamente no podemos olvidar la etiqueta: «vergonzoso», ¿de donde creen que se originó esta connotación?, pues claro: de las religiones. ¿Qué más representativo que el dogmatismo religioso para condenar, criminalizar, estigmatizar, señalar, etc.? No olvidemos que desde los orígenes del cristianismo se ha considerado el cuerpo humano como pagano y pecaminoso, y nuestros órganos sexuales como partes impuras. En este sentido, ¿cómo puede ser pecado algo que es imagen y semejanza de dios? Esta es una de las infinitas contradicciones religiosas. Pero lo más insólito es que esta creencia ha trascendido de forma tal que hemos llegado a criminalizar el desnudo por considerarlo inmoral y fuera de las buenas costumbres, ¿cómo demonios puede ser inmoral mostrar nuestra intimidad por completo? Quizá para muchos conservadores esto sería impensable: el poder salir un día de casa a comprar el periódico dejando que las pelotas se balanceen libremente (ellas también tienen derecho a sentir la frescura de la mañana), o que las mujeres puedan pasear sus mascotas por el parque con su hermoso pecho al descubierto y en completa armonía con la naturaleza.

Ni hablar de Adam y Eva, que cuando son representados en obras pictóricas aparecen con hojas de árbol cubriendo sus partes íntimas -la verdad es que la imaginación humana a veces puede ser muy pacata-. ¿Sería blasfemo dibujar a la Virgen María con su niño en brazos sin nada de trapos encima y mostrando sus senos?, seguro que sí, ¿cierto? ¿Podríamos imaginarnos a Jesucristo en la cruz sin su taparrabo de tela? (eso sería lo más seguro, ya que luego de ser víctima de las vejaciones y de arrastrar la cruz seguramente habría quedado totalmente desnudo), ¿hay algo de malo o indecoroso en ello? Sé que muchos al leer esto se les puede estar revolviendo la bilis y es entendible. Estos símbolos son “impolutos” y el sólo hecho de imaginarlos desnudos sería un acto irreverente. Pero ese sentimiento es la mejor demostración del condicionamiento dogmático que nos han inculcado. Esta visión religiosa ha sido tan fuerte y arraigada en la sociedad occidental que hemos desarrollado el pudor, lo cual no sucede en tribus del África donde es usual mostrarse al natural. Aquí es al contrario, si una mujer usa un escote prominente inmediatamente es catalogada de puta, y si a un hombre se le marca el pene a través del pantalón es un depravado (ambos casos pecadores insignes). A propósito del pudor, recuerdo haberlo sentido intensamente la primera vez que fui a una playa nudista. Eso fue hace unos 10 años en Orient Beach en la isla de Saint Marteen, me costó mucho deshacerme de mi traje de baño, pero una vez vencido el miedo fue una de las experiencias más liberadoras que recuerde haber vivido (si no lo han hecho se los recomiendo). Pero es precisamente el origen de ese miedo lo que me interesa resaltar, y fue debido a mis creencias impuestas desde niño sobre la desnudez, ¿les suena familiar?.


Pienso que el mayor de los daños que ha hecho la religión sobre el desnudo humano es señalar nuestro cuerpo como algo prohibido, y ya sabemos perfectamente como reaccionamos ante lo no permitido. Puesto que las partes púdicas son “pecaminosas” y deben taparse, no le queda más remedio al hombre y a la mujer que desarrollar la curiosidad de lo que hay ahí, de cómo “lo” o “la” tendrá. No en vano la pornografía es el comercio más fructífero en el mundo. En los casos más graves, esta estigmatización al desnudo puede ocasionar muchas perversiones producto de la misma represión. Todo es una cadena de eventos, ¿se imaginan un mundo donde sea permitido andar por la calle sin ropa alguna  sin temor a ser señalado o arrestado? Tendría que pasar mucho tiempo para adaptarnos a esa costumbre y se vea como “normal” lo que hoy es considerado como anormal.

Afortunadamente hay gente en el mundo que se encarga de enaltecer la desnudez. Spencer Tunick considera que el desnudo es un arte del cual no debemos avergonzarnos. Ya se ha hecho famoso retratando numerosos grupos de personas en entornos urbanos, inclusive estuvo en Venezuela donde logró una convocatoria bastante escasa, lo cual refleja nuestra mentalidad tan cerrada (yo no participé en ese evento porque no tuvo mucha publicidad, pero no pienso perderme esa experiencia la próxima vez). También es importante mencionar que existen grupos de personas en algunos países hispanos como: España, Chile y Argentina que practican el nudismo como un acto natural que forma parte de sus tradiciones. Acostumbran bañarse juntos, comer y realizar actividades al aire libre sin indumentarias molestosas, pero obviamente deben hacerlo en privado.


Mientras escribo este artículo estoy como vine al mundo, decidí hacerlo para conectarme con el tema, pero me estoy dando cuenta de que puede ser incómodo. El contacto directo de mi piel con la silla de cuero hace que sude mucho y literalmente “las tengo sancochadas”. De verdad reconozco la utilidad de unos buenos calzoncillos, pero esta sociedad no permite que ni siquiera pueda salir a botar la basura a la calle exhibiéndolos –me quedaré con las ganas de mostrar en público mis Dolce & Gabbana-.

En conclusión, como ser civilizado que soy me he acostumbrado a usar ropa, me gusta exhibirla en fiestas y reuniones, y algunas veces me hace sentir importante; pero no olvido que es mi cuerpo el que oculto tras esa vestimenta y no siento vergüenza de él. Comparto los códigos de comportamiento en sociedad, si no todo sería un caos, pero no comparto la creencia de que mis partes íntimas sean un pecado. Mucho menos considero indecente el nudismo, ya que la verdadera libertad no lleva velos impuestos y la intimidad comienza por descubrirnos nosotros mismos.

Escrito por: Rafael Baralt