
Ante
la creciente estadística mundial de suicidios, creo importante alertar sobre
esta tendencia, buscando prevenirla y en lo posible evitarla, sin olvidar el
derecho de cada quien para decidir cuándo y cómo morir, en tanto no dañe a
otros y persista en su decisión después de haber contado con la debida ayuda
terapéutica. Al fin y al cabo es su vida y toda persona es responsable de sus
actos. Pero hay actos individuales como el suicidio que son responsabilidad de
todos, si por egoísmo o indiferencia no ayudamos a quien es incapaz de
continuar luchando a solas. Es obvio que el suicida no contó con un apoyo externo
suficiente ni con una esperanza de cambio que le prometiese un mejor futuro, y
por eso renunció a este. Es obvio también que su miedo o sufrimiento fueron tan
grandes, que en su decisión pesó poco o nada el dolor que su muerte podría
causar a sus allegados. En lo personal me afecta que una vida, sea que la
conozca o no, decida matarse por sentirse sola, desvalida, sufrida, indeseada,
desprovista o inútil. Y también sé que, por haber vivido y tenido esperanzas
antes de perderlas, la muerte jamás podrá borrar esa vida ni lo que hagamos en
su favor cuando todavía es tiempo de hacer algo por ella.
Caminan
por este mundo individuos que carecen de la capacidad de dar valor a su vida o
a la de otros. Nacieron carentes de esa capacidad de valoración, o no les fue
introducida en sus primeros años ni reforzada en los siguientes. Pero a
diferencia de otros asesinos, rara vez un suicida es un psicópata, sino que
frecuentemente se trata de alguien mentalmente sano y con una sensibilidad muy
desarrollada. La mayoría de suicidios se registran en la población adolescente y
en la de edad avanzada. Las causas más frecuentes incluyen el envejecimiento,
la muerte o rechazo de un ser querido, la pérdida o carencia de imagen, de
poder o de bienes materiales, el rechazo social o las enfermedades incurables.
La dependencia del alcohol y otras drogas representa un suicidio progresivo,
pero tan innegable como el de quien escapa a una vida intolerable por medio de
una muerte rápida.
Todas
estas causas revelan tardíamente en la víctima una falta evidente de amor por
sí misma, una aceptación propia que brilla por su ausencia. Ambas surgen de la
alienación colectiva que lleva al ser
humano a verse y a ver a los demás desde una perspectiva equivocada.
Ciertamente hay personalidades débiles entre los suicidas, pero en su mayoría
son casos que se cansaron de luchar contra esa despiadada manipulación
colectiva que empuja al deber ser para manejarnos ideológicamente y explotarnos
económicamente. Y cuando alguien no logra ocupar la posición que se le exige
para ser aceptado y querido por sí mismo o por los demás, vive una situación
agobiante que puede ser su límite, y entonces la inmadurez emocional en el
joven, o la dependencia del qué dirán en el adulto, o la creencia de ser un
estorbo en el anciano, los conduce a la decisión final que efectivamente
termina con esa situación insoportable, pero que no la soluciona, puesto que
nadie puede probar adónde nos conduce la muerte, sea natural, accidental, auto
infligida o inducida por otros.
Una
aproximación al suicidio más adecuada que verlo como algo cobarde o valiente,
justificable o no, sería la de reflexionar: ¿Por qué es importante la vida?
¿Por qué nos aferramos tanto a ella? Aunque no sepamos qué representaba su
existencia para el suicida, con este tipo de preguntas tendríamos un atisbo del
motivo que lo llevó a salirse de un contexto sin sentido de continuidad y en el
cual perdió la razón de ser. Desde tiempos remotos se dice que la vida es el
bien más valioso, y que terminar con ella es el peor daño que un ser humano
puede ocasionarle a otro o a sí mismo. Sin embargo no cesan las guerras, el
asesinato, la delincuencia individual u organizada, la tortura, la
discriminación, el irrespeto a los derechos humanos, el valorar la vida por
logros y posesiones y no según lo que se es, entre otras conductas humanas
repetidas siglo tras siglo, mostrando claramente que somos una especie enferma.
¿Enferma de qué? De miedo. Un miedo que se impone incluso al instinto por
sobrevivir y que entonces se expresa a través del suicidio.
Al
pensar en este tema surgen preguntas fundamentales: ¿Por qué vale la pena
vivir? ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Cuál es mi peor miedo? ¿O mi mayor
dolor? ¿Qué me veo incapaz de soportar? ¿Qué podría llevarme al suicidio?
Hacernos estas preguntas nos hará conocernos mejor y poner en claro a qué nos
aferramos, cuál es nuestra máxima prioridad, por qué esa persona, posesión o
situación mide nuestro deseo de vivir, o por qué su pérdida equivaldría a
morir. Aun siendo puntos de vista relativos y subjetivos, al ser los de cada
quién son los únicos que en este caso importan.
Hurgando
en nuestras motivaciones, aprendizajes, prioridades, miedos, creencias en el
más allá y el más acá, haciéndonos oportunamente las preguntas adecuadas,
encontraremos la mejor manera de restarle posibilidades a la del suicidio.
Plantearlas en relación a quienes más queremos nos llevará a entenderlos y
amarlos mejor y a prevenir su muerte por propia mano. No querer reflexionar
sobre el tema será simple miedo a la muerte, desinterés por el tema o
incapacidad para profundizar en la vida. Es comprensible. Adentrarnos en esta
es bucear en la muerte, pues ambas forman parte de un mismo proceso inevitable
que a todos nos afecta. Cualquier criatura medianamente feliz aborrece la sola
idea de la aniquilación absoluta, pero cada hora desde que nacemos nos acerca a
la hora final, y está en cada uno el concretar qué podría llevarnos a
adelantarla. Evitar pensar en el asunto no impedirá que pueda suceder.
Considero
que la mejor manera de honrar esta vida tan corta que tenemos es mirar de
frente a la muerte y aclarar con esa confrontación por qué vale la pena vivir y
de qué manera podemos existir con más dignidad y satisfacción vital, con más
provecho personal y colectivo, con visión más clara acerca de la importancia
que tiene cada vida. La más humilde o aparentemente insignificante es única e
irrepetible, y el Universo no estaría completo sin ella. El valor objetivo de
la vida no es algo relativo, no está definido por el éxito ni por el placer que
contiene, y menos aún por leyes sociales o religiosas de convivencia. Al ser
únicos, nuestro cuerpo y mente jamás volverán a existir idénticamente tal como
son en este instante.
Preguntar
¿por qué respiras?, lleva a pensar en la fisiología o el instinto. Pero
preguntar ¿por qué eliges amanecer cada mañana? ¿para qué te levantas de la
cama? o ¿por qué vale la pena respirar otro minuto, otro día, otro año más? te
conduce a la razón que tienes para seguir viviendo. Paséate con sinceridad por
todas las respuestas a esas cuestiones, hasta llegar a una en la que tu
respiración no dependa de otra persona o de una condición externa a ti, y luego
apóyate en esa respuesta para amarte, aceptarte, respetarte, valorarte y
vivirte, sabiendo que eres el dueño o la dueña de una vida irreemplazable que
ninguna otra puede sustituir. Porque ninguna puede ser ni será jamás
exactamente como la tuya o la del otro, así como ningún instante se repite ni jamás podrás bañarte dos veces en el mismo río mientras
habites en este mundo cambiante.
Escrito por: Gustavo Lobig