A
pesar de la poderosa realidad económica
y política de una iglesia que no fue fundada por Jesucristo, tan apegado según
los evangelios a las tradiciones judías, existen dudas acerca de su existencia
como personaje histórico. Eso viene de que su ministerio público se sitúa en un
lugar culturalmente atrasado y de segundo orden dentro del Imperio Romano, donde no quedó registro de su
vida ni de su muerte, pero que abundó en
profetas, mesías, rebeldes y crucifixiones. Es un hecho que si
Constantino no hubiese escogido la fe del cristianismo primitivo entre varias
posibilidades, para unir y controlar mejor a las variadas poblaciones bajo su
dominio, otra sería la historia del mundo. Plinio el Menor y Luciano de
Samosata citan a la secta de los cristianos, que vivían de acuerdo a las leyes
de un tal Jesús y se caracterizaban por creerse inmortales y despreciar los
bienes materiales. Reposa en el Museo Británico la carta de cierto Mara-Bar a
su hijo, escrita más de 70 años D.C., donde habla de un Jesús Rey de Israel,
que siguió viviendo en las enseñanzas de sus seguidores. Y hay muy poco más que
sirva de base histórica a la existencia de Jesucristo. La evidencia más sólida
se basa en la cantidad de mártires que murieron por su fe, pues es sabido que
nadie daría su vida por una mentira. Pero también se sabe que la manipulación
de la inocencia y de la ignorancia crea mártires de la fe, sean judíos,
cristianos o musulmanes. La tradición y el poder de la iglesia han legitimado
la existencia de Jesús Hijo de Dios durante dos mil años. Pero hay quienes
apoyan la tesis de que Jesucristo no existió, señalando que su nombre aparece
registrado por primera vez casi un siglo después de su supuesto nacimiento,
debido a las persecuciones de la secta cristiana. Ni Filón, ni Plutarco, ni
Séneca hablan de él o de sus apóstoles, que sólo viven en documentos
eclesiásticos. Los únicos autores antiguos profanos que han hablado brevemente
de Cristo, bastante después del Año Uno, fueron Josefo y Tácito, muchas de cuyas
líneas han sido falsificadas; y Suetonio y Plinio, que entran en pugna sobre el
tema. Ninguno de los personajes que
debieron tener tratos con Jesús, como Pilatos, Hanán, Caifás, etc, dejó rastro
en su historia de estas relaciones. Los únicos testimonios que tratan
abundantemente sobre la vida y obra de Jesucristo son los evangelios, que datan
de los siglos III y IV D.C. y no son prueba firme de la existencia de Jesús,
por estar plagados de diferencias y omisiones y haber pasado por infinidad de
traducciones, censuras, filtros y adaptaciones, lo que descarta el que puedan
ser aceptados literalmente. También cabe recordar que varios personajes míticos
similares a Jesús lo han precedido históricamente en otras culturas: Vishnú,
Krishna, Buda, Mitra, Horus, Baco; y que algunos generaron ritos y creencias
adoptados por los primeros judeocristianos, ansiosos de contar con una
identidad propia y ganar prosélitos
entre los seguidores de esos otros cultos. Finalmente, todo escrito,
como todo arte, es hijo de su época, y el contexto cristiano primitivo dista
mucho más de dos mil años de nuestra realidad presente.
Pero
el punto no es si Jesucristo vivió y murió, o si su cuerpo resucitado vive en
algún lugar del Universo, ya que hoy en día evidentemente no existe fuera del
creyente y de la iglesia que lo usa como emblema para validarse a sí misma. El
punto es que su legado no extirpó la raíz del mal en la Humanidad, sino que fue
utilizado por la adicción al poder para añadirle más sangre a la historia,
aunque indiscutiblemente también abrió una senda de amor que ha servido para
que los depredadores del prójimo, así como sus víctimas, pudieran ver otras opciones
de vida y de conducta fuera del mal y el sufrimiento. Está fuera de discusión
la incongruencia entre la rica y poderosa iglesia católica y el meollo del
mensaje cristiano, ajeno a todo boato y poder temporal. También es claro que la
mayoría de los creyentes son no-practicantes, nacidos de la costumbre, el
aprendizaje o la conveniencia pero poco dados a seguir el ejemplo de Jesús. Y
es lógico que sea así, pues ¿quién puede imitar a Supermán? Porque de esa
manera podría llamarse también al Hijo de Dios, nacido perfecto y sobrehumano
en comparación a cualquier hijo de una no virgen. Yendo más allá, cabe
preguntarse: ¿fue Jesús, aparte de predicador del amor y el perdón, un hombre
de moral amplia, inclinado a frecuentar fariseos y prostitutas por sentirse
aburrido del bajo nivel cultural de sus toscos y sencillos apóstoles? ¿Perdería
credibilidad de haber sido hermano de Santiago, o hijo carnal de José o de un
soldado romano, como sostienen algunos? ¿Seguiría siendo aceptable su discurso,
si hubiese tenido sexo o hijos con María Magdalena? ¿O si hubiese sido amante
de Juan el discípulo amado? ¿No son éstas algunas posibilidades muy humanas,
propias del llamado Hijo del Hombre, ya que las mismas no invalidan su mensaje
de amor y de solidaridad, excepto para las mentes inferiores, siempre
hipócritas, cerradas o mezquinas? ¿Hay que ser el Hijo único de Dios para
resultar creíble? Entonces, ninguno de nosotros puede expresar la verdad. Es un
alivio para mí poder verter aquí, ya adulto, estas inquietudes, porque cuando
tenía ocho años, durante mi preparación para hacer la Primera Comunión,
pregunté al cura si Jesús también tenía pipí y hacía pupú, lo que me valió un
fuerte coscorrón, la fama de estar poseído, y todo un mes asustado y durmiendo
mal, esperando al diablo y sin derecho a confesión ni comunión. Creo que así
nació mi temprano agnosticismo, probándose lo de “no hay mal que por bien no venga”.

En
los evangelios cristianos la sexualidad de Jesús grita alto precisamente porque
jamás se la menciona, pero algunos hechos referidos en esos textos dan a pensar
que pudo ser homosexual, mientras otros muestran que siempre actuó como un
líder absolutamente masculino, consciente de su atractivo carisma sobre las
multitudes. Alejandro Magno usó estratégicamente su apostura y su
homosexualidad haciendo marketing político, lo que le valió conquistar el mundo
conocido en su época. El poder material, político y social de la iglesia
católica viene de su dominio del marketing religioso, que también la ha llevado
a dominar gran parte del mundo durante siglos, y que sólo le ha fallado
ocasionalmente en tiempos modernos, como cuando se revela homofóbica, o es
contraria al sexo fuera del matrimonio, o prohíbe el uso del condón, sin
olvidar los escándalos sexuales entre sus representantes y seguidores, lo que
evidencia su debilidad en el manejo del tema sexo-pecado-culpa. Pero hay que
aceptar que la iglesia es lo que es. Más que las incongruencias de esa
institución típicamente humana, importan las que logramos reconocer
internamente cada uno de nosotros, porque en la medida que las hacemos
conscientes, podemos superarlas y ganar en autenticidad. Por eso concluyo
invitándote a conocerte más, abriendo tu mente y reflexionando sobre estos
supuestos: ¿rechazarías a Jesucristo y a su mensaje en caso de haber sido gay,
o pareja sexual de María de Magdala o de otra mujer, o porque su madre no fue
virgen antes o después de traerlo al mundo? Abundan quienes están tan
acostumbrados a un Jesús asexual que asocian esta alternativa con bondad, pureza
o santidad, y se esfuerzan por imitarla, aunque en otras instancias de la vida
procedan de manera netamente injusta o dañina hacia sí o hacia otros. De tales
prejuicios nacen muchas discriminaciones, ataques y neurosis, juicios de valor,
culpa, injusticias, máscaras hipócritas e incluso fanatismo. Sincerar este
punto aunque suponga irreverencia, es apoyar el propósito
cristiano de servir al prójimo y también el de este blog, apto para
librepensadores y abierto a todo comentario o aporte constructivo.
Escrito
por: Gustavo Löbig