
El
relato, tomado de una vivencia propia, me motivó para desarrollar este tema que
venía revoloteando en mi cabeza. Un asunto tan obvio y cotidiano que pasa
desapercibido por lo “normal”, a no ser por la carga de manipulación
intrínseca. Ciertamente Nico fue una gran persona y el mejor de los amigos, de
eso no cabe duda, pero no fue un santo en el sentido estricto de la palabra.
El
término santo se utiliza con mucha
ligereza en nuestro argot coloquial. Se le otorga a aquella persona que se
considera muy buena, altruista y espiritual; ya sea en vida o después de
fallecida. Si analizamos la palabra etimológicamente nos encontramos
con los siguientes significados según la RAE:
- Perfecto y libre de toda culpa.
- En el mundo cristiano, se dice de la persona a quien la Iglesia declara tal, y manda que se le dé culto universalmente.
- adj. Dicho de una cosa: Que está especialmente dedicada o consagrada a Dios o que es venerable por algún motivo de religión.
- Santidad: Cualidad de santo.
Existe
una evidente incongruencia entre el primer concepto “Perfecto y libre de toda
culpa” y el segundo que es aquella persona que la iglesia declara como tal, pues
incluiría a cualquier pecador. Hasta donde tengo entendido los únicos “santos”
vivos son los Papas en ejercicio. De allí que se les diga “Su Santidad” o
“Santo Padre” a modo honorífico como la máxima reverencia del mundo católico.
En este punto cabe la siguiente pregunta: ¿tiene la mayor figura eclesiástica
la condición de ser perfecto y libre de toda culpa? Claro está, la palabra
“culpa” (un término altamente alienante creado en el contexto religioso) puede
ser utilizada a conveniencia por los representantes de la iglesia. En lo
particular, nunca hallé nada de santo en Su Ex Santidad Benedicto XVI; ni
siquiera en el venerado Juan Pablo II, que poco después de muerto fue elevado a
estatus de beato y próximamente canonizado, aunque ya era considerado así por
muchos creyentes. En realidad, ningún Papa está libre de culpa, o de pecado
(usando sus mismas expresiones). Entonces, por simple deducción, ningún
individuo sería digno de ser llamado santo
o santa.

El
calificativo de santo no es de uso
exclusivo para personas, también es aplicado a cosas tan ordinarias como: la
santa biblia, santo grial, santa sede, semana santa, ciudad santa del vaticano;
y pare de contar. Todo ello con el fin único de envolverlo en una aurora sagrada
de bondad y divinidad absoluta. Mención aparte está la santería, que lleva
implícito el nombre de los entes que son venerados en esa pseudo religión, o
más bien secta.
El
término en cuestión ha sido instaurado hábilmente en la psiquis de las
personas. Es clara la influencia del catolicismo en la promoción de dicha
palabra. La santidad pareciera ser un manojo de infinitas virtudes en alguien o
en algo supuestamente tocado por dios. La iglesia católica se lo auto-adjudica
para hacerse ver misericordiosa, asociando el significado positivo del adjetivo
con religiosidad. Y no le quito razón, pues tienen que buscar formas de no perder
adeptos, aunque lleven siglos intentando deslastrarse de todos los males que
han causado a la humanidad.
Estoy
seguro de que a Nico no le hubiese importado que le llamaran santo, creo que
hasta se hubiese reído de ello. A él no le importaban tanto esas cosas como a
mí, siempre buscándole las cinco patas al gato. Obviamente, preferiría ser
recordado por mis buenas acciones, más que por las malas que haya hecho en vida.
Ninguno está exento de maldad. Todos la tenemos en mayor o en menor grado. No
califico para santo, no estoy ni cerca de serlo. Además, no comulgo con la
hipocresía de quienes sí se lo creen. Es más sano aprender a convivir con
nuestras virtudes y miserias y no pretender ser algo que no está en nuestra
condición humana.
Escrito
por: Rafael Baralt